El éxito asegurado de indignar a las redes

Haga temas polémicos. Especule. Caiga en tópicos. Lance especulaciones absurdas. Tire a la basura al cine español. Todo junto, metido en un mismo saco. Desprecie a Gloria Fuertes si hace falta. Indigne a las redes, es pan comido. Éxito asegurado.

La prensa escrita ha caído en la trampa de la viralidad más fácil, la de alimentar la polémica irritando al personal. “Venga, periodista, no me hagas un tema de divulgación contrastada que eso no lo lee nadie. Un poquito de polémica de la que indigna, y tenemos un pelotazo”. Es el camino hacia el que vamos, tanto los que trabajos en medios de comunicación como los propios lectores. Todos, debemos hacer una reflexión: saldríamos ganando si tuiteáramos artículos de calidad con la misma excitación que publicitamos aquellas columnas vacías, que nos provocan ira.

Pero no, focalizamos todo el esfuerzo en evidenciar lo que nos cabrea tanto que terminamos propiciando justo lo contrario que tal vez buscamos: promocionar, multiplicar lecturas y, por tanto, lanzar este tipo de temas al estrellato del éxito viral.

Así que, venga, más titulares polémicos, más argumentos baratos, más indignación fácil y menos artículos contrastados, elaborados, argumentados y mimados con la constructividad de la honestidad. Para qué, si eso no tira. Y, encima, lleva más tiempo de confección.

Si te importa el periodismo y el universo mediático, tienes que ver esta entrevista de 2009

Me habré visto esta charla entre Julia Otero y Andreu Buenafuente unas 765 veces. Aunque intente disimular mi fanatismo oterílico, al final, siempre me sale a flote, pues me identifico con su forma de entender este oficio. Una entrevista de Buenafuente a Otero que es todo un retrato de su momento (año 2009) pero, también, de la situación actual del universo mediático (2017…).

Un retrato de las trincheras, del periodismo, del jugar sin demasiadas corazas en un plató, de la influencia o no de los “confidenciales”, de que en la tele se va a toda hostia no se sabe a dónde, de perder el respeto, de ser light y aburrir a tu propia familia, de la prensa basura, de enseñar la patita pero, al mismo tiempo, hacer el ejercicio hacia la ecuanimidad que conecta con la inteligencia cómplice del espectador.

Por cierto, yo sí tengo chandal. Otra cosa es que lo utilice.

El arte de manipular

“Intervenir con medios hábiles y, a veces, arteros, en la política, en el mercado, en la información, etc., con distorsión de la verdad o la justicia, y al servicio de intereses particulares”. Es una de las definiciones que estipula la RAE de ‘manipular’. Aunque también existe otra acepción interesante: “Operar con las manos o con cualquier instrumento”. Y otra más: “Trabajar demasiado algo, sobarlo, manosearlo”, define la RAE.

A la hora de mirar el ombligo del periodismo, nos centramos demasiado en la primera argumentación, la mala. Pero no se divulga lo suficiente la esencia del periodismo como el oficio que es. Ese que opera con las manos y hasta manosea si hace falta. En el buen sentido de la palabra.

Un oficio en el que es crucial moldear bien las historias: combinando la honestidad que no distorsiona la realidad con la creatividad que enriquece la crónica.

En las facultades de comunicación se deben explicar y diferenciar mucho estos dos tipos de manipulación, la tóxica y la necesaria, porque al final el periodismo es un oficio que se hace mejor con profesionales que entienden la necesidad de moldear historias con el arte de la honradez crítica que no tiene miedo a la mirada propia y a la caricia del juego de la intencionalidad narrativa.

Porque el problema de fondo y trasfondo del periodismo y la comunicación de hoy no sólo va de la mano de la clásica manipulación que disloca la realidad, también de la inanición que termina convirtiendo un oficio en una fábrica en cadena de clones sin posibilidad de encontrar la personalidad de su autenticidad. Castigar la autenticidad del artesano del periodismo que elabora con estilo su materia prima es frenar el progreso, de todos.

El señor X que difamó al señor Y: cuando el periodismo se olvida del periodismo

Un señor X difama sobre otro señor Y en un programa de radio. Los medios se hacen eco de lo que difama este señor X. Lo comparten en sus redes, en sus portadas, en sus post. La audiencia de sus webs se dispara. La polémica está servida. Pero nadie llama al otro señor Y, que protagoniza las declaraciones (falsas), para completar la información con su versión Y.

Días más tarde, hay una gran rueda de prensa donde está el señor Y. Entonces, los periodistas que publicaron esas declaraciones, realizadas para intoxicar, preguntan por las acusaciones del señor X al señor Y. El señor Y no contesta. Pero, cuando termina el corrillo de preguntas y las grabadoras están apagadas, el señor Y explica que no ha contestado porque no entiende que nadie llamara a su productora, a su cadena de televisión o a él mismo para completar las “noticias” que se realizaron con los bulos del señor X con la otra versión, la versión Y.

Y el señor Y se fue y hubo periodistas que se quedaron con cara de qué nos está contando el señor Y. Pero el señor Y estaba dando en la diana de la crisis del velocímetro con el que se escribe en los medios de comunicación en la actualidad. Las prisas de Interné relegan una de las funciones claves del periodismo: dar al espectador, oyente o lector los contextos necesarios para entender y digerir bien la noticia.

No tiene sentido propagar una declaración X si el artesano de la información no contextualiza, contrasta, documenta y explica para que el receptor tenga las herramientas con las que sacar sus propias conclusiones. Es un concepto muy básico, pero no son buenos tiempos en los que se mime a los profesionales que trabajan desde y con la perspectiva de querer contar una historia con el tiempo suficiente para masticar la historia. Y lo que es peor, a veces, parece que se nos está olvidando contar historias para pasar a ser sólo difusores de dimes y diretes de usar y tirar. Por suerte, sólo a veces.