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abril 2017

‘Las bicicletas son para el verano’, 35 años después

Tal día como hoy, 24 de abril, pero de hace 35 años, se estrenaba en Madrid Las bicicletas son para el verano, la brillante obra de Fernando Fernán Gómez. De hecho, fue tal éxito que se estiró su tiempo en cartel, llevando la función del Teatro Español al Centro Cultural de la Villa, donde triunfó durante tres largos meses.

Y, ahora, tres (también largas) décadas después, ha vuelto a este mismo teatro de cómodas butacas -escondido debajo de la Plaza de Colón- y que, en la actualidad, lleva el nombre del propio Fernán Gómez. La función ha regresado renovada, con dirección de César Oliva, pero manteniendo la esencia de esa España divida entre miedos, frustraciones e ingenuidades cocinadas sin demasiados víveres durante una cruenta Guerra Civil que no terminó en Paz, acabó en Victoria.

Un día antes de este 35 aniversario de su estreno en 1982, he acudido al Centro de la Villa, al Fernán Gómez, para ver, por primera vez, este texto tan emblemático. Había llegado el momento de descubrir Las Bicicletas son para el verano sobre las mismas tablas en las que brilló en plena resaca de la dictadura, cuando yo sólo acababa de nacer. Y la adaptación no defrauda.

Llum Barrera, Patxi Freytez, Esperanza Elipe, Alvaro Fontalba, Teresa Ases. Agustín Otón, María Beresaluze. Adrián Labrador, Ana Caso y Lola Escribano interpretan, con complicidad y sensibilidad, este viaje que es un emocionante acto de reivindicación de nuestra memoria histórica.

Interesante la apuesta de mantener a todos los personajes en escena en el fondo del escenario. Aunque no sea su turno. Ellos son los que montan y desmontan los diferentes sets de un texto con una fuerza que en 2017 ya no necesita grandes alardes de decorados o atrezzo. Ellos son los que dan forma con sentimiento, intensidad y cierta dosis de comedia a una obra que retrata la guerra sin mostrar la guerra: sólo con la resquebrajante potencia de la cotidianidad de una familia y sus vecinos en plena Guerra Civil.

Interesante redescubrir a Llum Barrera dando vida al dramático personaje principal de Doña Dolores con una energía cargada de realidad. Una todoterreno.

Interesante sentirse dentro de una irritante época que, a veces, parece que no existió. Pero existió. Y vamos que si existió. Un tiempo que Fernán Gómez inmortalizó a través del vigor del tangible e incluso identificable retrato costumbrista que traspasa generaciones aunque, ahora, las bicicletas ya no sean sólo para el verano.

‪Flipando con el trabajo actoral de #lasbicicletassonparaelverano Y brillante @_llumbarrera, actriz todoterreno‬.

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El día que pisé el control de ‘Julia en la Onda’

Mi abuelo tenía un transistor. Un señor transistor de esos grandes, con unas rejillas plateadas y una antena telescópica, que se abría hasta el infinito. Él era de Radio Nacional de España y, probablemente, le fastidiaba que le zapeara en la onda modulada. Pero yo lo hacía, pues ya era de la generación que nació con un mando a distancia bajo el brazo.

Me gustaba jugar con la ruedilla de aquella radio para ir cazando programas, la mayoría engolados, algunos incluso con locutoras muy enfadadas, que me llamaban la atención por su indignación constante con el mundo y que hablaban desde púlpitos que parecían de una alcurnia marciana. Era magnético todo, sí, hasta que un día me paré en un dial en el que se miraba y escuchaba los grandes pero también pequeños detalles que construyen nuestra realidad. Allí me quedé. Aquel programa se llamaba La Radio de Julia y me enseñó que se podía conseguir un magazine interesante y, a la vez, inteligente en una época en la que mandaban otros contenidos mediáticos, más impostados y más atados a las vísceras ajenas. Me enganché a esa radio, que fluía de otra manera, sin necesidad de grandes intensidades musicales ni rimbombancias narrativas.

Ha pasado un tiempo, mucho tiempo, y hace unas semanas tuve la oportunidad de agazaparme en el control de la segunda vida de esa radio con el que tanto me identifiqué, me sigo identificando e hizo descubrir (y querer tanto) la radio a un abducido por la tele.

Y corroboré que Julia en la Onda, Jelo para los más fieles, es un formato que ejemplifica la esencia del porvenir hertziano, aprendiendo de su pasado pero con la intuición suficiente para tomar el pulso a los compases que vienen. Un programa que rompe con clichés y ha dado un impulso a las narrativas radiofónicas, con un lenguaje consciente de su tiempo (algo que es menos habitual de lo que parece en la radio española). Un magazine que escucha, se moja y consigue hacer al espectador partícipe sin medias tintas ni parafernalias.

He ahí el quid de la cuestión: la complicidad que desprende el equipo en emisión y que se mantiene intacta si te cuelas en el control. De hecho, yo llegué para un rato y me quedé todo el programa, ya que pocas veces he estado en un estudio de radio (y ya he pisado unos cuantos) en los que se respire tanta complicidad entre el periodista y el realizador de Jelo. Julia Otero y Joan Quintanilla son pura química. Entienden las necesidades del formato con una intuición abismal y no hay corte de audio (o guasap de oyente) que se les resista. Pero, sobre todo, lo más importante, Otero y Quintanilla en acción evidencian y contagian que están disfrutando de su trabajo. No es baladí, esa es la clave de todo. Y eso tampoco es tan habitual como parece. Y esa es la lección que me llevé.

Con esta visita casual a Onda Cero, cerraba una semana por trabajo en Barcelona que resultó llena de coincidencias mágicas. Y, al salir de la radio, como esa locutora impostada antigua que tanto repelé, me vi plantado en medio de Las Ramblas, con mi mochila a cuestas, cargada de inestabilidades, retos y miedos, pero con las mismas lágrimas de ilusión de aquel adolescente que descubría la radio y que no imaginaba que algún día trabajaría en ella.

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