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12 deseos para hacer mejor la televisión

1. Que se produzcan series que nos representen, que reflejen la sociedad de hoy. Las épocas pasadas y los mundos imaginarios están muy bien, pero ¿no sería interesantísimo retratar nuestro tiempo? Los ochenta fueron una edad de oro para la ficción española con producciones que hicieron un brillante retrato de la década. Ahora parece que nadie o pocos se atreven a afrontar y radiografiar el presente, a hablar de nuestro país y nuestra sociedad de hoy. Será por premisas a nuestro alrededor…

2. Que se apueste por formatos 100 por 100 españoles. Las cadenas españolas suelen esperar a comprar formatos de éxito testado internacionalmente, cerrando las puertas a ideas patrias. No son buenos tiempos para probar nuevas fórmulas, y eso que la historia de nuestra televisión evidencia que los grandes fenómenos son hechos a medida de nuestra audiencia. El Un, dos, tres u Operación Triunfo son claros ejemplos. O Tu cara me suena, en la imagen de arriba.

3. Que nos podamos acostar más pronto. El estirado prime time español es muy rentable, pero, al mismo tiempo, es contraproducente para los programas que tiene que rellenarse con contenidos menos relevantes para llegar hasta casi la madrugada, lo que propicia un desgaste más rápido de determinados formatos.

4. Que se encienda el late night. Para aquellos que no se quieran ir a dormir, el late night supone una oportunidad de abrir hueco a programas más atrevidos, más golfos, que despierten en el espectador esa sensación de que aún queda un aliciente entretenido para despedir el día. Desde hace años, nuestras cadenas han renunciado a lo específico de esta franja horaria repleta de posibilidades. Además, desde la televisión pública, este tipo de show noctámbulo puede ser una ventana a la cultura a través del entretenimiento.

5. Que nos sintamos orgullosos de la televisión pública. TVE debe dejar de reproducir el modelo que usaba cuando tenía publicidad para así convertirse en una alternativa de contenidos que movilice el sector audiovisual. Debe ser más innovadora y plural, lanzándose a la libertad creativa sin demasiadas cortapisas.

6. Que la música suene más allá del playback con pie de micro. Los programas musicales volverán a funcionar si se realizan como un acontecimiento en el que los artistas brillan con ayuda de la realización y puesta en escena, con actuaciones que narren una historia. La actuación de promoción al uso ha matado los espacios musicales en tiempos a los que se puede acceder a estos contenidos con sólo un clic en la red. Pero la tele puede volver a hacer interesante este género e impulsar la carrera de artistas que pasan desapercibidos para las audiencias mayoritarias.

7. Que los niños tengan programas hechos para niños y que no sólo aprendan de series de animación importadas. Pueden aprender más y mejor con contenidos que nazcan y vivan en la idiosincrasia que nos envuelve.

8. Que regrese la entrevista sin prisa. El poder de la conversación está infravalorado en televisión, la fuerza del primer plano, el tiempo para contestar pausadamente, sin recurrir a experimentos, bailes o músicas de asombro de por medio. El valor de la palabra, en definitiva, porque en nuestra cultura hay muchas personas con apasionantes e increíbles historias que contar en televisión. Y si se hace bien, la audiencia se quedará pegada frente al aparato.

9. Que se apueste por rostros nuevos. La televisión se hace sólo con cabezas de cartel que, supuestamente, facilitan el camino para el éxito. También es importante que el público descubra nuevos talentos, nuevos presentadores, nuevos colaboradores. Con talento, carisma, autenticidad y transgresión. No necesariamente políticamente correctos, que de insulsa corrección ya está nuestra tele llena. Hace falta, en resumen, un mayor y más constante recambio generacional, pues siempre parece que una minoría de nombres lo presentan todo.

10. Que los nuevos canales de TDT y nuevos operadores (Netflix, HBO…) empujen la diversidad de la industria audiovisual. Que no se queden en producciones clónicas a las habituales e internacionales y arriesguen para, de paso, poner las pilas a los dos grandes grupos (Mediaset y Atresmedia) e impedir que se acomoden. Busquemos lo local, lo que solo se podría producir y contar en España, lo intrínseco a nuestra forma de ser…

11. Que la tele deje de querer parecerse a Internet. La red y la televisión tienen códigos, lenguajes y ritmos diferentes, y por eso suele fracasar cualquier intento de aunar ambos medios. Internet va tan rápido que cuando sus trending topics llegan a la tele, ya suenan viejos, desfasados, fuera de lugar. De ahí el fracaso de la fórmula inicial de programas como Quiero ser o Hazte un selfi. La televisión no debe querer competir con Internet, sino ofrecer al espectador contenidos que precisamente no puede encontrar en la red.

12. Y, sobre todo, que la televisión recupere la esencia de la imaginación, de la creatividad, de la sorpresa. Que resucite su capacidad para dejarnos boquiabiertos y que podamos sentarnos en el sofá sin tener la certeza de que vamos a ver más de lo mismo. Que nos regale programas y series que irradien entusiasmo, ganas y pasión por parte de sus artífices. Que esa pasión traspase la pantalla y nos resulte inspiradora y revulsiva. Que nos informe con verdad y honestidad. Que nos haga mejores personas, más lúcidos, más sensibles, más empáticos. Y que, además de todo esto, no olvide que su principal cometido es entretenernos.

Borja Terán.

Friends, la sitcom perfecta: análisis de razones por la que amamos tanto a esta inolvidable serie

22 de septiembre de 1994. Tal día como hoy la NBC estrenaba Friends. Lo que parecía una telecomedia más se transformó rápidamente en un punto de inflexión en la televisión. Nacía una ficción que tenía todos los mágicos ingredientes para su éxito, y ni sus creadores lo sabían: un casting de seis actores con una personalidad apabullante, unos personajes con perfiles muy universales e imperfecciones perfectamente definidas y unas tramas con las que era fácil conectar e identificarse, al mismo tiempo que te permitían soñar con una vida cargada de aventuras en la ciudad más icónica, Nueva York.

Y, claro, Ross Geller, Rachel Green, Monica Geller, Chandler Bing, Phoebe Buffay y Joey Tribbiani marcaron generaciones. A nivel mundial. De hecho, se cuenta que los actores aún facturan alrededor de 30 millones de dólares, al año y cada uno, sólo en los derechos de imagen que les reportan las múltiples reposiciones de la serie a lo largo y ancho del planeta.

Una sitcom que envejece a la perfección y que ejemplifica el llamado ‘efecto karaoke‘: da igual cuantas veces veas el capitulo y que te sepas las tramas de memoria. Quieres repetir la experiencia, una y otra vez. El humor no caduca, los giros impredecibles tampoco. Todo sigue siendo igual de disfrutable, divertido y emocionante. Porque Friends nos conquistó por cientos de razones de las que nueve son claves para entender por qué todos nos sentimos tan partícipes de la vida de sus protagonistas.

1. Como nosotros mismos.

Ross Geller, el empollón con pasado de perdedor, Rachel Green, la pija que abandona a su novio en el altar para irse a vivir con su mejor amiga, Monica Geller la controladora enfermiza de la limpieza, Chandler Bing, el niño raro que parece gay pero no lo es, Phoebe Buffay, la sensatez de la excéntrica que habita en un mundo paralelo, y Joey Tribbiani el actor frustrado que no puede dejar de comer y gorronear patatas fritas. Los seis en esa edad en torno a la treintena en la que resulta tan fácil sentirnos perdidos en busca de la felicidad. Así que todos, como espectadores, podíamos escoger a nuestro favorito, todos podíamos reconocernos incluso en alguno de ellos a través de las cientos de vicisitudes que les hemos visto experimentar, en sus fortalezas y debilidades y en el arco de vida que recorren durante las diez temporadas.

2. Tomarse un descanso.

Todos los grandes temas (la amistad, el amor, el desamor, la fidelidad, las relaciones de pareja, la maternidad…) que más nos preocupan como seres humanos inundaban Friends, que supo otorgar a la comedia de un fondo emocional que hacía vibrar al espectador cuando menos se lo esperaba, poniéndole la piel de gallina tras haberle hecho reír a carcajada. También era ejemplar su mezcla entre las tramas episódicas y las tramas en continuidad que desembocaban en finales de temporada que siempre nos dejaban en vilo hasta la llegada de los nuevos capítulos (¡”yo, te quiero a ti, Rachel”!).

3. La sociedad de consumo.

Los envolventes sofás de Joey y Chandler, el horrible caballo blanco que odiaba Monica, la limpieza bucal fluorescente de Ross, las perturbadoras obras de arte de Phoebe, el pintalabios para hombres que anunciaba Joey… Los protagonistas de Friends terminaban almacenando esas delirantes cosas que acumula cualquier mortal. Lo hacían en sus acogedores apartamentos de ensueño con vistas a un vecino exhibicionista convertido en gag recurrente. Y con la visita de palomas peligrosas…

4. La resaca de los ochenta.

¿Mónica gorda? Friends sabía tirar siempre de ese pasado adolescente que todos intentamos olvidar pero siempre acaba saliendo a la luz. Y lo utilizaba con maestría para despertar la carcajada más cómplice del espectador. Míticos son sus flashbacks y también aquellos capítulos en los que el pasado resucitaba, como el de Acción de Gracias con Brad Pitt y el “Club Odio a Rachel Green“.

5. La sencillez complicada.

Friends sólo duraba 22 minutos. Y pocas veces 22 minutos han dado tanto de sí en televisión. Hacían que pareciera fácil pero para nada lo era. La serie no perdía el tiempo, con estructuras dispares pero siempre precisas, a veces alternando varias tramas paralelas o una sola que implicaba a todos los protagonistas. Nunca falló nadie: los seis actores aparecen en cada uno de los 236 episodios que conforman la serie. Y la audiencia no podía escapar. De una Phoebe dando el salto a la carrera discográfica con su tema Smelly Cat –cantado por otra- a unos Mónica y Chendler ocultando su romance a lo largo de un montón de capítulos brillantes (¡”no saben que sabemos que saben que lo sabemos”!).

6. Comprometidos con los problemas de su tiempo, sin caer en los estereotipos facilones.

Las relaciones homosexuales, nuevas formas de procreación, las minorías… La serie jamás se quedó en el prejuicio. Al contrario, Friends abordó realidades sociales a través de personajes cómicos que sumaban y favorecían una sociedad más constructiva y abierta. Sólo hubo un tabú: el 11S. Las torres gemelas desaparecieron del skyline de la serie sin que jamás los personajes mencionaran nada al respecto.

7. La ciudad que todos conocemos aunque no hayamos estado nunca, Nueva York.

Y es que la gran manzana fue la otra gran protagonista de Friends. De hecho, los últimos segundos del episodio final fueron dedicados a un surtido de imágenes de la ciudad, que fue el séptimo personaje, aunque la serie se grababa en Los Ángeles, al otro lado de Estados Unidos.

8. El sofá del Central Perk siempre libre para los protas.

En todos los capítulos, menos en uno, siempre estaba libre para ellos ese sofá que hoy sería la decoración perfecta para cualquier hipster. Con sus tazas grandes de café y el camarero Gunter al fondo. Por no hablar de ese miniescenario junto al ventanal en el que Phoebe espachurraba su guitarra y cantaba sus grandes éxitos como Mis pegajosos zapatos o su villancico navideño.

9. La cabecera, la mirilla de la puerta… los detalles.

Antes de que las cabeceras comenzaran a desaparecer de las series, Friends logró una de las intros más emblemáticas de la historia de la ficción, con esa canción convertida en himno de la amistad, I’ll be there for you. Y tantos y tantos detalles, desde sus primeros minutos (esa Rachel entrando en Central Perk con su vestido de novia) al último plano con ese marco alrededor de la mirilla del apartamento violeta de Mónica.

Porque Friends era una serie que jugaba con los detalles: los encuadres, la comunicación no verbal, la reacción de los espectadores que veían el show en directo… Todo estaba en su sitio, todo fluía con pasmosa brillantez, como ocurre en esas ficciones tocadas con la varita de la eternidad. ¿O no tenéis la sensación de que dentro de otros diez años seguiremos viendo y hablando de Friends?

Borja Terán.

Odio la pirámide invertida del periodismo

Marzo de 2017. Acudo a Barcelona con motivo de varias Masterclass y aprovecho para entrevistar a Tinet Rubira en la sede de su productora, Gestmusic. Javi Gómez, que por entonces era director del dominical de El Mundo, PAPEL, me había encargado un artículo sobre el nuevo boom de los programas musicales en prime time, los denominados talents shows.

Y allí fui. Subí Grand de Gracia rumbo a las faldas de Park Güell, donde se encuentran los caserones que cobijan Gestmusic. Unas casas amarillas que están unidas por escaleras imposibles. Yo, que odio el Metro, fui caminando, claro. Hacía Sol. Un caluroso Sol. “Voy a llegar chorreando de sudor a Gestmusic. Bien”, pensé.

La entrevista fue muy interesante. Tinet sabe explicar con destreza y naturalidad la televisión. No sólo es uno de los responsables más prolíficos de nuestra historia televisiva reciente, también es un buen divulgador de su trabajo.

Conversamos sobre motivos del éxito y fracaso de la música en televisión, de tendencias televisivas, cambios de consumos y, al final, pregunté a Tinet sobre una posible resurrección de Operación Triunfo cuando aún no se conocía su retorno. Tinet respondió sin titubear y no se equivocó en su meridiana afirmación. Aunque él es tan claro que, también, fue realista.

Semanas más tarde, ya en Madrid, al terminar de escribir el reportaje, pensé en cerrar el artículo con la declaración de Rubira sobre una posible vuelta de OT. Sin más. Pero, justo antes de enviar el texto, me pareció un cierre agridulce para un formato que tenía aún mucho ADN por re-exprimir. Así que añadí un chimpún, de esos que me gustan para que el lector siempre llegue al final. Porque yo nunca creí en la pirámide invertida. Esa pirámide que explican las facultades de periodismo y que considera que el contenido de los textos debe avanzar hacia lo residual. Cuando en cualquier historia interesante tan importe es el comienzo como, también, saber crecer hasta el cierre final. O, al menos, intentarlo.

Ahora, 13 meses después, me percato que esa frase que añadí no sólo definió el momento en el que yo mismo estaba anímicamente al escribir este análisis para El Mundo, también evidencia una de las esencias históricas del éxito de la mejor televisión.

La catarsis televisiva (y periodística) vista en el ‘Santander Social Weekend’

Las redes sociales han revolucionado la forma de comunicarnos. Ya no sólo tenemos una vida real, también habitamos una vida virtual que, a veces, puede ser muy ficcionada. La verdad, la medio verdad y directamente la mentira se abren camino con una nueva velocidad, la velocidad de lo “viral”. También en lo que se refiere a la información. Las fakes news y bulos se expanden a golpe de retuiteo. El frenesí con el que utilizamos las redes lo permite, pues interactúamos de una manera tan instantánea que no siempre nos paramos a contrastar o reflexionar aquello que difundimos por el poder de la indignación o por el fulgor de la pasión. Y aquí es donde cobra, una vez más, sentido la labor del periodista para digerir todo ese caudal informativo y dar perspectiva a los titulares de usar y tirar. Y aquí, en España, han emprendido Julio Montes y Clara Jiménez Cruz, fundadores de Maldita Hemeroteca. Este sábado, coincidí con ellos en el Santander Social Weekend, un evento que va de eso, de redes sociales, marketing y comunicación. Ellos acudían para debatir en la mesa “Fake News y la importancia del periodismo“, en la que también participaba Ana Belén Leiño, Ana Serrano y como moderadora Pilar González.

Me inspiró la agudeza y forma de entender el periodismo de los creadores de Maldita.es. Un periodismo que, aunque no lo parezca, el clickbait está poniendo las pilas. Al final, volver a la esencia del periodismo de la credibilidad será el gran motor que hará sostenible los medios, pues el lector, oyente, espectador y, ahora, usuario buscará periodistas que cuenten historias de calidad, con mirada propia, perspectiva, combativas y valor añadido.

Estaba por allí porque un rato antes del debate sobre fake news me tocó a mí impartir una ponencia sobre televisión. “¿Internet mató la TV? Los nuevos consumos y la catarsis televisiva” se tituló esta charla en la que jugamos a través de fotos, y algún que otro vídeo, a desgranar fortalezas y debilidades de la televisión de hoy, aprendiendo de la esencia de la televisión de siempre y atendiendo a las demandas de la sociedad real.

algunas diapositivas de la presentación (en miniatura)

Una experiencia interesante. Y, esta vez, una ponencia especial porque, en cierta medida, también ha supuesto un reencuentro profesional con la ciudad en la que nací en un evento organizado por el primer periódico que leí, El diario Montañés.

 

Todos los artículos sobre las causas y los efectos de ‘OT 2017’

OT 2017 ha sido más que un programa televisivo. Ha sido un fenómeno, a medio camino entre la televisión tradicional y la televisión viral, que define el camino que ha tornado la televisión. Un camino que me ha tocado analizar en Lainformacion.com y que retrata los cambios de consumos, pero también los daños colaterales de una televisión que se estaba olvidando de sus esencias a la hora de hacer televisión. Porque cambiarán las ventanas de emisión, pero hay superpoderes que nunca variarán para conquistar la complicidad del espectador en la industria del entretenimiento.

 

Análisis realizados por Borja Terán para lainformacion.com

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