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‘Los Gipsy Kings’: lo que hay detrás de su éxito

Los Jiménez, los González, los Montoya… Las dinastías gitanas siguen triunfando como protagonistas de la segunda temporada de Los Gipsy Kings, en Cuatro.

No es un reality, no es un docushow. Los Gipsy Kings es un especie de sitcom con la realidad como base. Una hilarante comedia documental con un explosivo casting televisivo, con perfiles complementarios entre sí. Para (casi) todos los gustos.

Familias que desmontan y, al mismo tiempo, montan los prejuicios sobre los gitanos. Son ellos mismos, con sus circunstancias, con sus expresiones, con su oda a lo excesivo. Cuando son ingenuos, o cuando directamente se lo hacen.

Aunque el punto fuerte de Los Gipsy Kings es que no se ríe de sus personajes desde esa superioridad habitual en este género. Al contrario, las tramas se construyen, mano a mano, en un lúdico juego entre los artífices del programa y sus protagonistas, que se prestan a airear su vida con cierto instinto del espectáculo.

Las sagas gitanas son cómplices del espacio, y eso se contagia en el espectador que disfruta de una emisión muy agradable de ver. La realización visual cuenta con una fotografía cálida y un montaje en paralelo, entre las diferentes dinastías, que traza las historias sin dejar ningún resquicio al aburrimiento.

Todo guiado con una voz en off, a cargo de Tete Delgado, que pone la guinda ácida a este programa que no se queda en un desfile de extravagancias para dibujar personajes queribles. Porque Los Gipsy Kings es un programa en positivo.

Y ahí viene la clave que está detrás de los buenos resultados de Los Gipsy Kings: este formato ha dado un paso adelante en el género de la televisión tróspida (Quién quiere casarse con mi hijo, Un príncipe para tres princesas…), demostrando que para mantener la audiencia no basta sólo con la carcajada que surge de ridiculizar a los protagonistas (con músicas, soniquetes, imágenes descontextualizadas…)

El público de largo recorrido, el que aguanta hasta el final, necesita personajes de amplia evolución con los que poder empatizar desde una proximidad creciente y no desde una cortoplacista superioridad reconfortante. Los Gipsy Kings consigue este efecto para el éxito: sus protagonistas crecen con el paso de las semanas en personalidad pero, también, en emoción. La audiencia termina cogiéndoles cariño. A pesar de su picaresca, se hacen querer.

@borjateran

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Jesús Cintora regresa a Cuatro a medio camino entre Jordi Évole y Gloria Serra

Triunfaba en audiencias en Las Mañanas de Cuatro. Pero, a pesar de su éxito, la dirección de la cadena decidió fulminarlo. Ahora, Jesús Cintora ha regresado. Mismo canal, diferente formato. Cintora a pie de calle es la nueva apuesta, otra vuelta de tuerca al género del reporterismo ilustrado. Aunque da la sensación de que este espacio llega tarde a nuestra televisión. Parece ya visto antes. Y con mejor producción visual.

Porque el nuevo programa de Cuatro es una especie de mezcla de Salvados de Jordi Évole y Equipo de Investigación de Gloria Serra (en la manera de colarse en sitios y preguntar), pero con una realización más guerrillera. El programa, por momentos, parece un reality que incluso descubre al equipo que graba al programa, al estilo del concurso Lo sabe no lo sabe. Vemos a los cámaras, la pértiga con el micrófono en lo alto… Esa es la principal diferencia, Cintora a pie de calle intenta enseñar las parafernalias de un rodaje para dar un toque de televisión más viva. Está pasando lo estás viendo.

Y en eso consiste: Cintora en busca de la noticia sin intermediarios y en contacto con la gente de la calle, con la que realiza corrillos participativos. ¿Alguien ha cobrado en dinero B? ¿Cuántos años has cotizado? Son algunas de las preguntas que suelta a los peatones, pero también a representantes de la prensa o política. El espacio tiene la habilidad de saltar, con una agilidad encomiable, del género del reporterismo a la mesa convencional de debate (ya sea rodada en un bar o en un loft, con Madrid atardeciendo al fondo).

Cuatro sigue en su obsesión de impulsar su imagen de canal como la emisora de los reporteros por excelencia. No obstante, fue la cadena pionera a nivel nacional con Callejeros. Si bien, en factura visual incluso el reporterismo de este tipo ya ha evolucionado hacia otras narrativas audiovisuales que no demuestran estas producciones de Mediaset, más estancadas. Al menos, visualmente.

Tampoco ayuda el retorno de Cintora en otro registro. Con su personalidad de siempre, pero menos venido arriba que en las matinés de Cuatro. Su habitual nervio no se contagia en este formato, tal vez por ser un espacio grabado y editado que no da tiempo a pasiones desorbitadas. Un programa en el que seguramente sucedan las cosas de forma más espontánea de lo que parece, pero que en su primera edición todo se ha sentido demasiado prefabricado y preproducido.

¿Periodismo o show? ¿O las dos cosas juntas? La principal baza de Cintora a pie de calle: su presentador, que moviliza a fieles y redes. La primera emisión ha aprobado con un 8.6 por ciento de cuota de pantalla y 1.564.000 espectadores, aunque sin lograr traspasar la barrera del diez por ciento de share, que tan holgadamente superaba Cintora en la mañana. Esto es otra franja con otro tipo de competencia, esto es un programa con menos pasiones que un debate matinal pegado a la frenética actualidad en vivo y en directo.

@borjateran

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‘Toma Partido’: por qué no ha funcionado el nuevo y exaltado debate político de Cuatro

Mediaset ha arrancado esta semana la emisión de Toma Partido, un nuevo formato de actualidad política para competir frontalmente, desde Cuatro, contra El Intermedio y El Hormiguero. Pero la táctica ha fallado por completo. El programa de actualidad ha empeorado los datos de la serie Gym Tony, que ahora se emite a la hora de la siesta, también sin demasiado éxito.

Pero parece que Toma Partido va a desaparecer de la programación tan rápido como ha llegado. Con datos de cuota de pantalla muy negativos, incluso cayendo a un fatal 2,5 por ciento de cuota de pantalla este martes o un 2,9 por ciento ayer. Datos inadmisibles para Cuatro. Pero, ¿por qué este estreno ha causado un rechazo tan pronunciado? El espacio ha intentado dar un paso más allá en el espectáculo de la política, acercándose a la fórmula de los shows de actualidad de la televisión italiana, donde el bullicio pesa más que los argumentos.

Si La Sexta Noche cuenta con ciertos mimbres de Sálvame, a Toma Partido sólo le ha faltado un polígrafo. En este caso, el periodismo pasa a segundo plano total para que prime una efectista tertulia basada en argumentos superficiales y previsibles, aderezada con aplausos y otras fanfarrias que apoyan la vehemencia de los tertulianos (especialmente bochornosa fue la participación en el estreno de Miguel Ángel Rodríguez, el pasado lunes). Todo con tal de intentar engatusar al espectador.

Sin embargo, a pesar de que ha bajado cierto tono en su histerismo, el programa ha sido estrangulado por los rivales, que ofrecen una radiografía con más trasfondo inteligente de la realidad social, especialmente El Intermedio. Y ahí ha estribado el grave problema de base de Toma Partido, que ha sobrepasado el límite de la banalización de la política. Porque, aunque los políticos jueguen cada vez más al show business de varietés, los espectadores comprometidos con la actualidad prefieren miradas periodísticas y contrastadas antes que las tertulias reconvertidas en gritones rings de boxeo entre las más previsibles de las trincheras.

La política es un espectáculo televisivo por sí misma. Pero el periodismo necesita visiones y tratamientos rigurosos, más allá de los aplausos, los pulsadores que cambian el color del atril (verde a favor, rojo en contra) y las músicas intensas de tensión. Toma Partido no ayuda a entender la compleja actual situación política. Al contrario, sólo aporta caos, prejuicios, maniqueísmo y cierta chabacanería.

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@borjateran

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Gym Tony: la serie cancelada (que aún tiene mucha vida por delante)

Mediaset ha decidido paralizar las grabaciones de Gym Tony, la telecomedia que se desarrolla en un gimnasio y que emite Cuatro en el access prime time. Es decir, sobre las diez de la noche.

De momento, la serie de la productora La Competencia dará el salto a la sobremesa, a las 16 de la tarde, para que su humor compita frontalmente contra Zapeando y, así, intentar robar seguidores al asentado programa de La Sexta. Mientras, en su franja horaria habitual, Mediaset ha decidido colocar varios especiales sobre la actualidad política, bajo el nombre de Toma partido.

Cambio de estrategia en Cuatro. En vez de buscar contenidos complementarios a El Intermedio, como sucedía con esta delirante serie, ahora el canal intentará captar al público interesado en política que sintoniza el informativo satírico de Wyoming. Y Gym Tony tendrá una nueva oportunidad a las 4 de la tarde. Si funciona, podría ser un programa perfecto para esta franja, a pesar de que no ha sido renovada.

Pero quedan capítulos inéditos por emitir, ya que la serie acaba de lanzar una nueva tanda de episodios, con Enrique San Francisco. Y, en cualquier caso, Gym Tony cuenta con otra fortaleza: es un producto ideal para la reponer y reponer hasta la extenuación. Sus repeticiones casi ni se notan en medio de una amalgama de capítulos que de hecho tienen el valor añadido de que encajan tanto en Cuatro como en el canal temático Factoría de Ficción.

Al fin y al cabo, Gym Tony es una sucesión de gags intercambiables y atemporales en los que el espectador no necesita conocer los entresijos de la ficción, ni siquiera a los personajes. Se puede enganchar en cada momento o mientras realiza otras tareas en casa. La audiencia sólo necesita dejarse llevar, sin más pretensiones, por los delirios de unos guiones, con cierto toque infantil, interpretados por unos actores tan exagerados y caricaturescos como los protagonistas de un cómic. Porque hasta el colorista decorado parece sacado de un tebeo.

Gym Tony es una sit com sin más pretensiones que ser una evasión instantánea, pero una evasión que ha ganado caché con actores más que reputados (Toni Acosta, Dani Muriel, Carmen Ruiz…) y que, por cierto, nos ha redescubierto a un Eduardo Casanova que cuenta con más registros interpretativos que su archiconocido Fidel en Aída.

Todo indica que este rocambolesco gimnasio tiene cuerda para rato, pues es un contenido altamente elástico para cubrir huecos en la parrilla. Sus reposiciones, incluso mezclando nuevos con viejos episodios, no cantan demasiado y pueden prolongarse hasta el infinito y más allá, como las de Aquí no hay quien viva, por ejemplo. Gym Tony tendrá una segunda vida por obra y gracia de la multidifusión.

@borjateran

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Dabiz Muñoz: las 6 cualidades para el éxito que transmite en ‘El Xef’

Es Dabiz Muñoz. Con B y Z. Sólo tiene 35 años. Y ya atesora 3 estrellas Michelin. Su fama mediática se ha multiplicado en los últimos tiempos. Ha ayudado su relación con Cristina Pedroche, sí. Pero Muñoz cuenta con una carrera de fondo y sacrificio entre fogones que nos descubre con una verdad aplastante en El Xef, el docushow que ha estrenado anoche Cuatro.

No es un formato gastronómico al uso. Es más que eso: una experiencia que realiza un viaje por la trastienda de la vida de Muñoz, de los orígenes hasta el actual DiverXO.

Un programa que se transforma en un retrato apasionado, como el propio Muñoz, del que se pueden extraer seis cualidades que han cimentado su éxito y que pueden servir de inspiración para cualquier talento profesional de largo recorrido.

1. Constancia insistente

Dabiz Muñoz ejemplifica el esfuerzo del trabajo. De las horas y horas en la cocina, probando, equivocándose y acertando. Incluso llegó a dormir en una colchoneta durante 8 meses en su primer restaurante. En Tetuán. El sacrificio para abrazar un sueño de altura y a la altura.

2. Lo que funciona se puede mejorar

“Si funciona algo debes cambiarlo para que siga funcionando”, sentencia Dabiz Muñoz. Sus metas no cesan. Y, como se muestra en El Xef, la carta de DiverXO tampoco, pues las creaciones no paran de crecer y evolucionar. Siempre debe estar activada la ilusión de la aspiración, ese motor crucial para seguir progresando en el empedrado camino y al que Muñoz aporta el lema “no limits”.

3. Caos ordenado

Uno de los miembros de DiverXO, durante el estreno de El Xef, define el trabajo como un caos ordenado. Porque lo que parece una vorágine,en realidad, se traduce en una misión en equipo, un equipo engrasado. Tan fundamental para alcanzar cualquier objetivo. DiverXO cuenta con una plantilla muy joven, perseverante, donde Dabiz Muñoz demuestra el temperamento de las ideas precisas. El programa dibuja su obsesión con no defraudar y el constante afán de mejorar. No descansa.

4. Romper con lo preestablecido

La experiencia “glotona” que supone acudir al DiverXO queda reflejada con nitidez en El Xef. Dabiz Muñoz evidencia que tiene muy claro el producto que ofrece. Y eso lo contagia. Su enérgica personalidad destaca no sólo en los platos, también en la puesta en escena de su restaurante, DiverXO cuenta con carácter que no se parece a nadie ni a nada. Y brilla: en ideas, en transgresión y en no poner cortapisas a su imaginación. También fuera de los fogones, donde regenera la experiencia del propio cliente en un “restaurante”:  rompe con la exquisitez de la hosteleria refinada de antaño, creando un templo del disfrute de la cocina sin trascendencias ni sibaritismos. No se queda, por tanto, en el tópico preestablecido: su carisma dibuja su propia e identificable marca.

5. Excitación orgásmica

La pasión por el trabajo, tan clave y tan fundamental, es evidente para desempeñar mejor cualquier trabajo, ya sea vocacional o no. Pero en David Muñoz esa vehemencia llega a ser orgásmica. Así lo irradia en el formato de Cuatro. Porque si la comida es un placer, más aún si se cocina con un especial morbo de tensión sexual sí resuelta, que produce un apoteósico subidón al saborear el resultado del trabajo bien hecho.

6. Creerse su propio personaje

Perseverancia, pasión, tenacidad, carácter, ideas. Y sabe como contar y digerir sus dificultades, méritos y logros. En cierto sentido, se ha creído su propio personaje. No es un detalle menor, es importante para proyectar el triunfo en cualquier profesión. Con sus inseguridades y seguridades, Dabiz Muñoz cree en Dabiz Muñoz.

@borjateran

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14 claves para entender las audiencias de 2015: el año en el que las cadenas marcaron territorio

1. 2015 ha definido con fuerza los roles de las cadenas. El público identifica, más que nunca, información con La Sexta, ficción con Antena 3 y realities con Telecinco. Las tres estrategias han salido bien a los tres canales.

2. Telecinco se mantiene como la cadena más vista por cuarto año consecutivo con un 14,8 por ciento de de cuota de pantalla (tres décimas más que en 2014). A pesar de que ya no cuenta con una rotunda supremacía en prime time, el canal principal de Mediaset tiene consolidada una parrilla diaria, reconocible para el espectador, con dos grandes franjas de referencia en magazines de directo. De esta forma, su programación se estructura con claridad alrededor de formatos de éxito (El programa de Ana Rosa y Sálvame) que sirven como pilares sencillos de identificar por parte de la audiencia. Esto propicia, además, la imagen de que “si algo pasa”, sabes que Telecinco puede estar contándolo en directo.

3. Antena 3 continúa como segunda opción, con 13,4 por ciento de cuota. El canal principal de Atresmedia se ha afianzado como la mayor factoría de series, adelantando a su emisora rival en la percepción de productora de ficciones de calidad. Ha hecho marca, por tanto, con sus producciones dramáticas. Antena 3 destaca en los horarios de máxima audiencia, sabe vender muy bien sus productos y, en la franja del daytime (por el día), mantiene buenos datos con series como El Secreto de Puente Viejo y Espejo público, magazine muy competitivo, a pesar de que su fórmula está más pegada a la actualidad y menos versátil en contenido (no cuenta con realities para comentar).

4. La 1 de TVE no frena su caída: mínimo histórico con un 9,8 por ciento de cuota. La cadena pública sigue sufriendo los daños colaterales de la mala gestión política. La grave y constante pérdida de credibilidad de los informativos arrastra a todo el canal que, además, sufre una programación desestructurada, que en los últimos años ha ido a rebufo de las privadas. TVE destaca cuando se invierte y arriesga en ideas con mirada propia, como ha sucedido con el programa de Bertín Osborne (bien programado y planificado) y con El Ministerio del Tiempo (valiente propuesta).

5. TVE sigue como referencia en los grandes acontecimientos. La audiencia mayoritaria elige la cadena pública para ver el mensaje de Navidad del Rey o las campanadas de Nochevieja, por ejemplo. De hecho, este 31 de diciembre, desde la corporación han aprovechado esta retransmisión de forma inteligente. Así han dedicado estos minutos de gran concentración de público para promocionar sus estrenos del mes de enero y recordar el 60 aniversario de TVE. En cambio, la tradición y el despliegue técnico ya no sirve a TVE en acontecimientos de calado político (como la noche electoral), en donde el contenido está gestionado por los actuales responsables de informativos. Una parte importante del público se va. ¿No se fía de lo que le están contando?. Se trata un nuevo escenario consecuencia del quebranto de la credibilidad.

6. La Sexta abraza su récord histórico con un 7,4 por ciento de share (+0.2 puntos) fruto de una definida gestión de la identidad de marca como canal comprometido con la información por excelencia. En este sentido, al igual que Telecinco en formatos de entretenimiento y tele-realidad, La Sexta ha ordenado su programación a través de pilares informativos (Al Rojo Vivo -en la mañana- y Más vale Tarde -en la tarde-) o en los sábados La Sexta Noche, más en la línea del espectáculo político. También sigue su apuesta por formatos de altura periodística y televisiva como Salvados, La Sexta Columna o El Objetivo, que ha logrado adaptar el periodismo de datos al horario de máxima audiencia. Sin olvidar, de El Intermedio, otro pilar estructural clave de La Sexta. La cadena verde se ha hecho con el nicho de interesados en la política, justo en tiempos de cambios.

7. Cuatro se queda en quinta posición con un 7,2 por ciento de share. El canal rojo mantiene la herencia recibida de sus inicios: sigue atrayendo a un público joven y urbano, jugoso para los anunciantes. Aunque su producción propia no puede disimular la aureola de la forma de entender la televisión de Paolo Vasile. La cadena se ha convertido en una versión joven de Telecinco, un buen complemento para diversificar contenidos.

8. Año de crecimiento de la inversión publicitaria, lo que se debería traducir también en un repunte de la inversión. También 2015 ha sido el año del incremento de la TV de pago en España, que ha pasado del 17,4 por ciento al 18,8 por ciento del total de cuota, según Barlovento. Un gran salto que no ha sido fruto tanto de los contenidos de los operadores “codificados” como de las competitivas ofertas de las compañías telefónicas que incluyen su propuesta televisiva en completos packs de móvil, fijo e Internet.

9. La 2, con sólo un 2,7 por ciento de share, ha mutado en un canal casi invisible. Cierta audiencia, que se siente huérfana de un tipo de televisión, no llega a conocer propuestas inteligentes de la segunda cadena de TVE. Una cadena con una programación que se debe ordenar a través de franjas reconocibles e identificables para el espectador. En 2015 ha sido un caótico cajón desordenado. No ha ayudado el retraso a la una de la mañana de uno de los formatos más emblemáticos y de mayor prestigio de la emisora, La 2 Noticias.

10. La Champions y Eurovisión han vuelto a ser las emisiones más vistas de 2015. En el ranking de los cincuenta programas más visto, destaca el debate entre Albert Rivera y Pablo Iglesias en Salvados (en la foto de arriba). El cara a cara se cuela en el número 27 de la lista, posición reseñable para emisión no deportiva desde una cadena de las dimensiones de La Sexta. Ejemplo de un año en el que la política ha sido protagonista de los audímetros.

11. Los viernes es un día perfecto para grandes shows de entretenimiento. Así lo ha demostrado Tu cara me suena, que ha desmontado la mentira instalada de que la primera noche del fin de semana no es apta para apostar por un gran formato televisivo. El talent de famosos imitadores ha recuperado a la tele a una audiencia que no contaba con ninguna oferta atractiva los viernes, por encima de Sálvame Deluxe.

12. Sálvame Deluxe, aunque mantiene a su audiencia afín, que es muy fiel y no falta a la cita, sí que evidencia un cierto desgaste de la fórmula en contenidos basados en el conflicto cíclico. Y su presentador, Jorge Javier Vázquez, transmite menor implicación, tal vez fruto de la larga duración del formato y de sus nuevos retos teatrales. Esto se contagia al público. Sólo los líos de Belén Esteban siguen siendo infalibles para subir con energía el share. Eso sí, la versión diaria sigue fluyendo viento en popa, como meritorio culebrón diario de la realidad.

13. Los espectadores de más de 45 años son los que más tiempo dedican al medio televisivo. Son un sustento importante para las medias de share mensual de las cadenas de televisión. Y los canales lo saben, y lo aprovechan a la hora de diseñar sus parrillas. También son aquellos que consumen los contenidos televisivos de forma lineal tradicional. Sin embargo, este 2015, supone el punto de inflexión en el análisis de las ‘audiencias +1’, los consumos que se producen después de la emisión tradicional a través del universo online. La TV deslinealizada ya no es ciencia ficción, la forma de ver e interactuar con los contenidos televisivos ha cambiado para siempre. Y ahí el público, sobre todo las nuevas generaciones, va por delante de los análisis de audiencias basados en un implacable titular del día después de la emisión.

14. Con la pérdida de fuelle de TVE (tras la supresión de su publicidad), los dos grandes grupos privados, Mediaset y Atresmedia, se han repartido la gran tarta del negocio televisivo. Reúnen el 58 por ciento de cuota de pantalla y reciben el 86 por ciento de la inversión publicitaria en televisión, según datos de Barlovento. Hay más canales pero, al mismo tiempo, más de la mitad del peso de las audiencias recae en las compañías surgidas de Telecinco y Antena 3. Los dos grandes operadores parecen sentirse cómodos en este sistema, con sus roles bien definidos.

La asignatura pendiente en España está en contar con una televisión pública más creativamente fuerte y con más diversidad de operadores privados que remuevan la industria audiovisual e impulsen una necesaria mayor pluralidad de contenidos a la altura de los grandes países de nuestro entorno.

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Cuatro cumple 10 años: lo que aprendimos del mejor lanzamiento de una TV en España

Hola, bienvenidos a Cuatro. Ya estamos aquí”. Estas fueron las primeras palabras de Cuatro. Un 7 de noviembre de hace 10 años, a las 20:44 horas, Canal Plus desaparecía de la televisión tradicional y daba paso a un nuevo canal, que quería encontrar su hueco con una arrolladora personalidad que marcara la diferencia frente al resto de las emisoras privadas.

Iñaki Gabilondo fue la primera imagen que apareció en esta nueva frecuencia del grupo PRISA. Él hizo los honores. Él rompió el hielo. No estaba solo, compartía una grada con todo el elenco de rostros con los que arrancaba la emisora.

En un plano secuencia, sin cortes y en constante movimiento, iba apareciendo cada una de esas caras de Cuatro -algunas conocidas, otras desconocidas-, y todas miraban a esa sigilosa cámara, esa cámara que avanzaba en una puesta en escena inmaculada, en iluminación y fotografía. Una puesta en escena que lograba contagiar la emoción del nacimiento de una televisión en el espectador.

Después del saludo de Gabilondo, también hablaron Raquel Sánchez Silva y Boris Izaguirre. Tres complementos perfectos, tres personalidades que contagiaban lo que pretendía ser la cadena, una cadena que se describía como “cómplice, inquieta y que no se toma demasiado en serio”. Tres claves cruciales para el triunfo de cualquier televisión, dichas de viva voz en la carta de presentación del canal.

10 años después de aquel lanzamiento magistral, aún muchos siguen echando de menos los tres primeros meses de Cuatro. Porque fueron unos tres meses que dibujaron una televisión con una arrolladora personalidad, que intentaba, por todos los medios, ser una alternativa sin complejos y demostrar que se podían generar contenidos televisivos de otra manera. Y lo consiguieron, en cierta medida.

Con Cuatro, aunque fuera sólo un ratito, la televisión en España ganó pluralidad y calidad. Porque Cuatro no sólo arriesgaba en contenidos, también mimaba el envoltorio visual. De sus programas y, no menos importante, de su imagen de continuidad.

Recordadas son sus grandes spots promocionales (de hecho, Cuatro reinventó la forma de consumir el fútbol en televisión, implicando incluso a las audiencias no futboleras en la experiencia del mundial de fútbol), pero tampoco hay que olvidar las innovadoras transiciones a publicidad del canal.

Cada pausa sabía incorporar grafismos juguetones que, a través de frases en formato guiño travieso con el espectador, recordaban la existencia de diferentes programas o series de Cuatro. Eran como tuits sobreimpresionados, antes de la existencia de Twitter.

La inteligencia del lanzamiento de Cuatro entendía que lo más vital era que el público interiorizara la estructura de su programación, sintiéndose partícipe de la cadena: su cadena. Y aprovecharon todos los elementos para lograr esa complicada fidelización de públicos en un canal desconocido.

Por eso mismo, en los tres primeros meses de vida del canal, se optó por no variar apenas la parrilla. Éxitos o estrepitosos fracasos: nada se cancelaba ni se movía de horario. Daba igual el veredicto de las audiencias. En Cuatro se dio tiempo a cocinar, cocer y conocer cada uno de sus programas.

El primero en esfumarse, eso sí, fue Rompecorazones con Deborah Ombres. Un concurso que se emitía en la tarde, después de Friends, y que realizaba preguntas sobre la farándula, intentando convertir la crónica rosa en un corrosivo Saber y Ganar. No funcionó, era lo más flojo de una parrilla de acentuado carácter.

Carácter empezando por los informativos, que decidieron cambiar el azul del mar del mapa del tiempo por un rojo corporativo. Error. Pronto, en Noticias Cuatro se dieron cuenta de que aquello no se entendía, que estaba bien ser valientes pero que existen límites que no se pueden traspasar en el imaginario colectivo. Porque el mar es azul y no color sangre.

Pero se agradecieron esos riesgos. Como riesgo fue apostar por Cuatroesfera, un contenedor de madrugada (y mañanas de fines de semana) que, además de emitir series, hacía hueco a la creatividad cultural de la trastienda de la sociedad y que no siempre se veía por la tele. Una radiografía de su tiempo, que denotaba el compromiso de la cadena por abrir miras en la pequeña pantalla.

Aunque, en ese lanzamiento de Cuatro, destacaron sobre todo dos programas claves que aún son muy recordados: Noche Hache, al filo de la medianoche, con Eva Hache, un contrainformativo que resumía el día a través de la comedia y que incorporaba la entrevista noctámbula, al más puro estilo del late night norteamericano (donde no es necesario cortar cada dos segundos al invitado). El otro formato, en las tardes, era Channel Nº4, con Ana García Siñeriz y Boris Izaguirre, una pareja extraña para un magazine que no parecía un magazine.

Tanto Noche Hache como Channel Nº4 y los informativos servían para estructurar y organizar la parrilla. Eran pilares reconocibles de una programación que no se parecía a nada ni a nadie. Esa era la fortaleza del nacimiento del canal rojo, de Cuatro, invertir entendiendo que no hay que ir a rebufo de otros: una televisión nueva sólo puede destacar si marca su terreno gracias a una mirada propia incontestable.

Y Cuatro invirtió mucho en esa mirada propia. Incluso intentó trasladar a la tele, en sus primeros meses de vida, la pasión de los programas de fútbol en la radio. Lo hizo con Maracaná 06 con Paco González: un gran show de prime time para los lunes. Pinchó. No interesó. Todo lo contrario de lo que sucedió con Cuarto Milenio, la inteligente adaptación de Milenio 3 de la Cadena Ser, que aún sigue con éxito (y calidad) en Cuatro.

El Hormiguero de Pablo Motos también surgió fruto de una decisión valiente en los despachos de Cuatro, prácticamente imposible en otras privadas más tradicionales. ¡Un locutor de radio haciendo experimentos y con dos peluches como copresentadores!, qué delirio es ese… pues ese delirio promete convertirse en uno de los programas más longevos de nuestra televisión. Y Cuatro tuvo la culpa. Paradójicamente, ahora es uno de los grandes estandartes de Antena 3.

Además, hay que reconocer que Cuatro impulsó en España el consumo de docushows en prime time nacional. Hasta entonces, se pensaba que en horario de máxima audiencia el público daba la espalda a programas sin un plató con presentador. En esta línea, Callejeros con una fórmula que trasladaba la esencia de Mi cámara y yo de la edad dorada de Telemadrid al escenario nacional.

Mucho ha cambiado Cuatro en estos diez años, su excelente identidad de marca, su capacidad de organizar la parrilla y la personalidad de su programación se terminó viendo tambaleada por varios costosos fracasos (Gominolas, Cuenta Atrás…) y, finalmente, la fusión por absorción con Telecinco. Desde entonces, algunas decisiones desvanecieron ese espíritu de concepción de Cuatro, esa marca Cuatro. Ya ni su logotipo está en la parte superior derecha de la pantalla, otro gesto diferenciador de cara al espectador que no fue casual en la fundación de la emisora. Pero la forma de entender la televisión comercial de Paolo Vasile es un modelo de negocio más instantáneo. Cuatro se ha convertido en una versión imberbe-tróspida de Telecinco.

Pero Cuatro aún mantiene la fuerza de aquel target urbano y joven que se sembró en sus inicios. Una etapa que debe ser una referencia para los nuevos creadores televisivos. Ya que ese Cuatro enseñó que hay que creer en la inteligencia del espectador y que no hay que poner cortapisas a la imaginación a la hora de la búsqueda de un público definido que se asocie con tu imagen de marca.

Cuatro demostró que la televisión debe aprovechar todo tipo de herramientas para afianzar su parrilla, que hay que contar con programas estandarte que ordenen la programación, sí, pero, también, evidenció que es crucial darlos a conocer bien. Por ello, reinventaron soportes, caretas y otros originales elementos que inundaban la emisión de la programación para que fuera fácil retener qué, por qué, cómo y cuándo emitía Cuatro su oferta.

Así nació un canal con un target comercial potente, que llegaba a un jugoso público urbano, comprometido y cómplice. Sin embargo, la crisis frustró parte del proyecto, quizá era demasiado pronto para tanta aspiración en el panorama audiovisual español, pero Cuatro demostró que la televisión es mejor cuando se sale del guion del “esto no va a funcionar, y no lo van a entender” para creer en “esta idea promete, es especial y va a ilusionar”. Porque el futuro es de los valientes. Y de los que arriesgan en la liga del talento. También en televisión.

@borjateran

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‘Rabia’ marca mínimo de audiencias: el problema de la serie de Cuatro (la historia se repite)

Tras el buen dato de estreno (10.6 por ciento de share y 1.801.000 espectadores), el hundimiento de audiencias de Rabia es una realidad. El público se ha desenganchado de la ficción, que ha bajado a un flojo 5,5 por ciento de share (948.000 fieles).

¿Qué ha pasado? Rabia sufre el problema de gran parte de nuestras actuales series que arriesgan con una premisa ambiciosa, a medio camino entre la ciencia ficción y el suspense:  el primer capítulo arranca con fuerza, existe avidez por historias diferentes y atrevidas, pero después la expectación se desinfla rápido cuando no se logra mantener la emoción graduando bien las tramas, sus clímax y sus giros dramáticos. Al contrario, se estira todo el intríngulis hasta invitar al espectador a marcharse de aburrimiento.

Se intuye que Rabia es de estas series en las que no se ha permitido definir bien una Biblia previa, que dibuje con minuciosidad el arco de la temporada de cada personaje. No ayuda la duración ‘española’ de cada capítulo, tampoco la excesiva iluminación que te saca de la historia, evidenciando los artificios de la puesta en escena low cost.

A pesa del buen elenco de actores y las buenas intenciones, Rabia ha sufrido el síndrome de la producción que, al ir viendo sus episodios, da la sensación de que nunca solucionará lo que propone. Que habrá un final abierto. Muy abierto. Que el espectacular punto de arranque planteado no tiene resolución ni para sus propios guionistas. Ya sucedió con Refugiados de La Sexta, donde poco o nada se supo de los motivos de la teletransportación masiva de ciudadanos del futuro. Ahora, de otra forma y con otro concepto, con Rabia.

Un virus que hay que frenar en nuestra ficción nacional. Su única medicina para paliarlo: no lo ruedes, si vas a dejar al espectador a medias.

@borjateran

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  • ‘Rabia’ se ha estrenado con un buen 10.6 por ciento de share y 1.801.000 espectadores.

Cuatro ha vuelto a la ficción con un arriesgado proyecto. Se llama Rabia, se estrenó anoche y es algo así como un The Walking Dead a la española con toques de Perdidos. Un virus muta a cientos de personas que se sometieron a un tratamiento experimental para curar sus enfermedades. Los transforma en incontrolablemente seres sanguinarios y terminales. Así que las fuerzas del orden deciden aislar a aquellos que se sometieron al tratamiento pero aún no han manifestado la rabia. No vaya a ser que la líen… Pero un grupo de estos sujetos, potencialmente peligrosos, escapa cuando es trasladado en una especie de bus municipal rumbo a un futuro desconocido. Resultado: huyen, claro, y se esconden en un refugio.

Así arranca una ficción que cuenta a su favor con un nutrido y solvente reparto, compuesto por nombres reputados como Carles Francino, Patricia Vico, Paco Tous, Malena Alterio, Adriana Ozores, Concha Cuetos, Fele Martínez, Elisa Mouliaá o Diego Martínez, que encarna a un agente detrás del caso y que es el descubrimiento de la serie.

Los actores son el ingrediente que destaca en una producción que, innegablemente, cuenta con cierto magnetismo a la hora de contar su historia. Los clichés más tópicos se suceden, pero el ritmo es tan frenético que la serie, al menos en su primer capítulo, entretiene y funciona narrativamente como lo que es: un producto lúdico y de género que solo pretende lo que consigue, fijándose en producciones internacionales que juegan las mismas cartas con presupuestos mucho mayores.

Quizás su fallo puede ser que, dentro de esa vocación lúdica, Rabia comete el error de tomarse demasiado en serio a sí misma. Se nota en la dramática intensidad con la que los actores afrontan sus personajes.

Y ese dramatismo choca con el envoltorio de la producción. De nuevo, Mediaset cae en la trampa de primar una excesiva iluminación (sin ir más lejos, el capítulo de anoche arrancaba en una sala de cine en la que no podía haber más luz) que tenía sentido en las series de los noventa para engatusar al espectador pero que ahora, en el universo de la alta definición, sólo evidencia los defectos de los efectos especiales y propicia que la historia sea menos creíble. ¡Cuánta luz hay en ese refugio incluso de noche!

Con una fotografía más matizada, Rabia ganaría en atmósfera y efectismo. Y es que no se puede iluminar las series como si fueran el plató de Sálvame. Porque, aunque en ocasiones parezca que algunos colaboradores del Deluxe muestran síntomas de rabia, son productos muy diferentes.

Estamos, pues, ante un intento interesante por parte de Cuatro, una idea que bien podría resultar un impulso para la marca de la cadena roja. La consolidación de Rabia depende de que el espectador decida darle una oportunidad y no la compare en exceso con producciones americanas de corte similar. Porque todos sabemos que las comparaciones son odiosas. Y dan mucha rabia.

@borjateran

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