‘Buscando el norte': lo mejor y lo peor de la nueva serie de Antena 3

Ya se sabe. La televisión se nutre de corrientes cíclicas. Ahora tocan los conflictos norte/sur. Si triunfó 8 apellidos vascos, había que hacer una serie llamada Allí Abajo. Si funcionó la película Perdiendo el Norte, por qué no hacer una ficción en televisión con los mismos mimbres titulada Buscando el norte. Y estas cuatro producciones llevan intrínseco el mismo conflicto: el caos de enfrentarse a unas costumbres que no son las de tu hábitat natural ni tu área de confort.

Y de ahí, claro, surgen situaciones delirantes, aptas para la comedia. Este tipo de producciones llevan triunfando durante años en países de nuestro entorno, ahora también en España. Y ese ha sido el principal fuerte de Buscando el norte: retratar, a su manera, a esos españoles que, como en los años cincuenta, emigran en la actualidad a la caza de un futuro mejor. No siempre lo consiguen.

La serie ha arrancado con una especie de parodia de Españoles por el mundo, el programa que muestra a extranjeros que se han exiliado y viven en una felicidad de cuento. Estos primeros minutos han sido un acierto para disimular la casi siempre tortuosa presentación de personajes. Porque, sobre todo, Buscando el norte es una serie de personajes.

Destaca el elenco, liderado por unos entregados Antonio Velázquez y Belén Cuesta, a los que acompañan Jorge Bosch, Goizalde Núñez, Fele Martínez, Bárbara Santa-Cruz, Silvia Alonso y Elisa Mouliaá. Y también destaca Berlín, como coprotagonista vibrante y fotogénica. Las localizaciones reales aportan autenticidad y fuerza visual a la serie, que retrata a la perfección el particular frío hospitalario de la capital alemana.

El guion de este primer episodio no ha sido precisamente su punto fuerte, pero sí que se apunta que las tramas se comprometerán con este tiempo complicado que vivimos a través de la comedia cómplice.

Lo malo es que su premisa es menos reconocible y empática que un chiste entre vascos y andaluces. No todos los espectadores han vivido la emigración de cerca, si bien el guion suple esta carencia con una conexión constante con España. De hecho, no falta ni la tasca al estilo Los Serrano. Eso sí, ahora montada en Berlín, claro. Marcelino Pan y Vino, se llama. Los alemanes, por suerte, no entienden el juego de palabras. Ni falta que les hace.

Muchos espectadores tampoco han entendido la forma en la que la serie fuerza constantemente coincidencias entre sus protagonistas emigrados a Berlín. Por supuesto, las tramas de comedia deben alimentarse de conflicto a través de coincidencias, pero este primer capítulo de Buscando el norte ha contado con sobredosis de casualidades. Y ha chirriado en ese sentido.

La semana que viene habrá que ver si se consolida el éxito o el fracaso de esta nueva comedia. De momento, en el adelanto del próximo episodio, ya han cebado los desnudos de Antonio Velázquez y Elisa Mouliaá en una secuencia de sexo por webcam. La carne es la carne. Aquí y en Alemania.

@borjateran

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Tenemos un pequeño problema. Esto de la gala de Los Goya parecía que iba a mejor en los últimos años. Pero no, la gala de este 2016 ha suspendido. Desde 2010, con la primera ceremonia de Buenafuente, habíamos aprendido que lo mejor era crear un formato televisivo propio, que no se obsesionara con imitar entregas de premios americanas. Pero, en este 30 aniversario, de nuevo, la Academia se ha obsesionado con el número musical de arranque. Como si fuera una gala de galardones de teatro musical, al estilo de los norteamericanos Tony, con truco de magia incluido. Pero copiar una cosa, sin saber copiarla, es siempre un quiero y no puedo.

Hasta Dani Rovira se desvaneció del escenario, como Neil Patrick Harris en los Tony, gracias a un asombroso truco de magia de Jorge Blass. Lo malo es que ese inicio pretendía ser un gran número musico-teatral pero que, en su ejecución, no casaba con las narrativas televisivas actuales. Transmitía un espectáculo retro y no bien ensayado. Cutre, vaya. Y si no empiezas en alto, busca otra forma de empezar, porque el inicio siempre marca la pauta de la gala.
El teatro donde se celebra el evento tampoco acompaña con las condiciones adecuadas para un sarao de estas características. Un escenario muy limitado. Con una escenografía funcional y elegante, sí, que aprovecha y agranda el ajustado espacio, pero que causa indiferencia. Y es que el decorado es intercambiable. Podría ser de una gala de Eurovisión, de un Telepasión, de la gala de Nochevieja o incluso de la serie Dreamland (por el exceso, por momentos, de humo).
En lo visual, volvió a faltar más carisma, más identidad propia, más esencia de gala cinematográfica. En estos treinta años de Goyas, hemos tenido escenografías legendarias, como cuando Rosa María Sardá convirtió el Palacio de Congresos de Madrid en un plató de cine, con sus cámaras, su grúa, sus paredes de mentira, sus bambalinas.
Eso sí, la buena idea, muy a valorar, de la puesta en escena de esta edición es que se han atrevido, por fin, a retirar los atriles. No son necesarios. El público quiere ver a los premiados en todo su esplendor, con sus mejores (o peores) galas. Aunque estos no sepan donde apoyarse.
Por suerte, los monólogos de Dani Rovira pusieron cierto remedio a todos los males del extraño arranque musical a lo High School Musical cañí y a los sucesivos trucos de magia. Tras un fallo de micrófono, que dejó a Rovira en un incómodo silencio del que salió con soltura, el cómico hizo uso de su habitual arte en el monólogo para todos los públicos. Un acierto el hecho de caminar por el patio de butacas, entremezclándose e interactuando, con una gran proximidad, con los verdaderos protagonistas de la noche: los actores.
No obstante, el guion estuvo peor hilado que el año pasado y no todos los chistes funcionaron. Su punto fuerte estuvo en el entreacto, en el que Rovira intercambió pullas con los representantes políticos, los otros protagonistas de la noche.
Destacó Antonio Resines como presidente de la Academia de Cine, con su particular humor, rompiendo con los encorsetamientos de la gala aunque no precisamente innovando en su discurso. Y chirriaron eso violentos momentos en los que se cortaban de cuajo los agradecimientos de los premiados que excedían su tiempo. Especialmente violento fue el corte a Natalia de Molina, Goya a la Mejor Actriz. Detalle feo pero entendible: el escaso sentido del espectáculo de muchos de los ganadores y las gracias eternas siguen siendo el mayor lastre de esta gala en lo que al ritmo se refiere. Y, claro, luego al final hay que ir con muchas prisas por todo el tiempo que se ha gastado en la primera mitad.
En cuanto a la realización, en TVE son unos maestros. Pero no se pueden permitir llegar tantas veces tarde a los planos de reacción en el patio de butacas. No es tan complicado que las cámaras sepan dónde están sentados los protagonistas a los que va a nombrar Rovira (marcados en guion), para así evitar, por ejemplo, ese plano desenfocado de Pedro Sánchez. En eso no hay excusas.
Además, otra cosa en la que nunca aprenderemos: lo feos que quedan esos planos con butacas vacías alrededor, de gente que se ha ido, está en el baño o presentando premios. ¿Tanto cuesta llenarlas con figurantes como hacen los americanos?

Pero sí que la emisión visual ha sabido salir airosa a nivel general, a pesar de constantes problemas de sonido y las limitaciones del caos que supone realizar la gala en el espacio de un teatro que no es un teatro: es un salón de actos de un hotel en el quinto pino. Perfecto para una convención de ejecutivos, no para un espectáculo televisivo. Y ese es un fallo, pues el cine español debería acercar más sus premios a la gente, al corazón de la ciudad, haciendo más partícipe a la ciudadanía de una ceremonia que debe huir de las endogamias de amiguetes.

Por suerte, la emisión paralela de rtve.es abrió, por segundo año consecutivo, los Goya a la gente. Lo hizo a través de los #GoyasGolfos, una retransmisión pirata que refleja el lado más lúcido y gamberro de la cadena pública: consciente de su tiempo, interactuando en directo con los espectadores, aprovechando las posibilidades de las redes sociales y realizando una contra-retransmisión sin miedo a saltarse los límites del extremismo de lo políticamente correcto, atreviéndose a hablar con una complicidad apabullante con el espectador. En definitiva, jugando con la televisión.
Y ese es el mejor porvenir de los Goya: jugar con la televisión para acercar el cine rompiendo con los convencionalismosde unas galas de premios y sobre todo en años como este, en el que las películas nominadas no eran precisamente las más taquilleras o conocidas por el público.Faltaron, por tanto, momentazos, espontaneidad, ironía, emoción (¡menos mal que estuvo Daniel Guzmán tan a flor de piel!) y, sobre todo, sorpresa. Son los ingredientes necesarios para atrapar al espectador independientemente de que haya visto o no los títulos nominados. Y este año el menú ha vuelto a saber soso, nada compacto y olvidable. Los Goya han cumplido treinta años, pero aún parecen adolescentes inseguros con mucho que madurar.

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‘Bajo Sospecha': una segunda temporada menos intrigante y más convencional

Ha vuelto Bajo sospecha. Cambiando la ruralidad de la primera temporada por un urbano hospital privado. Y con un nuevo caso: una mujer desaparecida (interpretada por Leticia Dolera) y una muerta (Ingrid Rubio), ambas trabajadoras del hospital.

Una vez más, investigan el comisario Casas (Lluís Homar), Víctor (Yon González) y el inspector Vidal (Vicente Romero). Pero ni rastro de Laura, el personaje de Blanca Romero, cuya interpretación fue de lo poco que se cuestionaba en la primera y excelente tanda de capítulos. “¿Y Laura?”, preguntó Víctor. “Esta vez Laura no te acompañará”, respondió Casas, tajante. Y no se hable más. Aunque lo que de verdad habría tenido gracia es que esta temporada hubiera girado en torno a la desaparición del personaje de Romero…

Sin dilación, con un arranque frenético, Bajo sospecha ha vuelto a poner sus cartas sobre la mesa. El culpable está dentro del hospital y todos sus empleados son sospechosos. Y comienza el vaivén de rarezas, conversaciones a medias, frases con dobles sentidos… Todo muy misterioso, como tiene que ser.

Lo mejor de la primera temporada de Bajo sospecha fue, sin duda, el retrato de esa familia Vega tan fascinante, turbia y repleta de recovecos. En esta segunda temporada, también hay excelentes actores para dar vida a los sospechosos: Unax Ugalde, Olivia Molina, Luisa Martín, Jose Luis García Pérez, Gonzalo de Castro, Marta Belenguer… Ah, y Concha Velasco, siempre imponente, encarnando a la directora del hospital. Los repartos cuidadísimos son marca de la casa de Bambú, que es la productora que más deja brillar a los intérpretes en España, a un nivel más cinematográfico de lo que nos tenía acostumbrados la televisión de los últimos tiempos.

Sin embargo, y aunque aún es pronto para valorar, en este primer capítulo se han echado en falta personajes tan poderosos como lo fue el de Alicia Borrachero en la entrega anterior. Borrachero estaba de Goya, directamente. Y en este hospital todo es intrigante pero menos perturbador que lo que ocurría en el pueblo Cienfuegos. Se ven más las costuras de la de las artimañas catódicas a la hora de engatusar el share. Y las comparaciones, siempre, son odiosas. Más en una serie que juega a seguir igual pero siendo diferente.

Thrillers televisivos hay y ha habido muchos, con muertos y desaparecidos en los primeros minutos, y muchos sospechosos después. En este contexto de producciones similares, la primera temporada de Bajo sospecha consiguió destacar en forma y fondo. Enganchaba de manera casi enfermiza, consiguiendo que quien viera una de sus secuencias necesitara saber con urgencia el desenlace del misterio. En esta nueva Bajo sospecha entre pasillos de hospital, el ritmo es más ágil, obsesivamente ágil, y los giros se suceden, pero el enganche, a priori, es menos inmediato. Quizá porque la sensación de déjà vu es mayor. Pero habrá que ver cómo crece la trama e ir conociendo mejor a los personajes. Eso sí, esperemos que los guionistas nos tengan preparado un final menos decepcionante (y verosímil) que el del caso en Cienfuegos.

@borjateran

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Lo mejor y lo peor de la Nochebuena televisiva en la que Raphael quiso ser Bertín Osborne

Las cadenas de televisión no creen en la Navidad. O eso parece al ver su oferta en la Nochebuena: estancada en el pasado. De hecho, en muchos casos, podrían reponer su programación de años anteriores y muchos ni se percatarían. Pero no demos ideas. Esto es lo mejor y lo peor de la Nochebuena en la que creyó la tele de 2015.

LO PEOR

La Nochebuena televisiva vive estancada en 1995. No avanza, las cadenas privadas han decidido tirar la toalla en esta jornada, que ya ni aprovechan para impulsar su imagen de marca con capítulos especiales de sus series de éxito o ediciones navideñas de sus talent shows.

Antena 3 directamente opta por Los Simpson y refritos varios. Así no pierden dinero. Mientras que Telecinco, este año, ha seguido apostando por la gala de José Luis Moreno con Paz Padilla, Joaquín Prat y compañía.


 
7 años consecutivos lleva la cadena líder confiando este sarao en el productor-cirujano-ventrílocuo, programa que realiza con el piloto automático: hortera y rancio por igual. Ni se preocupa en iluminar correctamente, ni en emitir con una realización visual bonita y cuidada. Al contrario, el show de Telecinco es el McDonalds de los especiales navideños: cóctel rápido e insípido de varietés que funciona porque permite el comentario cotilla desde casa “mira qué guapa está ‘la’ Paz Padilla, abuela“.


 
En La Noche en Paz tampoco faltan los teatrillos y los diálogos con roles sexistas. Telecinco se ha acomodado en esta fórmula obsoleta, no obstante, renta en audiencias, a pesar de que la cadena de Mediaset multiplicaría su cuota de pantalla generando un acontecimiento con ediciones especiales de sus programas de cabecera. Pero no lo hacen. Es la consecuencia de la desganada que produce la Navidad en nuestras grandes cadenas. Y es que, en realidad, ninguna privada quiere competir realmente porque saben que esa noche aún es de TVE.

Y TVE recuperó Telepasión. Pero el tiempo de Telepasión ya pasó. Al menos, tal y como lo conocemos, pues la fórmula se ha desvirtuado. Además, el público ya no es tan ingenuo y está resabiado de ver a gente de la tele haciendo que canta.


 
No obstante, la cadena salvó la papeleta con una realización notable, con mucho instinto de la teleNochebuena, y una puesta en escena espectacular, muy a tono con la mejor esencia de Televisión Española. Pero, si el primer Telepasión nos sorprendió por ver a carismáticos rostros de la cadena pública riéndose de sí mismos y de la propia televisión con números musicales muy ensayados, en este remake nos hemos encontrado a rostros de la cadena (a los que había que presentar con un letrero para ubicar su trabajo) cantando a lo loco, como si fueran una asociación de cuñados en un karaoke.


 
Pero Telepasión es un formato icónico de la historia de la televisión que no hay que malograr. Es tiempo de encontrar otras fórmulas más conscientes de su tiempo, que vuelvan a despertar la ilusión y la expectación en la audiencia.

Como tampoco ha sido muy consciente de su tiempo el especial de Raphael, que un año más ha sido el maestro de ceremonias de su tradicional christmas navideño en TVE. Aunque, esta vez, ha salido del plató para realizarlo desde su (supuesta) propia casa. Vamos, como en ‘En la tuya o en la mía‘ de Bertín Osborne, pero sin futbolín. Invitados estelares fueron pasando por el lujoso hogar que, por cierto, no es propiedad del cantante: en realidad, es un casoplón alquilado para la ocasión.


 
La intención del programa, de abrir la mansión de Raphael, era buena. Pero, al final, el decorado real del show ha sido demasiado monotemático y claustrofóbico. Ha sido horrible visualmente. Porque, aunque el equipo de realización intentaba dar variedad de planos y encuadres, la casa no daba más de sí. Del salón a la escalera y de la escalera al salón. Un lugar complicado de iluminar y de colocar las posiciones de cámara, que no ha favorecido ni al propio protagonista de la velada.


 
El invento ha resultado forzado e incluso, en determinados momentos, desangelado. Como consecuencia, Raphael brilló menos: no tenía espacio para sus habituales aspavientos. Eso sí, destacó la corrosión de un particular mayordomo, Carlos Areces, y las actuaciones de India Martínez, Asier Etxeandia y Bebe, que dijo a Raphael que disfrutara de la Nochevieja. Ella, que se confundió de día. Vuelve al plató, Raphael.

LO MEJOR

Se ha echado de menos un especial con una concepción tan global -en realización, puesta en escena y guion- como el formato que protagonizó Joan Manuel Serrat en la pasada Nochebuena. Más que un programa de música, una historia de principio a fin a través de la música.

Este año ha existido menos riesgo creativo, pero sí una gran innovación, que es un camino interesante por explorar: la emisión paralela en 360º de fragmentos del especial de Malú. El espectador puede interactuar con la grabación, como si estuviera en el plató. Una experiencia inmersiva sin precedentes en la tele de España. Sólo basta tener un dispositivo de realidad virtual o, en su defecto, ganas de trastear con la pantalla del ordenador, móvil o tablet. El resto lo pone la imaginación.


 
Lo inteligente de esta propuesta de TVE es que no se ha quedado en un experimento online y se ha integrado en la emisión tradicional. Porque los contenidos interactivos ya no son algo menor o complementario: deben ser arte y parte de los programas y series.


 
Y el especial de Malú ha regalado grandes momentos como los duetos con Mónica Naranjo, Miguel Poveda o Ana Torroja. Y todo mostrado por un sublime trabajo visual del realizador desde una acogedora puesta en escena de Cesc Calafell: con personalidad propia y diferenciada, sin necesidad de atarse a las clónicas pantallas de leds.

De nuevo, ahí está la clave de la televisión también en Navidad: que huya de lo evidente y apueste, con amplitud de miras, en su personalidad propia (frase que repito mucho últimamente) . El problema está en que las cadenas llevan dos décadas reproduciendo las mismas fórmulas con un automatismo preocupante. Es la hora de volver a creer en la Navidad, volver a intentar emocionar al espectador con la complicidad que merece.

> 4 lecciones que TVE debe aprender del primer Telepasión

@borjateran

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Las 3 (rápidas) razones por las que no te puedes perder ‘Cabaret’

1. Los protagonistas perfectamente imperfectos.

Cristina Castaño (Sally Bowles), Edu Soto (Emcee) y Daniel Muriel (Clifford) son los cabezas de cartel de una temperamental versión de Cabaret, que va más allá de la interpretación solvente de perfectos cantantes de musical para  abrirse a los actores de carácter. Los intérpretes que enriquecen el personaje con un torbellino de texturas, con fondo y trasfondo, lo que se traduce en un plus de emoción para el espectador.

cabaret madrid

2. La imaginación hecha realidad

Esas texturas con fondo, trasfondo y carácter de los personajes impregnan de realidad el viaje que supone la historia de Cabaret. Y esa realidad también ayuda el otro protagonista de la adaptación, el Teatro Rialto, que acoge el Kit Kat Club. El antiguo cine madrileño traslada al espectador al propio universo cabaretero gracias a sus propias paredes y a una escenografía que las aprovecha, descubriendo, por momentos, los ladrillos reales del fondo del escenario. Más realidad. Y es que el escenario no es muy grande, pero la puesta en escena lo estruja con una soltura pasmosa, que juega sin dar tregua a la imaginación del espectador hasta el mismo final, cuando el decorado sufre un giro dramático espectacularmente conmovedor.

cabaret cristina

3. El sello Azpilicueta

Azpilicueta lo ha vuelto a conseguir. En Cabaret, hace compatible lo elegante con lo rimbomante, pues abraza con naturalidad la esencia de las escenas dramáticas con las coreografías del show cabaretero. Una combinación sin medias tintas: en vestuario, en coreografía, en iluminación, en versiones de los icónicos temas musicales y en vibrantes interpretaciones (Castaño y Muriel, especialmente) que convierten a este Cabaret en más que un musical: una historia comprometida con la historia.

‘Priscilla, Reina del Desierto': los 11 ingredientes para la receta del musical perfecto

Como los viejos teatros de Londres, París o Nueva York, el Nuevo Teatro Alcalá se esconde en una manzana de viviendas. Su fachada estrecha no evidencia el amplio espacio que guardan sus entrañas, donde se oculta un escenario que permite un complejo viaje como el que propone Priscilla, Reina del Desierto.

Un viaje entre la comedia sin complejos, la coreografía imposible y la purpurina que mata prejuicios. Un viaje, en definitiva, por la esencia del musical perfecto que se sustenta en 11 claves para el éxito.

1. TEMAZOS EN DIRECTO

La historia de Priscilla se cuenta a través de grandes éxitos de cuando las pistas de baile eran pistas de baile. De Tina Turner a Gloria Gaynor. Sin tregua. Y eso se agradece. En cualquier musical. Mejor aún, cuando no se meten las canciones con calzador. Como pasa en este, donde los temas están a tono con el momento, sin forzar en exceso la trama.

2. COREOGRAFÍAS IMPOSIBLES

Un musical es sinónimo de coreografía. No sólo del elenco, también de los elementos escénicos de cartón-piedra. Todo va coordinado. Es más, si algún actor o bailarín se salta los movimientos marcados puede ser atropellado por cualquier decorado. Ejem. En Priscilla, el espectador vive la experiencia de asombrarse con las magnéticas coreografías de cada miembro del casting. Una explosión atlética.

3. UN MUERTO

Todo musical de éxito que se precie debe contar con un conflicto ñoño con final feliz. Un poco de sentimentalismo, vamos. Y ya mejor si hay algún muerto. Con su funeral. Y todo. Funeral en el que todos acaban cantando, claro. Y el ataúd termina dando más vueltas que una peonza por obra y gracia de la coreografía. El vivo al hoyo y el muerto al bollo. O era al revés. Porque lo musicales también son sensibles.

4. VESTUARIO DISCRETO

El vestuario debe ser excéntrico. Eso lo saben los grandes creadores de musicales. La señora suspira con su abanico en el patio de butacas “uy, qué pocholada“. Porque ver un musical como Priscilla supone descubrir diseños de moda imposibles e imponibles. La imaginación en telas. De hecho, en Priscilla, el escenario se acaba llenando de especies del desierto australiano y aledaños reproducidas en trajes.

5. CARNAZA

Por supuesto, como también sucede en el género español de La Revista, en el buen musical no puede faltar despelote del elenco. Porque un musical no es lo mismo sin el cuerpo de baile en paños menores. No iba a ser menos Priscilla. El erotismo es un saludable motor vital. También en el showbussines.

6. ALARDE ESCÉNICO

El gran valor añadido de Priscilla es que logra el más difícil todavía con la puesta en escena. Iluminación, leds, pantallas pero, no menos importante, tramoya tradicional. El epicentro es el autobus, un elemento vivo en escena, por dentro y por fuera. No para de metamorfosearse en toda la función gracias a alardes técnicos que lo convierten en una caja de emociones.

7. PÚBLICO PARTÍCIPE

Un buen musical también supone la experiencia colectiva entre amigos y conocidos. En Priscilla hay un momento que diferentes voluntarios suben al escenario para probar una coreografía. Un aliciente, pero que se consuma con inteligencia: pues no molesta a las personas que prefieren quedarse sentadas, sin ser arte y parte. Sólo es un guiño de entreacto.

8. LA HISTORIA

Ya sea un programa de televisión, un show de radio o un musical teatral, sin contar una historia no se va a ninguna parte. Una historia que sabe lo que debe narrar evitando esos rodeos de paja, en los que termina el espectador desconectando. Priscilla no te lo permite. Te mantiene atento. Y vivo toda la función. Con ganas de más.

9. El HUMOR CÓMPLICE

La comedia es básica en el espectáculo musical. Pero no cualquier tipo de comedia. La mejor es la que es cómplice con el espectador, se ríe de sí misma y se adapta, cuando el guion lo permite, a la idiosincrasia nacional.

10. ACTORES CON SUPERPODERES

Repetir a diario cualquier musical es un trabajo complicado. Pero todavía más complicado si en escena hay que lidiar con tantos cambios de vestuario, coreografías y movimientos de puesta en escena. Incluso con dos funciones seguidas en fin de semana. Pero ellos lo hacen como tal cosa, hasta consiguiendo hacer sentir al público que está viviendo una función especial. Y es verdad, pues nunca se repetirá. La fuerza expresiva de los protas del Priscilla español es digna de mención Christian Escuredo, Jaime Zatarain o José Luis Mosquera. Interpreta, cantan, bailan. También de las tres voces femeninas principales, que aparecen y desaparecen en los lugares más inesperados de la puesta en escena.

11. CHIMPÚN FINAL

Es cuando el patio de butacas y el escenario se convierten en uno. El público en pie, el saludo final de los actores y la sobredosis musical de despedida y cierre. La fiesta que no quieres que se acabe. Ese es el mejor adiós de un musical, aquí no se puede ser rácano. No hay que quedarse corto. Cuanto más dura ese clímax, ese chimpún final, más posibilidades tienes de que el espectador salga contento y de que el mejor marketing, del boca-oreja, surta efecto. De que tu musical sea un éxito.

priscilla el musical