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enero 2020

La extraña sensación de regresar a tu facultad

Lo primero que hice antes de dormir fue dejar el portátil enchufado para que su batería se cargara bien. Al día siguiente, un madrugador tren me esperaba para ir a Salamanca y quería ir adelantando trabajo en el trayecto. Allí, por la tarde, iba a presentar mi libro y a dar una charla sobre la catarsis de los nuevos consumos audiovisuales en la misma facultad de Comunicación en la que justo hace veinte años empezaba a estudiar Periodismo. El shock emocional prometía.

A las 6 de la mañana sonó el despertador. Me levanté ansioso. Quería corregir un artículo antes de coger ese Alvia que me regresaría a una ciudad que me marcó. Pero abrí el ordenador y ya nunca más encendió. Lo metí en la mochila, pensé que tal vez resucitara por el camino. De hecho, fui todo el viaje apretando el botón de reinicio. Sin éxito. La presentación de clase, con mis greatest videohits, que acababa de actualizar unas horas antes, se había volatilizado para siempre.

“Mejor, improvisaré y me adaptaré a lo que intuya que necesite el alumnado”, retumbó en mi cabeza. Pero antes, con el ordenador inservible a la espalda, necesitaba reencontrarme con la ciudad en la que viví los cruciales años de universitario. Me apeé del tren y me puse a caminar eligiendo calles con el máximo desorden posible. Bien de rodeos. Como esos abuelos que buscan descubrir la evolución de las obras. De aquella plaza que me recordaba a los sábados por la tarde hasta esa croissantería de olor a chocolate blanco. Así, hasta llegar al campus. Así, hasta hacer el camino que tantas veces repetí para ir o para escaparme de clase.

La facultad estaba aparentemente como la dejé. La ciudad también. Todo parecía que seguía igual, pero en realidad no se parecía a entonces. Porque ninguna de las personas que fueron mi familia en Salamanca seguían allí. Y la sensación, claro, era rara. Como en la ficción, un decorado puede sentirse completamente diferente según los actores que lo habitan.

Pero hice un cameo, de nuevo, en ese decorado. Y la clase fue muy interesante. Intercambiamos conocimientos, experiencias, análisis y hasta nos implicamos con pronósticos de futuro. Me sentí arropado, especialmente por los profesores que acudieron a ver qué contaba. Esta vez, sin sentirme examinado. También me vi retratado en los alumnos y sus expectativas. En Óscar, en Esmeralda, en Lorena, en Javi, en Paula… En eso quizá no he cambiado tanto, sigo sintiéndome uno de ellos. A pesar de los desencantos, sigo aprendiendo casi con la misma ingenua curiosidad de los años de la facultad. Casi.

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