Ruperta, la historia de la calabaza que revolucionó la televisión en España (VÍDEOS)

Corría 1972 y Chicho Ibáñez Serrador decidió que una calabaza debía simbolizar el peor de los premios de Un, dos, tres… responda otra vez. Nacía así Ruperta, lo hacía sin rostro ni nombre. Sólo era una simple calabaza.

Aunque pronto se convertiría en un icono crucial de nuestra televisión más inmortal. En 1976, José Luis Moro (autor también de La Familia Telerín) dibujó su magnética expresividad y el propio Chicho le puso voz (eso sí, acelerada).

Su peculiar sonrisa y mirada se solían colar en la subasta del final del show. Rápidamente, el público empezó a amar a Ruperta. Tanto que hasta se convirtió en un personaje omnipresente del programa. Incluso protagonizó las imágenes de la sintonía inicial y los pasos a publicidad.

Ese cariño que se ganó esa calabaza, en un país en el que aún ni siquiera existía tradición de Halloween, hizo que Ruperta empezara a ser portadora de premios positivos. De hecho, el mayor galardón de la historia del Un, dos, tres… ¡responda otra vez! vino de la mano de la mismísima Doña Ruperta: un coche, un apartamento en Jávea (Alicante), un yate y un cheque de 5 millones de pesetas.

El peor bache de la fama de Ruperta, que el próximo 18 de marzo cumplirá 40 años de tele-vida, llegó cuando los organizadores del Mundial de Fútbol de 1982 presentaron a Naranjito. Entonces, saltaron las alarmas: el semblante de la naranja se parecía demasiado a Ruperta… ¡Eran clavados! ¿Un plagio? Chicho no ocultó su enfado. Aunque, al final, las aguas se apaciguaron. Las dos mascotas no se solaparon y encontraron caminos complementarios en el recuerdo colectivo.

Sin embargo, un año después del mundial, en 1983, Chicho decidió jubilar a Ruperta. En su lugar, aterrizó una triste Doña Botilde. Error, el público demandaba el regreso de la pizpireta calabaza. La creación naranja de José Luis Moro desprendía un carisma especial.

Y, claro, Ibáñez Serrador tuvo que resucitar a la querida calabaza en el retorno del programa en 1991, con Miriam Díaz Aroca y Jordi Estadella. El público lo pedía. Y Doña Ruperta regresó para quedarse.

Así, la calabaza más famosa calabaza de España se mantuvo hasta el último Un dos tres… ¡a leer esta vez!, que se emitió en 2004. Es más, Ruperta protagonizó la imagen final de toda la historia del mítico formato de TVE. Dijo adiós, con su chistera de dibujo animado, antes del fundido a negro del programa. Fue su hasta siempre.

Tras aquella despedida, queda una Ruperta original en las instalaciones de TVE en Prado del Rey. Durante un periodo de tiempo, desde una ventana de los ya cerrados míticos Estudios Buñuel (donde se grabaron las últimas etapas de Un, dos, tres -1991 al 2004-) se veía asomar esa verdadera Ruperta de cartón-piedra. Estaba apoyada en una repisa de la cristalera de un despacho. Estaba sola, tal vez infravalorada, pero jamás olvidada.

Porque Ruperta es de esos símbolos que ideó la imaginación de nuestra tele más creativa. Lo hizo hasta traspasar las barreras de la despistada memoria catódica. Y es que la calabaza de Chicho mantiene esa misma magia que desprendió aquella primera vez que descubrimos su manera de cantar, bailar y sonreír.

Ruperta, sin proponérselo, revolucionó la televisión, pues demostró que los programas adultos de prime time también podían tener mascotas infantiloides, de dibujo animado, que conecten con la audiencia de todas las edades. Porque el mejor entretenimiento televisivo es aquel en el que triunfa la imaginación. Esa imaginación que se disfruta con la ingenuidad infantil que borra los complejos de la madurez.

@borjateran

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  • Reply Juan Luis 31/10/2015 at 11:18

    Creo que hay un par de inexactitudes. La primera calabaza anónima ya aparecía en la primera etapa de Kiko Ledgard, en 1972. Y Ruperta no regresó para sustituir a Botilde: tras la bota (que no funcionó tan mal, tuvo su éxito de merchandaising con diferentes juegos físicos y de mesa) hubo unos años de espantosos sustitutos como El Chollo, El Antichollo, El Boom y El Crack. Después, sí que volvió Ruperta.

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