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Por qué ‘Friends’ nunca volverá

La resurrección de Friends está en el punto de mira. Desde su final, hace más de una década, las especulaciones sobre un posible regreso de la serie han sido constantes. Más aún, en una época en la que existe cierta obsesión por recuperar viejos títulos, como Padres Forzosos o Expediente X.

La nostalgia vende. Entonces, ¿por qué no revivir la telecomedia más icónica (y rentable) de todos los tiempos? Sería un filón de audiencias y un negocio de marketing. Pero sus creadores, Marta Kauffman y David Crane, no parecen convencidos. Ni siquiera se contempla la idea de rodar una película-acontecimiento, como ya se hizo con Sexo en Nueva York.

Todos lo saben. Pocos se atreven a decirlo: recuperar Friends es un riesgo. Y sus responsables lo evitan. No sólo porque los retoques en el rostro de Courteney Cox ya impiden interpretar la carismática expresividad de Monica Geller. Tampoco ayuda la indirecta de Jennifer Aniston que ya ironizó con que, como esperen mucho, será una versión en una residencia de ancianos. No es plan, se parecería más a un remake de Las Chicas de Oro.

El motivo principal por el que no puede regresar Friends es que ni un regreso de Friends podría estar a la altura de Friends. Es tan complicado hacerlo bien, que da mucho miedo la posibilidad de que el resultado sea un atentado contra nuestra nostalgia y una mancha sobre nuestro idealizado recuerdo (salvando las distancias, ¿os acordáis de aquel infame retorno de Farmacia de guardia a Antena 3?). Porque Friends no sólo fue una serie sobre una pandilla de amigos. Fue una ficción que dio en la diana en el retrato de una generación irrepetible en un tiempo imposible de reproducir.

Viendo sus capítulos, una y otra vez, no se agotan esas carcajadas cómplices que desprende el magistral puzle de tramas de la vida del sarcástico Chandler, el ingenuo Joey, la histericamente maniática Monica, el empollón Ross, la tonta pero muy lista Rachel y la surrealista Phoebe. Nunca en 22 minutos de televisión pasaron tantas cosas. Porque, aunque no lo parezca, cada capítulo duraba sólo 22 minutos.

Es la telecomedia pura e inteligente. Por eso no se desgasta en su infinita reposición, que fomenta el llamado efecto karaoke: el espectador también disfruta recordando los diálogos y los giros dramáticos. Volviéndolos a ver y rever. Porque otra de las grandes claves de Friends es que supo construir sus tramas con risas pero también con mucha emoción, algo que nos hacía congeniar con los personajes hasta sentirlos nuestros.

Y, en ese viaje, de sentimientos que traspasan la pantalla, sería mentalmente muy duro sentir el sofoco de reencontrarnos, once años después, con las vidas trastocadas de Rachel Green, Ross Geller, Chandler Bing, Joey Tribbiani, Monica Geller y Phoebe Buffay.

Porque el final de Friends dejó claro lo que quería cuando mostró como marchaban los protagonistas de espaldas por el descansillo de la escalera del bloque de apartamentos; quería que el espectador se sintiera reconfortado e imaginara a su capricho el futuro de unos personajes tan marcadamente mágicos.

Un final que fue un homenaje a una generación con problemas, frustraciones e ilusiones universales y también a una ciudad, Nueva York, que fue la otra gran protagonista de Friends. Y así lo demuestran los créditos de su último capítulo.

Artículo que publiqué en la Revista Ego en octubre de 2015

Nos lo tenemos que hacer mirar: sobre Paula Vázquez y la libertad de opinión

Paula Vázquez brilla tanto en tele y fuera de la tele porque no es parte del decorado: es Paula Vázquez con todas sus consecuencias“. No me he podido reprimir, y este sábado he lanzado este tuit al aire.

¿Por qué lo he hecho? En un tiempo en el que todo el mundo opina de todo en las redes sociales, es curioso como criticamos a profesionales de la televisión por atreverse a ser ellos mismos a través de esas mismas redes sociales.

Sólo hablan como uno más. Con sus filias, con sus fobias, con sus pasiones, con sus pataletas, con sus expectativas, con sus decepciones, con sus ilusiones.

Pero no todo el mundo puede hablar como uno más. Estamos en la era de lo políticamente correcto. Una era que sufren especialmente los comunicadores de la televisión, donde da la sensación de que cada vez más hay menos profesionales del medio con ganas de mojarse en temas cotidianos: por temor a caer mal a alguien, por temor a que no te contrate tal canal o tal productora, por temor a ganar imagen de conflictivo, por temor represalias (que existen), por temor, al final, a ser uno mismo.

Curiosa paradoja porque, al final, los mejores comunicadores, esos inolvidables que nos han hecho felices y han traspasado las barreras de la pantalla, ya fuera grande, mediana o ahora más pequeña, son aquellos que contaban con el valor de la carismática espontaneidad que se salía de lo corriente por su carácter, por su mirada propia, por su autenticidad. Eso es la buena televisión, la que sale de los cánones y la que no tiene muchos pelos en la lengua.

Nos lo tendremos que mirar, pues. Podemos estar de acuerdo o no con las reflexiones de Paula Vázquez, yo no siempre lo estoy, claro, como tampoco pretendo que todo el mundo esté de acuerdo con mis artículos. En eso consiste el juego: en aprender con respeto los unos de los otros, incluso con posibilidad de mojarnos y hasta equivocarnos. Que nadie quite esa posibilidad a nadie, tampoco a los presentadores de televisión. De hecho, aquellos que son idílicos bustos parlantes, que parecen la parte más previsible e impoluta del decorado, son los que hacen más aburrida y olvidable la televisión.

>>> Y ya que estamos, os dejo la entrevista que hicismos a Paula Vázquez en nuestro programilla de radio ‘Historias de la tele’. Fue hace unas semanas con la excusa del reality El Puente, donde aprovechamos para hablar de su trayectoria. Y sí, de nuevo, se mojó.

Mad In Spain: dime cómo entras en un plató de TV y te diré si la audiencia se va

Telecinco ha estrenado un programa de debate, Mad in Spain se llama. Vale, correcto. Un debate entre dos ‘Españas’ para solucionar la franja dominical, en vivo y en directo, que deja libre Supervivientes.  Muy bien. Pero el programa no ha terminado de tirar en cuota de pantalla, a pesar de ser interminable. En su primera emisión, la tertulia ha salido rana con unos agitadores que estaban cual pulpo en garaje afrontando temas vacíos, sin chicha y sin personajes VIP con experiencia personal de lo que se hablaba. Claro que eso necesita un presupuesto extra.

Pero el problema del programa lo resume la forma en la que entraron los contertulios al estudio. Oye, un poco de alegría, de energía, de personalidad propia. La mayoría entraban con cara de qué es esto.

Y, claro, en vez de contagiar la percepción de que ahí comenzaba un apasionante debate, en realidad, la aparición estelar de los “agitadores” transmitió que aquello iba a ser un muermo hacia ninguna parte.

CLASE PRÁCTICA DE CÓMO ENTRAR EN UN SHOW DE PRIME TIME

ASÍ SÍ. Jordi González asomó con cierta ironía por la puerta, en plan “ya hemos comenzado”.

JORDI GONZALEZ ENTRA MAD IN SPAIN

ASÍ NO. Salvador Sostres entró como si tuviera hora para hacer la declaración de la renta.

SALVADOR SOSTRE

ASÍ SÍ. Nuria Marín apareció con una energía vitaminada. Paso firme, brazos arriba, euforia iniciática, va.

NURIA MARIN MAD IN SPAIN

ASÍ NO. Lucía Etxebarría salió con media sonrisa de qué hago yo aquí, si lo mío son los documentales de La 2 o, en su defecto, Acorralados.

LUCIA

En general, lo que tenía que haber sido un desfile efervescente fue una aparición de tertulianos desubicados. Entrada lenta, arritmica, con un público que ni vitoreaba más que reproducir un aplauso cual autómatas, lo que no invitaba a quedarse en el canal.

Deconstruyendo el paso de Grace Jones por TVE

Salvados me recordó esta actuación y, desde entonces, no puedo dejar de mirarla. En bucle. Todo el rato. Es Grace Jones en Esta noche de TVE. Ahí, en el Estudio 1 de Prado del Rey, Jones está interpretando su brutal Pull up to the bumper.

El programa de Jordi Évole rescató el instante en el que Jones se acerca a la mesa y se contonea, aprovechando este poderoso momento como punto de partida de la contextualización de la figura del controvertido excomisario Villarejo, que pisó en 1981 la tele pública para, después, escaparse por las cloacas del Estado.

Pero, allí, en aquel plató, sobre todo estaba Grace Jones. Ver hoy esta actuación, como tantas otras de la cantante, define el significado del arte en escena. Ya lo dijo la presentadora de Esta Noche, Carmen Maura: “una mujer que canta como un ángel y baila como un diablo”.

Y el programa muestra al ángel y diablo muy bien. Primero, Jones aparece abrazando una columna, casi como si fuera una barra de pole dance. No sólo achucha el cilindro de cartón-pierda, pues ella sabe la importancia de mirar a cámara. De hecho, está comunicándose con el espectador con una sonrisa tan traviesa como cómplice. Vamos que parece que se está riendo de todo. Y el realizador tiene bien planificado el juego de cámaras para que el espectador no se pierda.

Jones des-abraza la columna, gira y un plano general sigue a la artista hacia un lugar impredecible. Jones está disfrutando tanto del rimo de su tema que olvida que va a arrancar la letra de playback y aún tiene el micrófono situado a dos metros de distancia. Da igual. Es playback. Así que empieza a cantar sin micro. Pasa desapercibido, ya que su apabullante carisma puede con todo. Hasta en la tarea de coger el micrófono de su pie cuando ya lleva un rato cantando sin utilizarlo.

Jones va y viene, no sé sabe muy bien hacia dónde. De repente, decide acercase a la mesa central del programa para seducir a los convidados. Porque Esta noche, a pesar de ser un programa grabado, sabía dejar presentes a sus convidados. Un detalle clave para dar más brío al show. Y, claro, Jones fue directa a por esos invitados: el mítico Simón Cabido, travestido en su atinado personaje de Doña Croqueta, lo sufrió. También el Señor (ex)Comisario. Y la propia mesa, porque Jones se subió a la mesa de metacrilato como si tal cosa. E hizo unas cuantas sentadillas. Mucho antes de que Madonna hiciera sentadillas. Y la mesa casi cruje. Y Marisa Naranjo, también presente, quitó el bolso que tenía sobre la mesa, no vaya a ser que la Jones se lo quitara. Y Carmen Maura disfrutándolo con una sonrisa de fascinación que era pilar del éxito de ese programa, un programa que era un guion cerrado en lo que todo estaba finamente hilado con un hipnótico léxico. Era la televisión bien armada y, por eso mismo, perfecta para soportar el torbellido imparable de Jones. Pura televisión.

Sobre lo que me pasa viendo ‘Late Motiv’

Tengo un problema de deformación profesional adquirida: cuando veo la televisión se me ocurren análisis. Todo el rato. Da igual el programa, serie, pausa publicitaria o fundido a negro: las razones del éxito, lo mejor y lo peor, el valor añadido de no sé cuál, lo que debes aprender de.., el error de programación de tal… Así todo el día. Incluso, a veces, me pongo a hacer tele con el móvil. Incluso, a veces, bajo la escalera sintiéndome Raffaella Carrá. Porque yo soy mucho de Raffaella Carrá. De la Raffaella de la tele. No tanto de la Raffaella de la música, claro.

Así que tanto trabajar -con, contra, de y sobre la tele-, lo flipo yo conmigo mismo si me pillo disfrutando con lo que pasa dentro de la tele. Y eso me está sucediendo con esta temporada de Late Motiv de Buenafuente en #0. Uno de esos luminosos programas que, de repente, te hacen volver a sentir la tele con esa genuina e ingenua ilusión que creías perdida. Y, de repente, te acuerdas del motivo por el que te gusta tanto la tele.

Mierda, ya he hecho otro artículo.

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