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julio 2017

Nos lo tenemos que hacer mirar: sobre Paula Vázquez y la libertad de opinión

Paula Vázquez brilla tanto en tele y fuera de la tele porque no es parte del decorado: es Paula Vázquez con todas sus consecuencias“. No me he podido reprimir, y este sábado he lanzado este tuit al aire.

¿Por qué lo he hecho? En un tiempo en el que todo el mundo opina de todo en las redes sociales, es curioso como criticamos a profesionales de la televisión por atreverse a ser ellos mismos a través de esas mismas redes sociales.

Sólo hablan como uno más. Con sus filias, con sus fobias, con sus pasiones, con sus pataletas, con sus expectativas, con sus decepciones, con sus ilusiones.

Pero no todo el mundo puede hablar como uno más. Estamos en la era de lo políticamente correcto. Una era que sufren especialmente los comunicadores de la televisión, donde da la sensación de que cada vez más hay menos profesionales del medio con ganas de mojarse en temas cotidianos: por temor a caer mal a alguien, por temor a que no te contrate tal canal o tal productora, por temor a ganar imagen de conflictivo, por temor represalias (que existen), por temor, al final, a ser uno mismo.

Curiosa paradoja porque, al final, los mejores comunicadores, esos inolvidables que nos han hecho felices y han traspasado las barreras de la pantalla, ya fuera grande, mediana o ahora más pequeña, son aquellos que contaban con el valor de la carismática espontaneidad que se salía de lo corriente por su carácter, por su mirada propia, por su autenticidad. Eso es la buena televisión, la que sale de los cánones y la que no tiene muchos pelos en la lengua.

Nos lo tendremos que mirar, pues. Podemos estar de acuerdo o no con las reflexiones de Paula Vázquez, yo no siempre lo estoy, claro, como tampoco pretendo que todo el mundo esté de acuerdo con mis artículos. En eso consiste el juego: en aprender con respeto los unos de los otros, incluso con posibilidad de mojarnos y hasta equivocarnos. Que nadie quite esa posibilidad a nadie, tampoco a los presentadores de televisión. De hecho, aquellos que son idílicos bustos parlantes, que parecen la parte más previsible e impoluta del decorado, son los que hacen más aburrida y olvidable la televisión.

>>> Y ya que estamos, os dejo la entrevista que hicismos a Paula Vázquez en nuestro programilla de radio ‘Historias de la tele’. Fue hace unas semanas con la excusa del reality El Puente, donde aprovechamos para hablar de su trayectoria. Y sí, de nuevo, se mojó.

Mad In Spain: dime cómo entras en un plató de TV y te diré si la audiencia se va

Telecinco ha estrenado un programa de debate, Mad in Spain se llama. Vale, correcto. Un debate entre dos ‘Españas’ para solucionar la franja dominical, en vivo y en directo, que deja libre Supervivientes.  Muy bien. Pero el programa no ha terminado de tirar en cuota de pantalla, a pesar de ser interminable. En su primera emisión, la tertulia ha salido rana con unos agitadores que estaban cual pulpo en garaje afrontando temas vacíos, sin chicha y sin personajes VIP con experiencia personal de lo que se hablaba. Claro que eso necesita un presupuesto extra.

Pero el problema del programa lo resume la forma en la que entraron los contertulios al estudio. Oye, un poco de alegría, de energía, de personalidad propia. La mayoría entraban con cara de qué es esto.

Y, claro, en vez de contagiar la percepción de que ahí comenzaba un apasionante debate, en realidad, la aparición estelar de los “agitadores” transmitió que aquello iba a ser un muermo hacia ninguna parte.

CLASE PRÁCTICA DE CÓMO ENTRAR EN UN SHOW DE PRIME TIME

ASÍ SÍ. Jordi González asomó con cierta ironía por la puerta, en plan “ya hemos comenzado”.

JORDI GONZALEZ ENTRA MAD IN SPAIN

ASÍ NO. Salvador Sostres entró como si tuviera hora para hacer la declaración de la renta.

SALVADOR SOSTRE

ASÍ SÍ. Nuria Marín apareció con una energía vitaminada. Paso firme, brazos arriba, euforia iniciática, va.

NURIA MARIN MAD IN SPAIN

ASÍ NO. Lucía Etxebarría salió con media sonrisa de qué hago yo aquí, si lo mío son los documentales de La 2 o, en su defecto, Acorralados.

LUCIA

En general, lo que tenía que haber sido un desfile efervescente fue una aparición de tertulianos desubicados. Entrada lenta, arritmica, con un público que ni vitoreaba más que reproducir un aplauso cual autómatas, lo que no invitaba a quedarse en el canal.

Lo efímero

El próximo 4 de agosto cumplo 36 años.

Con 36 años, 36 señores años, la sociedad que me crió seguramente me esperaba con un trabajo fijo, con un amor fijo, con una vida fija.

Pero no, mis 35 años han sido la catarsis de descubrir que todo es más efímero de lo que creí. De hecho, mis 35 han consistido en patalear contra el vaivén de lo efímero.

Y he ganado la pataleta.

Justo ahora.

Tras seis años sin parar ni un solo mes de trabajar, por aquello de que siempre había artículos que escribir, radios de las que aprender y oportunidades “únicas” que aprovechar, por fin cojo vacaciones de verdad.

Para tomar aire. Para disfrutar más y mejor de lo efímero.

Porque, al final, me he dado cuenta de que, si te lo propones, hasta los abrazos efímeros, esos que te marcan, te siguen acompañando siempre.

Y este ha sido un luminoso año que abrazar, que me acompañará siempre: aprendiendo de los mejores, cogiendo trenes de largas y cortas distancias, haciendo mucho encuadre desencuadrado con un móvil, ilusionándome con lo cotidiano e incluso permitiéndome echar de menos. A veces, a momentos que ni he vivido. Pero, sobre todo, ha sido el año en el que he logrado disfrutar más de todo lo que no me quiero perder.

Ves, necesito vacaciones.

Gemma Nierga, la energía de la curiosidad transparente

Una vez escuché a Gemma Nierga decir que en sus comienzos radiofónicos tuvo que lidiar con recetas. Sí, recetas de cocina. Por suerte, estaba su madre, como todas las madres, para ayudar con los menús radiados.

De guisos tal vez Gemma no entendía demasiado, pero ella tenía el secreto de la receta para triunfar en esto del transistor: una apabullante curiosidad que iluminaba con ayuda de una voz que no era de manual. Sin necesidad de tonos artificiales ni impostaciones dramatizadas ni perfecciones tan solventes como olvidables.

Y, claro, Gemma rápidamente brilló en la SER. Y ejemplificó una característica que cada vez parece más complicada en la radio generalista y comercial española. Estoy hablando de prosperar, poco a poco, en tu propia empresa, crecer dentro de la radio que te dio la primera oportunidad. De hecho, Nierga prosperó hasta ser una voz imprescindible y símbolo de la SER.

Recuerdo que una vez, en La Ventana, entrevistó a Pepe Navarro. Allí mismo, Nierga, de repente, soltó al famoso presentador que él había cambiado su vida. Navarro se quedó sorprendido, no pilló que cuando se fue de Telecinco a Antena 3, Sardá presentaba las tardes de la Cadena Ser. Entonces, Sardá fichó por Telecinco para crear Crónicas Marcianas y la SER decidió promocionar a Gemma, que hasta ese momento susurraba en las noches de Hablar por Hablar.

La SER tiró de cantera. Una característica que es posible pero que, al mismo tiempo, parece cada vez más difícil en la radio de hoy. El recambio generacional se complica por la obsesión en contratar nombres con tirón mediático para que su cara se recuerde bien en el EGM. Como consecuencia, nos estamos perdiendo grandes maestros de la radio de primera división que, en cambio, siguen perpetuos en segunda B.

La tecnología cambia, el podcast ha llegado a nuestras vidas. Pero, al final, la radio en directo, esa que te acompaña, nos seguirá escuchando a diario. Como hace Gemma Nierga, maestra en eso de escuchar. Estos días su voz ha dejado de sonar en la SER, su casa de siempre. Esa emisora, en la que prosperó su trayectoria, ha decidido prescindir de su contrato para renovar la franja de magazine que presentaba en Hoy por Hoy.

Pero la voz de Nierga tiene mucho que seguir aportando a la radio, también a la televisión (donde ya trabajó). Porque no existe tanta gente en este negocio que sepa escuchar y, encima, lo haga con esa autenticidad que rompe con la dictadura de los convencionalismos para iluminarnos. Iluminarnos con una energía cómplice, natural, transparente que te deja atrapado en las historias de la radio. Eso lo tiene Gemma, Gemma Nierga.

Cuando tener una escalera mecánica era ser cosmopolita

Las ciudades de provincia no tocan la modernidad hasta que cuentan con una escalera mecánica. En Santander, la primera escalera estuvo en un mini centro comercial que se construyó, en 1965, junto a la Catedral. Eran los grandes almacenes Woolworth, que te traían todo lo que necesitabas para tu familia, el hogar y te abrían al universo de las escaleras mecánicas. Ser cosmopolita era esto.

woolworth santander almacenes

Woolworth estaba en Madrid, Palma de Mallorca, Alicante, Málaga, Granada y Córdoba, y eligió también mi ciudad natal, Santander, porque aún no se había instalado en ella ni El Corte Inglés ni Galerías Preciados. Sólo Simago reinaba en la capital de La Montaña junto a otros almacenes de tinte local. Como eran los ya desaparecidos Ribalaygua y Lainz, que tenían ascensor pero no escaleras mecánicas.

ribalaygua lainz centro comercial

Con Woolworth  llegó a Santander la escalera mecánica. Pero la evolución se frenó rápido, pues, poco más de una década después, Woolworth fracasó y cerró todos sus establecimientos españoles. Lo hizo en octubre de 1980. Yo ni había nacido, no me dio tiempo a conocer la experiencia Woolworth . Pero sí la tienda Zara, que ocupó después prácticamente dos plantas de ese edificio comercial, mientras que el resto del inmueble se decidió reutilizar como una sucursal bancaria y oficinas, abriendo unas ventanas en las paredes de piedra e incorporando varias plantas más encima, acristaladas, para viviendas.

zara

Pero, ahora, las escaleras mecánicas han vuelto al edificio de Woolworth, ya que Inditex se quedado con todo el espacio del ocupaban aquellos olvidados grandes almacenes y ha reabierto su tienda principal en Santander, el Zara, con una reforma a fondo que ha devuelto a este bloque la función comercial para el que fue concebido.

nuevo zara

No obstante, ahora los santanderinos ya no se fijan en las escaleras mecánicas. Están inmunes, pues en los últimos años las cuestas principales de la empinada ciudad se han llenado de rampas mecánicas para que nadie se canse. Pero ni con esas somos cosmopolitas.

Historia apoyada con imágenes del archivo de El Diario Montañés y El Tomavistas de Santander

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