El día que pisé el control de ‘Julia en la Onda’

Mi abuelo tenía un transistor. Un señor transistor de esos grandes, con unas rejillas plateadas y una antena telescópica, que se abría hasta el infinito. Él era de Radio Nacional de España y, probablemente, le fastidiaba que le zapeara en la onda modulada. Pero yo lo hacía, pues ya era de la generación que nació con un mando a distancia bajo el brazo.

Me gustaba jugar con la ruedilla de aquella radio para ir cazando programas, la mayoría engolados, algunos incluso con locutoras muy enfadadas, que me llamaban la atención por su indignación constante con el mundo y que hablaban desde púlpitos que parecían de una alcurnia marciana. Era magnético todo, sí, hasta que un día me paré en un dial en el que se miraba y escuchaba los grandes pero también pequeños detalles que construyen nuestra realidad. Allí me quedé. Aquel programa se llamaba La Radio de Julia y me enseñó que se podía conseguir un magazine interesante y, a la vez, inteligente en una época en la que mandaban otros contenidos mediáticos, más impostados y más atados a las vísceras ajenas. Me enganché a esa radio, que fluía de otra manera, sin necesidad de grandes intensidades musicales ni rimbombancias narrativas.

Ha pasado un tiempo, mucho tiempo, y hace unas semanas tuve la oportunidad de agazaparme en el control de la segunda vida de esa radio con el que tanto me identifiqué, me sigo identificando e hizo descubrir (y querer tanto) la radio a un abducido por la tele.

Y corroboré que Julia en la Onda, Jelo para los más fieles, es un formato que ejemplifica la esencia del porvenir hertziano, aprendiendo de su pasado pero con la intuición suficiente para tomar el pulso a los compases que vienen. Un programa que rompe con clichés y ha dado un impulso a las narrativas radiofónicas, con un lenguaje consciente de su tiempo (algo que es menos habitual de lo que parece en la radio española). Un magazine que escucha, se moja y consigue hacer al espectador partícipe sin medias tintas ni parafernalias.

He ahí el quid de la cuestión: la complicidad que desprende el equipo en emisión y que se mantiene intacta si te cuelas en el control. De hecho, yo llegué para un rato y me quedé todo el programa, ya que pocas veces he estado en un estudio de radio (y ya he pisado unos cuantos) en los que se respire tanta complicidad entre el periodista y el realizador de Jelo. Julia Otero y Joan Quintanilla son pura química. Entienden las necesidades del formato con una intuición abismal y no hay corte de audio (o guasap de oyente) que se les resista. Pero, sobre todo, lo más importante, Otero y Quintanilla en acción evidencian y contagian que están disfrutando de su trabajo. No es baladí, esa es la clave de todo. Y eso tampoco es tan habitual como parece. Y esa es la lección que me llevé.

Con esta visita casual a Onda Cero, cerraba una semana por trabajo en Barcelona que resultó llena de coincidencias mágicas. Y, al salir de la radio, como esa locutora impostada antigua que tanto repelé, me vi plantado en medio de Las Ramblas, con mi mochila a cuestas, cargada de inestabilidades, retos y miedos, pero con las mismas lágrimas de ilusión de aquel adolescente que descubría la radio y que no imaginaba que algún día trabajaría en ella.

Desmontada la mítica marquesina del show de David Letterman en Nueva York (imágenes)

La televisión es fugaz. Cuando termina un programa, sólo bastan unos segundos para que se apaguen los focos y se desmonte el decorado. Tras la euforia, llega el desolador silencio.

Cada día, terminan cientos de programas en las televisiones del mundo, pero hace sólo unas semanas cerró uno de los shows más icónicos de la historia, Late Show con David Letterman.

‘El Ministerio del Tiempo': ruta por las localizaciones de la serie en Madrid

El Ministerio del Tiempo ha sabido exprimir el Madrid más castizo en sus tramas. El Madrid que huele a Madrid.

Para la Revista Ego, cámara (de móvil) en ristre y como si fuera un reportero de la guía Lonely Planet, he caminado por las localizaciones reales más icónicas de la primera temporada de la serie para dibujar un ruta por el Madrid de El Ministerio. De Lavapiés a Malasaña. De Lorca a Picasso.

Se busca: la fan que hizo sombra (sin saberlo) a Passenger

La televisión está perdiendo eficacia para la promoción. Mike Rosenberg, Passenger, lo sabe. Este artista está innovando en la forma de darse a conocer en los países que visita. Lo hace a través del poder de las redes sociales, convocando a sus seguidores a miniconciertos callejeros. De esta forma, sus fans le conocen sin ninguna barrera y, además, las grabaciones caseras de los peatones rulan por internet con una fuerza que sirve de original y cercana plataforma.

Ponga un berrido de Yoko Ono en su vida

Es Yoko, Yoko Ono. Artista multidisciplinar. También canta. Tiene chorro de voz. El Edificio Dakota sigue siendo su centro de operaciones. Allí divisa el Central Park. Allí canaliza su talento, a medio camino entre la creatividad impredecible, el performance impredecible, el descaro impredecible y el berrido impredecible. Y es que Yoko incluso es experta en consuma el complicado arte de berrear. Ya sea en el Moma. Ya sea con Lady Gaga. Ya sea con David Letterman. Ya sea con su propio hijo, Sean Lennon. Es hipnótico.