Ya no somos la generación ‘Friends’

34 pegajosos grados centígrados en la calle. Llego a casa. Me tiro debajo de un chorretón de aire acondicionado y enciendo el televisor. Busco ansiosamente Friends. Me quedo pegado a Friends.

No hay plan mejor, como en los días de tormenta, como los días de asfixia. Aunque haya visto sus capítulos tropeciantes veces y me sepa los diálogos de memoria, gozo como la primera vez con los vínculos de Ross Geller, Rachel Green, Monica Geller, Chandler Bing, Joey Tribbiani y Phoebe Buffay Princess Consuela Banana Hammock.

Me río con ellos. Me emociono con ellos. Me identifico con ellos. Incluso ansío ser como ellos, con sus defectos, con sus miedos, con sus ilusiones, con sus frustraciones, con su Nueva York.

Supongo que ahí radica el éxito de Friends: es el fiel retrato de una, dos o tres generaciones que pensaron que se iba a comer el mundo pero, al final, se empacharon con la digestión de tanta aspiración.

Veinte años después del boom de Friends, los vaivenes emocionales de las relaciones y objetivos de sus personajes siguen vigentes. La esencia de sus tramas no caducará nunca, pero quizá sí nuestra relación con la serie.

Porque, ahora, ver y re-ver episodios de Friends me termina despertando un particular sentimiento de nostalgia desconcertante con un tiempo que vivimos sin darnos demasiada cuenta y ya pasó sin darnos, una vez más, demasiada cuenta.

Es difícil imaginar qué hará en 2017 esa pandilla de amigos, cómo serán sus vidas maduras, qué vuelcos de guion han sufrido estos años.

Al final, lo bueno de ver y re-ver Friends es que las existencias de estos personajes están a salvo en su eterno bucle en estado de gracia, tan guapos, tan genuinos y tan brillantes como siempre por obra y gracia de la constante repetición.

Pero nosotros seguimos creciendo, avanzando… y ya no somos tan ingenuos como en aquellos refulgentes noventa que ya no existen, excepto para esa eterna reposición. Ha llegado el momento de aceptarlo, ya no somos la generación Friends.

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> El adiós a Friends

El arte de manipular

“Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”. Es una de las definiciones que estipula la RAE de ‘manipular’. Aunque también existe otra acepción interesante: “Operar con las manos o con cualquier instrumento”. Y otra más: “Trabajar demasiado algo, sobarlo, manosearlo”, define la RAE.

A la hora de mirar el ombligo del periodismo, nos centramos demasiado en la primera argumentación, la mala. Pero no se divulga lo suficiente la esencia del periodismo como el oficio que es. Ese que opera con las manos y hasta manosea si hace falta. En el buen sentido de la palabra.

Un oficio en el que es crucial moldear bien las historias: combinando la honestidad que no distorsiona la realidad con la creatividad que enriquece la crónica.

En las facultades de comunicación se deben explicar y diferenciar mucho estos dos tipos de manipulación, la tóxica y la necesaria, porque al final el periodismo es un oficio que se hace mejor con profesionales que entienden la necesidad de moldear historias con el arte de la honradez crítica que no tiene miedo a la mirada propia y a la caricia del juego de la intencionalidad narrativa.

Porque el problema de fondo y trasfondo del periodismo y la comunicación de hoy no sólo va de la mano de la clásica manipulación que disloca la realidad, también de la inanición que termina convirtiendo un oficio en una fábrica en cadena de clones sin posibilidad de encontrar la personalidad de su autenticidad. Castigar la autenticidad del artesano del periodismo que elabora con estilo su materia prima es frenar el progreso, de todos.

Caída libre, Zahara, Likes de Cero y el noctambulismo

He llegado 12 meses tarde a esta actuación. Aquel 11 de julio de 2016 estaría yo, probablemente, abstraído pensando en planes vacacionales que nunca llegaron. Pero ha sido ahora cuando he visto esta interpretación de Zahara y su Caída Libre en Likes de Cero.

Yo soy muy fan de Zahara. El otro día, de hecho, compartí un intenso vídeo suyo en mi perfil de Facebook. Lo hice a altas horas de la madrugada (Muerdo el agua por ti / Te deslizas por mí /  Y jugamos a ser dos gatos que no se quieren dormir) y hasta me escribió gente pensando que me iba a cortar las venas. Incluso me llegó un guasap de un terapeuta sexual para ver cómo estaba. Oye, y lo agradecí, que en estos tiempos no es muy habitual que se preocupen por uno.

Pero no, no estaba en drama, sólo estaba escuchando música en plan nostálgico-noctámbulo. Y así llegué por culpa de un vídeo relacionado de Youtube a la actuación de Caída Libre en el plató del programa de Raquel Sánchez Silva, donde Zahara colabora y que sirvió como chimpún final de un episodio cualquiera de este show de tarde-noche, producido por 7 y Acción, que no termina de encontrar su sitio visible, tal vez porque necesita un chute de calle.

Y ahí estoy, viendo y reviendo esta actuación. No sólo porque el tema sea adictivo, también por la forma en la que se cuenta una historia a través de la puesta en escena y la realización, marcando la aparición de cada extra-pseudobailarín. Primero con la entrada de guionistas y colaboradores -que el espectador fiel reconoce- y, después, como presencia estelar final, con la llegada inesperada de la propia Raquel Sánchez Silva, haciendo sus pasitos también.

Así son los buenos colofones en televisión. Aunque el programa sea pequeñito, es clave intentar transmitir una historia organizando bien los elementos de los que se disponga. Aunque sean tres. Aquí había una canción de promoción y, en vez de atarse a un pie de micro, se incorpora el equipo con una narrativa que termina en alto, con la entrada estelar de la presentadora siguiendo la coreografía, sabiendo contagiar sonrisa a una cámara que no deja de mirar gracias a una realización que tiene las ideas claras y la intuición en su punto.

Eso es la tele, la que entiende que también los finales deben tener intención para que de ahí fluya esa particular emoción que produce en el espectador implicación.

El señor X que difamó al señor Y: cuando el periodismo se olvida del periodismo

Un señor X difama sobre otro señor Y en un programa de radio. Los medios se hacen eco de lo que difama este señor X. Lo comparten en sus redes, en sus portadas, en sus post. La audiencia de sus webs se dispara. La polémica está servida. Pero nadie llama al otro señor Y, que protagoniza las declaraciones (falsas), para completar la información con su versión Y.

Días más tarde, hay una gran rueda de prensa donde está el señor Y. Entonces, los periodistas que publicaron esas declaraciones, realizadas para intoxicar, preguntan por las acusaciones del señor X al señor Y. El señor Y no contesta. Pero, cuando termina el corrillo de preguntas y las grabadoras están apagadas, el señor Y explica que no ha contestado porque no entiende que nadie llamara a su productora, a su cadena de televisión o a él mismo para completar las “noticias” que se realizaron con los bulos del señor X con la otra versión, la versión Y.

Y el señor Y se fue y hubo periodistas que se quedaron con cara de qué nos está contando el señor Y. Pero el señor Y estaba dando en la diana de la crisis del velocímetro con el que se escribe en los medios de comunicación en la actualidad. Las prisas de Interné relegan una de las funciones claves del periodismo: dar al espectador, oyente o lector los contextos necesarios para entender y digerir bien la noticia.

No tiene sentido propagar una declaración X si el artesano de la información no contextualiza, contrasta, documenta y explica para que el receptor tenga las herramientas con las que sacar sus propias conclusiones. Es un concepto muy básico, pero no son buenos tiempos en los que se mime a los profesionales que trabajan desde y con la perspectiva de querer contar una historia con el tiempo suficiente para masticar la historia. Y lo que es peor, a veces, parece que se nos está olvidando contar historias para pasar a ser sólo difusores de dimes y diretes de usar y tirar. Por suerte, sólo a veces.

‘Como la espuma’, cartel final de la película de Roberto Pérez Toledo

COMO LA ESPUMA CARTEL PELICULA

Este es el cartel final de Como la espuma, la nueva película de Roberto Pérez Toledo que llega a las salas el próximo 2 de junio. El cartel es obra del ilustrador y diseñador Efe Suárez, también autor del cartel-teaser previo y del diseño gráfico de continuidad (rótulos, cartelas y títulos de crédito) de este filme.

SINOPSIS ‘COMO LA ESPUMA’

Una vieja mansión. Un plan B condenado a desmadrarse. Una orgía improvisada… Y, de pronto, un montón de historias de amor, desamor, reencuentro y descubrimiento. Del amanecer al atardecer, una quincena de protagonistas vivirán una experiencia sexual y emocional que les cambiará la vida.

Puedes encontrar más información aquí y en el Facebook del director (facebook.com/mividarueda)

‘Las bicicletas son para el verano’, 35 años después

Tal día como hoy, 24 de abril, pero de hace 35 años, se estrenaba en Madrid Las bicicletas son para el verano, la brillante obra de Fernando Fernán Gómez. De hecho, fue tal éxito que se estiró su tiempo en cartel, llevando la función del Teatro Español al Centro Cultural de la Villa, donde triunfó durante tres largos meses.

Y, ahora, tres (también largas) décadas después, ha vuelto a este mismo teatro de cómodas butacas -escondido debajo de la Plaza de Colón- y que, en la actualidad, lleva el nombre del propio Fernán Gómez. La función ha regresado renovada, con dirección de César Oliva, pero manteniendo la esencia de esa España divida entre miedos, frustraciones e ingenuidades cocinadas sin demasiados víveres durante una cruenta Guerra Civil que no terminó en Paz, acabó en Victoria.

Un día antes de este 35 aniversario de su estreno en 1982, he acudido al Centro de la Villa, al Fernán Gómez, para ver, por primera vez, este texto tan emblemático. Había llegado el momento de descubrir Las Bicicletas son para el verano sobre las mismas tablas en las que brilló en plena resaca de la dictadura, cuando yo sólo acababa de nacer. Y la adaptación no defrauda.

Llum Barrera, Patxi Freytez, Esperanza Elipe, Alvaro Fontalba, Teresa Ases. Agustín Otón, María Beresaluze. Adrián Labrador, Ana Caso y Lola Escribano interpretan, con complicidad y sensibilidad, este viaje que es un emocionante acto de reivindicación de nuestra memoria histórica.

Interesante la apuesta de mantener a todos los personajes en escena en el fondo del escenario. Aunque no sea su turno. Ellos son los que montan y desmontan los diferentes sets de un texto con una fuerza que en 2017 ya no necesita grandes alardes de decorados o atrezzo. Ellos son los que dan forma con sentimiento, intensidad y cierta dosis de comedia a una obra que retrata la guerra sin mostrar la guerra: sólo con la resquebrajante potencia de la cotidianidad de una familia y sus vecinos en plena Guerra Civil.

Interesante redescubrir a Llum Barrera dando vida al dramático personaje principal de Doña Dolores con una energía cargada de realidad. Una todoterreno.

Interesante sentirse dentro de una irritante época que, a veces, parece que no existió. Pero existió. Y vamos que si existió. Un tiempo que Fernán Gómez inmortalizó a través del vigor del tangible e incluso identificable retrato costumbrista que traspasa generaciones aunque, ahora, las bicicletas ya no sean sólo para el verano.

‪Flipando con el trabajo actoral de #lasbicicletassonparaelverano Y brillante @_llumbarrera, actriz todoterreno‬.

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El Ecce Homo televisivo: el falso barco de Chanquete de Nerja

El puente de Semana Santa aparecí en Nerja de viaje improvisado. Y, claro, tuve que ir a ver el famoso barco de Chanquete. La réplica, vamos. Pero no imaginaba la decepción que me venía encima… Aquí abajo unas cuantas fotos que hablan por sí mismas, pero puedes ver el artículo explicando la “bajona” en Lainformacion.com (pinchando aquí).

ORIGINAL

el puente del barco lado contrario
ACTUAL
barco de chanquete en nerja falso

 

 

verano azul barcho la dorada real nerjaventana barco de chanquete

barco chanquete 1puerta falsa barco de chanquete

la dorada elice

El día que pisé el control de ‘Julia en la Onda’

Mi abuelo tenía un transistor. Un señor transistor de esos grandes, con unas rejillas plateadas y una antena telescópica, que se abría hasta el infinito. Él era de Radio Nacional de España y, probablemente, le fastidiaba que le zapeara en la onda modulada. Pero yo lo hacía, pues ya era de la generación que nació con un mando a distancia bajo el brazo.

Me gustaba jugar con la ruedilla de aquella radio para ir cazando programas, la mayoría engolados, algunos incluso con locutoras muy enfadadas, que me llamaban la atención por su indignación constante con el mundo y que hablaban desde púlpitos que parecían de una alcurnia marciana. Era magnético todo, sí, hasta que un día me paré en un dial en el que se miraba y escuchaba los grandes pero también pequeños detalles que construyen nuestra realidad. Allí me quedé. Aquel programa se llamaba La Radio de Julia y me enseñó que se podía conseguir un magazine interesante y, a la vez, inteligente en una época en la que mandaban otros contenidos mediáticos, más impostados y más atados a las vísceras ajenas. Me enganché a esa radio, que fluía de otra manera, sin necesidad de grandes intensidades musicales ni rimbombancias narrativas.

Ha pasado un tiempo, mucho tiempo, y hace unas semanas tuve la oportunidad de agazaparme en el control de la segunda vida de esa radio con el que tanto me identifiqué, me sigo identificando e hizo descubrir (y querer tanto) la radio a un abducido por la tele.

Y corroboré que Julia en la Onda, Jelo para los más fieles, es un formato que ejemplifica la esencia del porvenir hertziano, aprendiendo de su pasado pero con la intuición suficiente para tomar el pulso a los compases que vienen. Un programa que rompe con clichés y ha dado un impulso a las narrativas radiofónicas, con un lenguaje consciente de su tiempo (algo que es menos habitual de lo que parece en la radio española). Un magazine que escucha, se moja y consigue hacer al espectador partícipe sin medias tintas ni parafernalias.

He ahí el quid de la cuestión: la complicidad que desprende el equipo en emisión y que se mantiene intacta si te cuelas en el control. De hecho, yo llegué para un rato y me quedé todo el programa, ya que pocas veces he estado en un estudio de radio (y ya he pisado unos cuantos) en los que se respire tanta complicidad entre el periodista y el realizador de Jelo. Julia Otero y Joan Quintanilla son pura química. Entienden las necesidades del formato con una intuición abismal y no hay corte de audio (o guasap de oyente) que se les resista. Pero, sobre todo, lo más importante, Otero y Quintanilla en acción evidencian y contagian que están disfrutando de su trabajo. No es baladí, esa es la clave de todo. Y eso tampoco es tan habitual como parece. Y esa es la lección que me llevé.

Con esta visita casual a Onda Cero, cerraba una semana por trabajo en Barcelona que resultó llena de coincidencias mágicas. Y, al salir de la radio, como esa locutora impostada antigua que tanto repelé, me vi plantado en medio de Las Ramblas, con mi mochila a cuestas, cargada de inestabilidades, retos y miedos, pero con las mismas lágrimas de ilusión de aquel adolescente que descubría la radio y que no imaginaba que algún día trabajaría en ella.

La televisión y su reputación a análisis en la Carlos III

Este lunes, la Delegación de Estudiantes de la Universidad Carlos III me ha invitado a participar en una ponencia de sus terceras Jornadas sobre Periodismo.

El título de la charla: “La demonización de la información en televisión“. Está claro que estos futuros periodistas ya saben titular con la intensidad del momento que vivimos.

Y allí estuve, junto al veterano periodista Fermín Bocos y el profesor Iván Darias. Y allí hablamos de como la pequeña pantalla ha ganado reputación, tras años de superioridad moral de la prensa tradicional. Ejemplo de ello es el caso de los programas Salvados o El Objetivo (incorporando el periodismo de datos en un prime time de una cadena generalista privada). También programas como Tabú de Jon Sistiaga o Cuando ya no esté de Iñaki Gabilondo (ambos de Movistar+), que muestran hacia donde vuelven los programas informativos: la conexión en directo es importante, pero también lo es el programa-acontecimiento del género documental, elaborado con más tiempo para buscar enfoques y sumergirse en la historia.

Un nuevo escenario interactivo, en donde las diferencias entre radio, televisión y prensa tradicional se difuminan. Las ventanas y soportes tecnológicos cambian, pero no cambia lo más decisivo: contar una historia con mirada propia y honesta.

Ahí está el reto del periodismo, y de eso reflexionamos, sobre la importancia de la honestidad crítica como válvula para explicar lo que ha pasado, lo que pasa y lo que va a pasar sin caer en la trampa constante del maquillaje informativo. Porque trabajamos con informaciones interesadas que intentan reinventar la realidad constantemente. No es nada nuevo, siempre ha sucedido. O que se lo pregunten a Napoleón.

También ha existido tiempo para analizar la televisión pública, observar a sus homólogas europeas y explicar la situación de los operadores privados de televisión en España. Una industria audiovisual, muy concentrada, que necesita movilizarse y serán las nuevas generaciones, que estaban en este aula, las que vivirán la regeneración real de la televisión de primera mano. Porque la radio no mató la prensa, la televisión no mató a la radio, pero Internet y las redes han engullido todo el universo mediático.

Comunica2, digiriendo la revolución social

Se celebra en el Campus de Gandía desde hace 7 años y es pionero en el análisis de los nuevos escenarios audiovisuales y sociales a los que se enfrenta la comunicación, la industria audiovisual y los espectadores que, por cierto, ya se han convertido en usuarios.

Se trata de Comunica2, un congreso internacional que supone un punto de encuentro práctico e inspirador para entender el presente de la comunicación y sentar las bases de su futuro.

Y, en este 2017, acepté el reto de ser el “presentador” de estas jornadas. No dudé en decir que sí, pues estar en el escenario de este congreso es una inspiradora oportunidad para aprender de aquellos que están cambiando el sector en el día a día desde diferentes ópticas y sectores. Toda una ocasión para aprender de forma práctica y no sólo desde la teoría.

Ya el año anterior, en este mismo Comunica2, moderé la mesa redonda sobre la televisión transmeda. Y, por primera vez, escuché a profesionales que entendían, de verdad, el significado de transmedia y no se dedicaban a vender humor.

Eso tiene Comunica2: unas didácticas jornadas para limpiar el humo del torbellino de información sin masticar en el que estamos inmersos y reflexionar sobre las apasionantes posibilidades que se nos abren en la revolución social que estamos viviendo a través de la tecnología.

Por cierto, como presentador -sin ser yo nada de eso-, me hicieron esta foto rollo Jorge Javier Vázquez. Cogí el corazón de Instagram para el posado. No obstante, el congreso me coincidió con tiempos de desamor. Y tal.

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