Fotolog

He superado la experiencia de volver a Fotolog (por ahora)

Haciéndome el chico malo. Así, con esta foto, he vuelto a salir en mi Fotolog. Si Pedro Sánchez no se veía de Presidente del Gobierno hace dos semanas, yo ni imaginaba que reabriría mi Fotolog hace cuatro días. Desde 2010 no actualizaba la que fue la primera gran red social de fotografías. Una plataforma pionera que, sin embargo, no supo adaptarse a los nuevos tiempos y a las nuevas Apps móviles. Sí, porque en Fotolog había que esperar a llegar a casa para subir la foto desde tu ordenador. Aún los smarthphones eran una cosa de futuro.

En tu habitación, abrías el PC, subías tu foto diaria, comentabas otras imágenes de tus contactos y, de paso, hacías amigos. Sin ansiedad por sumar ‘likes’ o ‘me gustas’ porque aquel Fotolog no tenía ni ‘likes’ ni ‘me gustas’.

En Fotolog no importaba tanto sumar corazones rojos como compartir vivencias con una comunidad que no paraba de crecer. En Fotolog nacieron amistades y vínculos. Los primeros influencers se curtieron en Fotolog, donde simplemente bastaba una foto por día, que se iba colocando en un perfil visibilizado como un calendario de recuerdos. Sólo los usuarios Gold, aquellos que pagaban una cuota, podían colgar más de una foto al día. El resto nos teníamos que conformar con seleccionar una instantánea favorita y esperar 24 horas sin postear.

Ahora Fotolog ha resucitado cuando todos lo daban por muerto. Esta red ha retornado manteniendo su tradicional dinámica de una única publicación a diario. Así se diferencia de aquellas Apps que consiguieron que no echáramos de menos al propio Fotolog. Instagram, vamos.

Aunque, en este regreso, Fotolog sí que ha incorporado un botón ‘corazón’ para que los usuarios den a cada imagen el ‘me gusta’ de rigor. Quizá se tenía que haber evitado la implantación del ‘like’ como aliciente distintivo y, de esta forma, recuperar a un público que, sin saberlo, añora la experiencia de colgar imágenes sin necesidad de ansiedades por la aceptación de ‘me gustas’.

Esa ingenua experiencia de entrar a compartir, conocer, comentar y descubrir sin delirios por sumar número de ‘likes’ es lo que he sentido al introducirme de nuevo en mi perfil de Fotolog. Y he vuelto a publicar. Y me he reencontrado con viejos contactos. Y he sentido una bofetada de recuerdos al ver mis paseos, mis encuadres y mi vida más de diez años atrás. Y, entonces, he pensado que, en lo esencial, no he cambiado tanto. Fotolog tampoco. De hecho, no parece ni siquiera que tenga implantado un minucioso algoritmo de esos que esconde las fotos si no tienen la suficiente relevancia, como sucede en el actual Instagram. Todo fluye con la artesanía del encuentro casual.

Decidido, voy a dar una nueva oportunidad a Fotolog. Cada día, como dicen sus mandamientos, subiré una foto. No sé lo que aguantaré. Y tampoco sé lo que aguantará el propio Fotolog. Menos aún, sin filtros y sin posibilidad de saciar las ansias de publicar mucha cosa al día desde el móvil, que es lo que demandan los activos usuarios de las redes sociales que suelen castigar las restricciones.

Pero probemos. Soy mucho de segundas oportunidades. Y, un poquito, sólo un poquito, echaba de menos eso de leer aquello de ‘me sigues y te sigo’ o ‘linda pic’. Hay cosas que no cambian. ¿Me sigues y te sigo? -> fotolog.com/BorjaTerán

Odio la pirámide invertida del periodismo

Marzo de 2017. Acudo a Barcelona con motivo de varias Masterclass y aprovecho para entrevistar a Tinet Rubira en la sede de su productora, Gestmusic. Javi Gómez, que por entonces era director del dominical de El Mundo, PAPEL, me había encargado un artículo sobre el nuevo boom de los programas musicales en prime time, los denominados talents shows.

Y allí fui. Subí Grand de Gracia rumbo a las faldas de Park Güell, donde se encuentran los caserones que cobijan Gestmusic. Unas casas amarillas que están unidas por escaleras imposibles. Yo, que odio el Metro, fui caminando, claro. Hacía Sol. Un caluroso Sol. “Voy a llegar chorreando de sudor a Gestmusic. Bien”, pensé.

La entrevista fue muy interesante. Tinet sabe explicar con destreza y naturalidad la televisión. No sólo es uno de los responsables más prolíficos de nuestra historia televisiva reciente, también es un buen divulgador de su trabajo.

Conversamos sobre motivos del éxito y fracaso de la música en televisión, de tendencias televisivas, cambios de consumos y, al final, pregunté a Tinet sobre una posible resurrección de Operación Triunfo cuando aún no se conocía su retorno. Tinet respondió sin titubear y no se equivocó en su meridiana afirmación. Aunque él es tan claro que, también, fue realista.

Semanas más tarde, ya en Madrid, al terminar de escribir el reportaje, pensé en cerrar el artículo con la declaración de Rubira sobre una posible vuelta de OT. Sin más. Pero, justo antes de enviar el texto, me pareció un cierre agridulce para un formato que tenía aún mucho ADN por re-exprimir. Así que añadí un chimpún, de esos que me gustan para que el lector siempre llegue al final. Porque yo nunca creí en la pirámide invertida. Esa pirámide que explican las facultades de periodismo y que considera que el contenido de los textos debe avanzar hacia lo residual. Cuando en cualquier historia interesante tan importe es el comienzo como, también, saber crecer hasta el cierre final. O, al menos, intentarlo.

Ahora, 13 meses después, me percato que esa frase que añadí no sólo definió el momento en el que yo mismo estaba anímicamente al escribir este análisis para El Mundo, también evidencia una de las esencias históricas del éxito de la mejor televisión.

Nadie Sabe Nada: la pringosa comedia

A veces, sufro de una extraña nostalgia. Nostalgia por momentos que no he vivido. Momentos que, igual, tal vez, ni siquiera ocurrieron. Nostalgia con otras épocas, pero también nostalgia con asignaturas pendientes con personas importantes de mi propia vida o hasta nostalgia con otra televisión, otra radio u otras forma de crear que no viví pero que, paradójicamente, me hicieron querer tanto la televisión, la radio y las formas de crear -así, en general-.

Los ocurrentes guiones de Galas del Sábado, que llegaban a esconder en un mismo plano y detrás de unos cómics a Laura Valenzuela, Joaquín Prat, Marisol, Massiel como si se trataran de espías. El montar y desmontar los decorados de la casa de Curro Jiménez en un plató pegado a la Plaza Mayor, hoy cerrado. La radio en teatro, en directo, con la contagiosa tos del público y con el tachán de la orquesta… No lo he vivido. Pero lo he sentido, pues lo imaginado.

El otro día acudí a la grabación de Nadie Sabe Nada, el programa ‘a priori de humor’ de Andreu Buenafuente y Berto Romero en la Cadena Ser -que se puede escuchar en radio, en podcast y, también, ver en Youtube-. Llegué al Teatro Lara, tarde, me senté en una butaca, en la última fila. Y observé. Entonces, me vi en aquella radio en directo que no viví, pero imaginé. Es real, pensé. Y existe en 2018.

Ya puedo tachar de mi interminable lista de cosas que no he vivido, pero he soñado, la de asistir a un show de radio que se hace sin red en un teatro -o en un estudio grande-, donde el gran valor, por cierto, es el público que acude a la grabación. Y eso yo no lo había imaginado: en Nadie Sabe Nada, los asistentes son tremendamente fieles al show. Interactúan con devoción. Son compinches. Son aliados. Son maquiavélicos, en ocasiones. No van de postureo, van a jugar con dos cómicos que admiran. Esa consolidada fidelidad del respetable define la buena salud de la comedia de Buenafuente y Romero. Una comedia elegantemente pringosa. Que moja, que identifica, que ironiza, que retrata.

Pues eso, pringémonos. Y que salpique. Pero que salpique de verdad. Lo necesitamos, más aún los nostálgicos de historias que, quizá, ni existieron.

En el #nadiesabenada de hoy alguien está de espía…

Una publicación compartida de Borja Terán (@borjateran) el

 

En la Rey Juan Carlos

Estos últimos días he sido invitado a un maratón de radio organizado por los alumnos de la Universidad Rey Juan Carlos. El motivo: una mesa (casi) redonda para analizar la televisión junto a Carmen Caffarel y José Miguel Contreras. Un honor, pues admiro a estos dos profesionales de larga trayectoria.

Con Caffarel -que dirigió la etapa de la renovación de RTVE, del salto del viejo ‘ente’ a la corporación pública- y con Contreras -que ha hecho de todo en el medio, incluso ser uno de los impulsores de La Sexta- intercambiamos ideas sobre el modelo de televisión pública, las dificultades que afronta el sector, la situación de las privadas y, por supuesto, reflexionamos sobre la evolución y porvenir de esos medios en los que tendrán que trabajar los alumnos de la Facultad de Comunicación de la Rey Juan Carlos.

Pero, mientras radiografiábamos la tele ante la atenta mirada de los estudiantes -y de mi madre y mi abuela que estaban viéndolo en Youtube-, personalmente, también me percaté de la oportunidad que estoy teniendo en estos años de aprender junto a los mejores profesionales de los medios. Porque, quizá, de lo mejor que está teniendo mi desarrollo profesional, ya sea en los artículos diarios en Lainformacion.com, en mis participaciones semanales en radio o en las clases, talleres o conferencias que imparto en la Universidad, es que sigo aprendiendo. Todo el rato. De los compañeros, de los alumnos, de los lectores, de los oyentes, de los espectadores y de los grandes profesionales que han creado la televisión en España.  Como Caffarel, como Contreras, como tantos que me están haciendo mejor profesional gracias a su experiencia y me están enseñando (casi) todo lo que, desde niño, quería entender. Porque enseñar es incompatible con dejar de aprender.

La catarsis televisiva (y periodística) vista en el ‘Santander Social Weekend’

Las redes sociales han revolucionado la forma de comunicarnos. Ya no sólo tenemos una vida real, también habitamos una vida virtual que, a veces, puede ser muy ficcionada. La verdad, la medio verdad y directamente la mentira se abren camino con una nueva velocidad, la velocidad de lo “viral”. También en lo que se refiere a la información. Las fakes news y bulos se expanden a golpe de retuiteo. El frenesí con el que utilizamos las redes lo permite, pues interactúamos de una manera tan instantánea que no siempre nos paramos a contrastar o reflexionar aquello que difundimos por el poder de la indignación o por el fulgor de la pasión. Y aquí es donde cobra, una vez más, sentido la labor del periodista para digerir todo ese caudal informativo y dar perspectiva a los titulares de usar y tirar. Y aquí, en España, han emprendido Julio Montes y Clara Jiménez Cruz, fundadores de Maldita Hemeroteca. Este sábado, coincidí con ellos en el Santander Social Weekend, un evento que va de eso, de redes sociales, marketing y comunicación. Ellos acudían para debatir en la mesa “Fake News y la importancia del periodismo“, en la que también participaba Ana Belén Leiño, Ana Serrano y como moderadora Pilar González.

Me inspiró la agudeza y forma de entender el periodismo de los creadores de Maldita.es. Un periodismo que, aunque no lo parezca, el clickbait está poniendo las pilas. Al final, volver a la esencia del periodismo de la credibilidad será el gran motor que hará sostenible los medios, pues el lector, oyente, espectador y, ahora, usuario buscará periodistas que cuenten historias de calidad, con mirada propia, perspectiva, combativas y valor añadido.

Estaba por allí porque un rato antes del debate sobre fake news me tocó a mí impartir una ponencia sobre televisión. “¿Internet mató la TV? Los nuevos consumos y la catarsis televisiva” se tituló esta charla en la que jugamos a través de fotos, y algún que otro vídeo, a desgranar fortalezas y debilidades de la televisión de hoy, aprendiendo de la esencia de la televisión de siempre y atendiendo a las demandas de la sociedad real.

algunas diapositivas de la presentación (en miniatura)

Una experiencia interesante. Y, esta vez, una ponencia especial porque, en cierta medida, también ha supuesto un reencuentro profesional con la ciudad en la que nací en un evento organizado por el primer periódico que leí, El diario Montañés.

 

Todos los artículos sobre las causas y los efectos de ‘OT 2017’

OT 2017 ha sido más que un programa televisivo. Ha sido un fenómeno, a medio camino entre la televisión tradicional y la televisión viral, que define el camino que ha tornado la televisión. Un camino que me ha tocado analizar en Lainformacion.com y que retrata los cambios de consumos, pero también los daños colaterales de una televisión que se estaba olvidando de sus esencias a la hora de hacer televisión. Porque cambiarán las ventanas de emisión, pero hay superpoderes que nunca variarán para conquistar la complicidad del espectador en la industria del entretenimiento.

 

Análisis realizados por Borja Terán para lainformacion.com

De la regeneración de ‘OT’ a la TV de Chicho Ibáñez Serrador: las últimas clases que he impartido en el Máster de Contenidos de Televisión de Gestmusic

De nuevo, Barcelona. Por cuarto año consecutivo, estoy impartiendo clases en el Master de Contenidos de televisión de Gestmusic Endemol. Esta semana, hemos tenido varias sesiones. En las dos primeras, hemos examinado lo menos evidente que se esconde detrás del fenómeno de Operación Triunfo 2017. Los lenguajes televisivos, su interrelación con las redes sociales -la tele crece en las redes-, la importancia de hacer partícipe al espectador en los contenidos diarios y los elementos para conseguir un buen casting, que se estaban postergando en la TV actual.

Además, también hemos diseccionado aciertos y errores de las galas: poniendo el foco en asignaturas pendientes de la TV en España: por qué surgen esos problemas y cómo solucionarlos de una manera sencilla. También hemos desmontado ejemplos de otros talent shows, haciendo hincapié en elementos para atraer la atención de un espectador resabiado de tele con creatividad sostenible y rompiendo prejuicios instaurados en la televisión española actual.

Y, en eso de romper prejuicios, también se ha centrado la otra sesión de dos horas que he impartido esta semana con la obra en entretenimiento de Chicho Ibáñez Serrador como protagonista. Hemos deconstruido sutiles trucos del pionero maestro de la TV que, bien conjugados, son cruciales -también hoy- para conseguir un producto competitivo. En cambio, gran parte de ellos, se están olvidando por la velocidad de producción de contenidos en la que estamos inmersos, que no siempre permite la perspectiva suficiente para hacer de la necesidad virtud y diferenciarse con personalidad del resto de los formatos en emisión.

Las próximas clases seguirán esta línea. En ellas desarrollaré técnicas para aprovechar (todas) las redes sociales como plataforma de la televisión tradicional, de la publicidad (que está también mutando), de la esencia del periodismo e incluso como instrumento para la propia imagen personal. También tocará ahondar en la reinvención de los géneros televisivos, cómo serán y cómo adaptar los contenidos televisivos en el nuevo doble escenario de la televisión lineal y la televisión bajo demanda, que viene con trucos y trampas para que el público se sienta partícipe en lo que “representa” la compañía emisora y no sólo un mero espectador. De hecho, haremos un taller para crear el canal de televisión perfecto: donde tan importante son los contenidos como su estructura, su línea visual y el tono que marca su marca, lo que no es ninguna redundancia… en televisión.

France Gall: sus imprescindibles actuaciones en televisión (para mí)

Ha muerto France Gall. Su imagen de niña ingenua alcanzó la cima de Eurovisión con ‘Poupee De Cire, Poupee De Son‘ en 1965. A Disney le conquistó tanto su fuerza en pantalla que intento ficharla como actriz. La propuesta fracasó, pues la francesa prefirió seguir libre -muy libre- y continuar trabajando con los atrevimientos de Serge Gainsbourg, que puso a la cándida cantante a comer caramelos aunque, en verdad, quería decir otra cosa con aquella golosina -tan fálica- en ‘Les sucettes’ (1966).

Serge era maestro en escribir letras con doble sentido sexual. Su provocación junto con la imagen de una jovencísima France Gall, de 18 años, conseguía un escenario no visto hasta la fecha. Que Francia no entendió. Ni France tampoco, que siguió su carrera con la fuerza de no necesitar mucho más que su textura vocal y su mirada para dejar patidifusa a la cámara. France Gall siempre ejemplificará la fuerza del carisma de la interpretación sutil, que emociona, frente a la olvidadiza parafernalia de la previsibilidad de lo obvio.

La déclaration (1974)

Les sucettes (1967)

Laisse tomber les filles (1964)

Si, maman si (1977)

Baby Pop (1965)

Il jouait du piano debout (1980)

Ella, Elle L’a (1988)

En TVE, en 1976, interpretando

Por qué ‘Friends’ nunca volverá

La resurrección de Friends está en el punto de mira. Desde su final, hace más de una década, las especulaciones sobre un posible regreso de la serie han sido constantes. Más aún, en una época en la que existe cierta obsesión por recuperar viejos títulos, como Padres Forzosos o Expediente X.

La nostalgia vende. Entonces, ¿por qué no revivir la telecomedia más icónica (y rentable) de todos los tiempos? Sería un filón de audiencias y un negocio de marketing. Pero sus creadores, Marta Kauffman y David Crane, no parecen convencidos. Ni siquiera se contempla la idea de rodar una película-acontecimiento, como ya se hizo con Sexo en Nueva York.

Todos lo saben. Pocos se atreven a decirlo: recuperar Friends es un riesgo. Y sus responsables lo evitan. No sólo porque los retoques en el rostro de Courteney Cox ya impiden interpretar la carismática expresividad de Monica Geller. Tampoco ayuda la indirecta de Jennifer Aniston que ya ironizó con que, como esperen mucho, será una versión en una residencia de ancianos. No es plan, se parecería más a un remake de Las Chicas de Oro.

El motivo principal por el que no puede regresar Friends es que ni un regreso de Friends podría estar a la altura de Friends. Es tan complicado hacerlo bien, que da mucho miedo la posibilidad de que el resultado sea un atentado contra nuestra nostalgia y una mancha sobre nuestro idealizado recuerdo (salvando las distancias, ¿os acordáis de aquel infame retorno de Farmacia de guardia a Antena 3?). Porque Friends no sólo fue una serie sobre una pandilla de amigos. Fue una ficción que dio en la diana en el retrato de una generación irrepetible en un tiempo imposible de reproducir.

Viendo sus capítulos, una y otra vez, no se agotan esas carcajadas cómplices que desprende el magistral puzle de tramas de la vida del sarcástico Chandler, el ingenuo Joey, la histericamente maniática Monica, el empollón Ross, la tonta pero muy lista Rachel y la surrealista Phoebe. Nunca en 22 minutos de televisión pasaron tantas cosas. Porque, aunque no lo parezca, cada capítulo duraba sólo 22 minutos.

Es la telecomedia pura e inteligente. Por eso no se desgasta en su infinita reposición, que fomenta el llamado efecto karaoke: el espectador también disfruta recordando los diálogos y los giros dramáticos. Volviéndolos a ver y rever. Porque otra de las grandes claves de Friends es que supo construir sus tramas con risas pero también con mucha emoción, algo que nos hacía congeniar con los personajes hasta sentirlos nuestros.

Y, en ese viaje, de sentimientos que traspasan la pantalla, sería mentalmente muy duro sentir el sofoco de reencontrarnos, once años después, con las vidas trastocadas de Rachel Green, Ross Geller, Chandler Bing, Joey Tribbiani, Monica Geller y Phoebe Buffay.

Porque el final de Friends dejó claro lo que quería cuando mostró como marchaban los protagonistas de espaldas por el descansillo de la escalera del bloque de apartamentos; quería que el espectador se sintiera reconfortado e imaginara a su capricho el futuro de unos personajes tan marcadamente mágicos.

Un final que fue un homenaje a una generación con problemas, frustraciones e ilusiones universales y también a una ciudad, Nueva York, que fue la otra gran protagonista de Friends. Y así lo demuestran los créditos de su último capítulo.

Artículo que publiqué en la Revista Ego en octubre de 2015

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