El viaje de descubrir la radio de adolescente

El lunes me dio por mirar en la carpeta de spam de Instagram. Sí, porque Instagram también filtra tus mensajes en un extraño limbo que no ves a no ser que lo busques. Su algoritmo cree conocer lo que necesitas leer y lo que no. Aunque conmigo se suele equivocar… bastante. Y, una vez más, se equivocó. 

“He descubierto la radio por ti. El micrófono es más transparente que la tele”, me decía R. en un mensaje que no me había llegado. Pero que vi. Y, automáticamente, sentí que rebobinaba a mi adolescencia cuando yo también, como R., entraba en contacto con la radio. Y me atrapaba. Porque, como hoy los nativos digitales, mi generación ochentera hicimos el ejercicio al revés que nuestros padres o abuelos: fuimos nativos de la tele y dimos el salto a la radio. 

Dicen que los jóvenes no consumen radio. Es mentira. A veces, simplemente, es que la radio, como la tele, se olvida de los jóvenes. Pero están ahí. Esperando a conectar, en directo o en diferido. No importa tanto el medio como el contenido. Pero la cercanía radiofónica tiene un superpoder que supo ver R. Es más, dio en la diana: el micrófono de la radio es transparente. Mucho más transparente que la tele o Youtube, claro. Quizá porque a través de las pantallas te llegan muchos elementos, mientras que por la radio el vínculo se focaliza exclusivamente en la voz y sus texturas. Con todo lo que eso conlleva.

Y esa fuerza vocal como sello diferencial debe ser protegida en un momento en el que se diluyen los límites que diferencian a los distintos medios de comunicación.

Me sentí reflejado en el mensaje de R., y hablamos un buen rato. Al final, los oyentes son los mayores expertos en radio. Y R. ya es oyente de ‘Julia en la Onda’. Como me pasó a mí hace tantos años. Y como me sigue pasando. Porque, al fin y al cabo, en realidad, como periodista creo que sobre todo debo intentar ser un oyente aprendiendo a escuchar más y mejor. 

Contraguía turística en ‘Julia en la Onda’: el otro Madrid

La Cibeles, Neptuno, La Puerta de Alcalá ¿os habéis fijado que los grandes iconos turísticos de Madrid son una ROTONDA? Mi sueño es hacer una guía mundial de turismo que hacemos los RAROS. Y, aprovechando que hoy en ‘Julia en la Onda’ se ha dado la vuelta al programa por el día de la radio, me he escapado de mis quehaceres habituales para realizar un ranking de lugares que pasan desapercibidos cuando se habla de Madrid y, en cambio, llaman la atención de mis paseos…

1. La farola republicana dentro del Palacio Real

¿En qué se puede diferenciar del resto de farolas del paseo? Esta farola, en vez de estar rematada en lo alto por una corona monárquica está por una corona cívica o almenada. Data de la Segunda República (1931-1939) y ha sobrevivido a la dictadura, que se encargó de retirar todos los signos republicanos, pero se les quedó está junto al balcón que saludaba Franco a los fieles. Nadie se percató, por suerte, pues ojalá se preserve como icono curioso y fotografiable junto al Palacio Real que en la Segunda República pasó a llamarse Palacio Nacional. De hecho, fue residencia oficial de Manuel Azaña. Búscala en el noroeste del Palacio, muy visible a la altura del paseo peatonal de la calle Bailén.

2. Una pequeña Fontana de Trevi

En 1858, el escultor de la villa Sabino de Medina realizó la Fuente de Lozoya, en Bravo Murillo, 49. Se trata de una alegoría del río, adosada a los muros del Primer Depósito del Canal de Isabel II. Su clara inspiración a la fontana de Trevi es evidente. Pero que nadie intente emular a  Anita Ekberg bañándose en La Dolce Vita de Federico Fellini. La fuente está enrejada con vallas dignas de colegio y se tiene que ver de lejos. Tampoco cuenta con agua, pues cuando la encienden el archivo del Canal sufre filtraciones. Y parece que nadie encuentra dónde está la fuga.

La Fontana de Trevi se acabó en 1762 por Giovanni Pannini, que cogió el testigo de Nícola Salvi a quien se encargó este proyecto en unos tiempos del barroco en los que se primaban los concursos públicos y Salvi se lo ganó a Bernini.  Para que luego digan de los proyectos participativos de Manuela Carmena.

3. El patio donde vivió Lola Flores

En Castellana con María de Molina existe un patio que pudiera haber sido plató de ‘La ventana indiscreta’ de Hitchcock, rodada en 1953 con James Stewart, Grace Kelly, Wendell Corey, Raymond Burr y Thelma Ritter. Aunque ellos optaron por un plató hecho a medida para facilitar el rodaje. Aunque este silencioso oasis pegado a la Castellana respira toda la intriga de una pelí.  Esta manzana, contó con vecinos ilustres como Lola Flores o Pepa Flores, en sus años de Marisol. Los grandes ventanales de las viviendas miran a un jardín en el que este miércoles el portero pintaba en silencio algunos adoquines. De blanco, impoluto. El césped está perfecto, no se ve ni un rastro de niños jugando, pero estas colmenas arquitectónicas contagian el suspense de las vidas tras la ventana.

4. La firma de Sáenz de Oíza

El reputado arquitecto que diseñó las viviendas de la M30, las Torres Blancas o la reputada Torre del Banco Bilbao en Castellana 81, junto a El Corte Inglés. En esta última, Oíza dejó su firma escondida en la base del edificio, donde dejan el pipi los perros, decía. Es un buen juego buscar la rúbrica por cada esquina del rascacielos. Una pista: sobrevive escondida en la base de una puerta giratoria del edificio.

5. La estatua de la libertad de andar por casa.

Madrid tiene una estatua muy similar a la de la Libertad de Nueva York. Es más pequeña, pero su figura remite sin titubeos a la Dama de Hierro. El escultor Ponciano Ponzano la esculpió en 1853, veinte años antes que la neoyorquina. Se encuentra en el Pabellón de los Hombres Ilustres, en Atocha, coronando un mausoleo en el que están los restos de varios políticos como Mendizábal o Argüelles. De su cabeza, salen rayos de luz como la americana. Eso sí, en vez de antorcha tiene un cetro y no está sola: cuenta con un (lindo) gatito como compañero de viaje. Un desconocido parecido más que razonable.

Todas las fotos de este artículo las he tomado con mi móvil estos días paseando por Madrid.

Entrevista con Santiago Tabernero, el estímulo de la modernidad creativa

‘La Cabina’ nos está permitiendo el lujo de compartir tiempo, tan importante el tiempo, para charlar sin guion con referentes del universo audiovisual. El último: Santiago Tabernero, uno de los grandes autores de la televisión española que, ahora, ha regresado a La 2 de TVE con Sánchez y Carbonell‘. Se trata de un creativo show, realizado en directo desde el nuevo estudio 6 de Prado del Rey, que se atreve con la transgresión cultural de una sociedad en ebullición que no siempre se ve por la tele. Aprendemos de su obra con espacios tan estimulantes como ‘Carta Blanca’, ‘Versión Española’ o la antología de ‘La edad de oro’. Espacios que son patrimonio audiovisual. No sólo han entretenido, también atesoran valor documental sobre nuestro tiempo, sus creadores y sus referentes. Edición especial de ‘La Cabina’ en la que la conversación con Santiago Tabernero sufre la irrupción ‘inesperada’ de Lluis Mosquera. Qué guay este rato con profesionales tan estimulantes que incluso permiten que reinventemos el podcast:

 

La extraña sensación de regresar a tu facultad

Lo primero que hice antes de dormir fue dejar el portátil enchufado para que su batería se cargara bien. Al día siguiente, un madrugador tren me esperaba para ir a Salamanca y quería ir adelantando trabajo en el trayecto. Allí, por la tarde, iba a presentar mi libro y a dar una charla sobre la catarsis de los nuevos consumos audiovisuales en la misma facultad de Comunicación en la que justo hace veinte años empezaba a estudiar Periodismo. El shock emocional prometía.

A las 6 de la mañana sonó el despertador. Me levanté ansioso. Quería corregir un artículo antes de coger ese Alvia que me regresaría a una ciudad que me marcó. Pero abrí el ordenador y ya nunca más encendió. Lo metí en la mochila, pensé que tal vez resucitara por el camino. De hecho, fui todo el viaje apretando el botón de reinicio. Sin éxito. La presentación de clase, con mis greatest videohits, que acababa de actualizar unas horas antes, se había volatilizado para siempre.

“Mejor, improvisaré y me adaptaré a lo que intuya que necesite el alumnado”, retumbó en mi cabeza. Pero antes, con el ordenador inservible a la espalda, necesitaba reencontrarme con la ciudad en la que viví los cruciales años de universitario. Me apeé del tren y me puse a caminar eligiendo calles con el máximo desorden posible. Bien de rodeos. Como esos abuelos que buscan descubrir la evolución de las obras. De aquella plaza que me recordaba a los sábados por la tarde hasta esa croissantería de olor a chocolate blanco. Así, hasta llegar al campus. Así, hasta hacer el camino que tantas veces repetí para ir o para escaparme de clase.

La facultad estaba aparentemente como la dejé. La ciudad también. Todo parecía que seguía igual, pero en realidad no se parecía a entonces. Porque ninguna de las personas que fueron mi familia en Salamanca seguían allí. Y la sensación, claro, era rara. Como en la ficción, un decorado puede sentirse completamente diferente según los actores que lo habitan.

Pero hice un cameo, de nuevo, en ese decorado. Y la clase fue muy interesante. Intercambiamos conocimientos, experiencias, análisis y hasta nos implicamos con pronósticos de futuro. Me sentí arropado, especialmente por los profesores que acudieron a ver qué contaba. Esta vez, sin sentirme examinado. También me vi retratado en los alumnos y sus expectativas. En Óscar, en Esmeralda, en Lorena, en Javi, en Paula… En eso quizá no he cambiado tanto, sigo sintiéndome uno de ellos. A pesar de los desencantos, sigo aprendiendo casi con la misma ingenua curiosidad de los años de la facultad. Casi.

12 deseos para hacer mejor la televisión

1. Que se produzcan series que nos representen, que reflejen la sociedad de hoy. Las épocas pasadas y los mundos imaginarios están muy bien, pero ¿no sería interesantísimo retratar nuestro tiempo? Los ochenta fueron una edad de oro para la ficción española con producciones que hicieron un brillante retrato de la década. Ahora parece que nadie o pocos se atreven a afrontar y radiografiar el presente, a hablar de nuestro país y nuestra sociedad de hoy. Será por premisas a nuestro alrededor…

2. Que se apueste por formatos 100 por 100 españoles. Las cadenas españolas suelen esperar a comprar formatos de éxito testado internacionalmente, cerrando las puertas a ideas patrias. No son buenos tiempos para probar nuevas fórmulas, y eso que la historia de nuestra televisión evidencia que los grandes fenómenos son hechos a medida de nuestra audiencia. El Un, dos, tres u Operación Triunfo son claros ejemplos. O Tu cara me suena, en la imagen de arriba.

3. Que nos podamos acostar más pronto. El estirado prime time español es muy rentable, pero, al mismo tiempo, es contraproducente para los programas que tiene que rellenarse con contenidos menos relevantes para llegar hasta casi la madrugada, lo que propicia un desgaste más rápido de determinados formatos.

4. Que se encienda el late night. Para aquellos que no se quieran ir a dormir, el late night supone una oportunidad de abrir hueco a programas más atrevidos, más golfos, que despierten en el espectador esa sensación de que aún queda un aliciente entretenido para despedir el día. Desde hace años, nuestras cadenas han renunciado a lo específico de esta franja horaria repleta de posibilidades. Además, desde la televisión pública, este tipo de show noctámbulo puede ser una ventana a la cultura a través del entretenimiento.

5. Que nos sintamos orgullosos de la televisión pública. TVE debe dejar de reproducir el modelo que usaba cuando tenía publicidad para así convertirse en una alternativa de contenidos que movilice el sector audiovisual. Debe ser más innovadora y plural, lanzándose a la libertad creativa sin demasiadas cortapisas.

6. Que la música suene más allá del playback con pie de micro. Los programas musicales volverán a funcionar si se realizan como un acontecimiento en el que los artistas brillan con ayuda de la realización y puesta en escena, con actuaciones que narren una historia. La actuación de promoción al uso ha matado los espacios musicales en tiempos a los que se puede acceder a estos contenidos con sólo un clic en la red. Pero la tele puede volver a hacer interesante este género e impulsar la carrera de artistas que pasan desapercibidos para las audiencias mayoritarias.

7. Que los niños tengan programas hechos para niños y que no sólo aprendan de series de animación importadas. Pueden aprender más y mejor con contenidos que nazcan y vivan en la idiosincrasia que nos envuelve.

8. Que regrese la entrevista sin prisa. El poder de la conversación está infravalorado en televisión, la fuerza del primer plano, el tiempo para contestar pausadamente, sin recurrir a experimentos, bailes o músicas de asombro de por medio. El valor de la palabra, en definitiva, porque en nuestra cultura hay muchas personas con apasionantes e increíbles historias que contar en televisión. Y si se hace bien, la audiencia se quedará pegada frente al aparato.

9. Que se apueste por rostros nuevos. La televisión se hace sólo con cabezas de cartel que, supuestamente, facilitan el camino para el éxito. También es importante que el público descubra nuevos talentos, nuevos presentadores, nuevos colaboradores. Con talento, carisma, autenticidad y transgresión. No necesariamente políticamente correctos, que de insulsa corrección ya está nuestra tele llena. Hace falta, en resumen, un mayor y más constante recambio generacional, pues siempre parece que una minoría de nombres lo presentan todo.

10. Que los nuevos canales de TDT y nuevos operadores (Netflix, HBO…) empujen la diversidad de la industria audiovisual. Que no se queden en producciones clónicas a las habituales e internacionales y arriesguen para, de paso, poner las pilas a los dos grandes grupos (Mediaset y Atresmedia) e impedir que se acomoden. Busquemos lo local, lo que solo se podría producir y contar en España, lo intrínseco a nuestra forma de ser…

11. Que la tele deje de querer parecerse a Internet. La red y la televisión tienen códigos, lenguajes y ritmos diferentes, y por eso suele fracasar cualquier intento de aunar ambos medios. Internet va tan rápido que cuando sus trending topics llegan a la tele, ya suenan viejos, desfasados, fuera de lugar. De ahí el fracaso de la fórmula inicial de programas como Quiero ser o Hazte un selfi. La televisión no debe querer competir con Internet, sino ofrecer al espectador contenidos que precisamente no puede encontrar en la red.

12. Y, sobre todo, que la televisión recupere la esencia de la imaginación, de la creatividad, de la sorpresa. Que resucite su capacidad para dejarnos boquiabiertos y que podamos sentarnos en el sofá sin tener la certeza de que vamos a ver más de lo mismo. Que nos regale programas y series que irradien entusiasmo, ganas y pasión por parte de sus artífices. Que esa pasión traspase la pantalla y nos resulte inspiradora y revulsiva. Que nos informe con verdad y honestidad. Que nos haga mejores personas, más lúcidos, más sensibles, más empáticos. Y que, además de todo esto, no olvide que su principal cometido es entretenernos.

Borja Terán.

Friends, la sitcom perfecta: análisis de razones por la que amamos tanto a esta inolvidable serie

22 de septiembre de 1994. Tal día como hoy la NBC estrenaba Friends. Lo que parecía una telecomedia más se transformó rápidamente en un punto de inflexión en la televisión. Nacía una ficción que tenía todos los mágicos ingredientes para su éxito, y ni sus creadores lo sabían: un casting de seis actores con una personalidad apabullante, unos personajes con perfiles muy universales e imperfecciones perfectamente definidas y unas tramas con las que era fácil conectar e identificarse, al mismo tiempo que te permitían soñar con una vida cargada de aventuras en la ciudad más icónica, Nueva York.

Y, claro, Ross Geller, Rachel Green, Monica Geller, Chandler Bing, Phoebe Buffay y Joey Tribbiani marcaron generaciones. A nivel mundial. De hecho, se cuenta que los actores aún facturan alrededor de 30 millones de dólares, al año y cada uno, sólo en los derechos de imagen que les reportan las múltiples reposiciones de la serie a lo largo y ancho del planeta.

Una sitcom que envejece a la perfección y que ejemplifica el llamado ‘efecto karaoke‘: da igual cuantas veces veas el capitulo y que te sepas las tramas de memoria. Quieres repetir la experiencia, una y otra vez. El humor no caduca, los giros impredecibles tampoco. Todo sigue siendo igual de disfrutable, divertido y emocionante. Porque Friends nos conquistó por cientos de razones de las que nueve son claves para entender por qué todos nos sentimos tan partícipes de la vida de sus protagonistas.

1. Como nosotros mismos.

Ross Geller, el empollón con pasado de perdedor, Rachel Green, la pija que abandona a su novio en el altar para irse a vivir con su mejor amiga, Monica Geller la controladora enfermiza de la limpieza, Chandler Bing, el niño raro que parece gay pero no lo es, Phoebe Buffay, la sensatez de la excéntrica que habita en un mundo paralelo, y Joey Tribbiani el actor frustrado que no puede dejar de comer y gorronear patatas fritas. Los seis en esa edad en torno a la treintena en la que resulta tan fácil sentirnos perdidos en busca de la felicidad. Así que todos, como espectadores, podíamos escoger a nuestro favorito, todos podíamos reconocernos incluso en alguno de ellos a través de las cientos de vicisitudes que les hemos visto experimentar, en sus fortalezas y debilidades y en el arco de vida que recorren durante las diez temporadas.

2. Tomarse un descanso.

Todos los grandes temas (la amistad, el amor, el desamor, la fidelidad, las relaciones de pareja, la maternidad…) que más nos preocupan como seres humanos inundaban Friends, que supo otorgar a la comedia de un fondo emocional que hacía vibrar al espectador cuando menos se lo esperaba, poniéndole la piel de gallina tras haberle hecho reír a carcajada. También era ejemplar su mezcla entre las tramas episódicas y las tramas en continuidad que desembocaban en finales de temporada que siempre nos dejaban en vilo hasta la llegada de los nuevos capítulos (¡”yo, te quiero a ti, Rachel”!).

3. La sociedad de consumo.

Los envolventes sofás de Joey y Chandler, el horrible caballo blanco que odiaba Monica, la limpieza bucal fluorescente de Ross, las perturbadoras obras de arte de Phoebe, el pintalabios para hombres que anunciaba Joey… Los protagonistas de Friends terminaban almacenando esas delirantes cosas que acumula cualquier mortal. Lo hacían en sus acogedores apartamentos de ensueño con vistas a un vecino exhibicionista convertido en gag recurrente. Y con la visita de palomas peligrosas…

4. La resaca de los ochenta.

¿Mónica gorda? Friends sabía tirar siempre de ese pasado adolescente que todos intentamos olvidar pero siempre acaba saliendo a la luz. Y lo utilizaba con maestría para despertar la carcajada más cómplice del espectador. Míticos son sus flashbacks y también aquellos capítulos en los que el pasado resucitaba, como el de Acción de Gracias con Brad Pitt y el “Club Odio a Rachel Green“.

5. La sencillez complicada.

Friends sólo duraba 22 minutos. Y pocas veces 22 minutos han dado tanto de sí en televisión. Hacían que pareciera fácil pero para nada lo era. La serie no perdía el tiempo, con estructuras dispares pero siempre precisas, a veces alternando varias tramas paralelas o una sola que implicaba a todos los protagonistas. Nunca falló nadie: los seis actores aparecen en cada uno de los 236 episodios que conforman la serie. Y la audiencia no podía escapar. De una Phoebe dando el salto a la carrera discográfica con su tema Smelly Cat –cantado por otra- a unos Mónica y Chendler ocultando su romance a lo largo de un montón de capítulos brillantes (¡”no saben que sabemos que saben que lo sabemos”!).

6. Comprometidos con los problemas de su tiempo, sin caer en los estereotipos facilones.

Las relaciones homosexuales, nuevas formas de procreación, las minorías… La serie jamás se quedó en el prejuicio. Al contrario, Friends abordó realidades sociales a través de personajes cómicos que sumaban y favorecían una sociedad más constructiva y abierta. Sólo hubo un tabú: el 11S. Las torres gemelas desaparecieron del skyline de la serie sin que jamás los personajes mencionaran nada al respecto.

7. La ciudad que todos conocemos aunque no hayamos estado nunca, Nueva York.

Y es que la gran manzana fue la otra gran protagonista de Friends. De hecho, los últimos segundos del episodio final fueron dedicados a un surtido de imágenes de la ciudad, que fue el séptimo personaje, aunque la serie se grababa en Los Ángeles, al otro lado de Estados Unidos.

8. El sofá del Central Perk siempre libre para los protas.

En todos los capítulos, menos en uno, siempre estaba libre para ellos ese sofá que hoy sería la decoración perfecta para cualquier hipster. Con sus tazas grandes de café y el camarero Gunter al fondo. Por no hablar de ese miniescenario junto al ventanal en el que Phoebe espachurraba su guitarra y cantaba sus grandes éxitos como Mis pegajosos zapatos o su villancico navideño.

9. La cabecera, la mirilla de la puerta… los detalles.

Antes de que las cabeceras comenzaran a desaparecer de las series, Friends logró una de las intros más emblemáticas de la historia de la ficción, con esa canción convertida en himno de la amistad, I’ll be there for you. Y tantos y tantos detalles, desde sus primeros minutos (esa Rachel entrando en Central Perk con su vestido de novia) al último plano con ese marco alrededor de la mirilla del apartamento violeta de Mónica.

Porque Friends era una serie que jugaba con los detalles: los encuadres, la comunicación no verbal, la reacción de los espectadores que veían el show en directo… Todo estaba en su sitio, todo fluía con pasmosa brillantez, como ocurre en esas ficciones tocadas con la varita de la eternidad. ¿O no tenéis la sensación de que dentro de otros diez años seguiremos viendo y hablando de Friends?

Borja Terán.

Ramón García, la televisión próxima

Siempre me flipó la sintonía de Qué apostamos. Con su eterno baile pá lante y pá trás. Y hace unos días he logrado un hito personal: bailar tal coreografía con Ramón García en su programa En Compañía de Castilla La Mancha Media, espacio que visité con la excusa de hablar de mi trabajo. Bueno, y de mi libro. Aunque a mí, realmente, lo que me apetecía era danzar «si consigues alcanzar un campanario, subido en veinte sillas a la vez», pues esa canción representa mucho en televisión: simboliza la importancia de crear un clímax en el arranque de los programas, series o lo que sea.

Ese largo baile, con esa larga (y pegadiza) música, iba introduciendo al espectador en la atmósfera del apoteósico e inolvidable concurso de la ducha. Así el público se iba sumergiendo en el tono de un acontecimiento único al compás de una introducción sin el estrés de la prisa forzada. O, lo que es lo mismo, sin confundir ritmo con velocidad. Justo uno de los problemas de la tele de nuestro tiempo: confunde ritmo con velocidad. Se corta todo aceleradamente y se malogran los clímax que ayudan a que un show quede en la retina del público.

Pero esta circunstancia no sucede en En Compañía, donde Ramontxu juega como siempre con su experiencia e intuición de autor televisivo que cuenta, además, con la gran capacidad en peligro de extinción: saber escuchar. Tan difícil, tan valioso.

Ahora, después de trastear entre bambalinas, entiendo mejor los buenos resultados en audiencia de la tarde de CMM. No es un magacín al uso, es un formato hecho por un equipo con esa pasión que entiende sin prejuicios la televisión de proximidad en un tiempo en el que la tele se hace con demasiados prejuicios. Os dejo la charla con Ramón y Gloria Santoro, que para mí fue toda una revelación. Eso sí, no busquéis el baile, que Castilla La Mancha Media no ha colgado esa parte… Por suerte para mí, por desgracia para el clímax de la entrevista.

‘Médico de Familia’ tuvo la culpa: así comenzó el drama de la duración de los capítulos de las series españolas

Médico de Familia tiene la culpa… de la larga duración de los episodios de las series en España. El gran éxito de la serie del Doctor Nacho Martín provocó que Telecinco decidiera estirar la duración de cada capítulo para poder introducir una pausa publicitaria más. Lo hicieron y, entonces, los responsables se percataron de que sucedía algo más… Lo he contado esta semana en mis ‘historias de la tele’ en Julia en la Onda, donde también hemos hablado con Ricardo Gómez sobre su adiós a Cuéntame, hemos recuperado la canción con la que Emilio Aragón realizaba un análisis (muy) crítico a la publicidad y, además, donde hemos realizado alguna que otra confesión e incluso ha existido una imprevista aparición estelar de Javier Sardá en directo. Eso sí que no me lo esperaba. Aquí el podcast:

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La nueva era de los contenidos televisivos: problemas, retos y ventajas, a análisis en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla

Ahí estamos. Foto de equipo después de una intensa tarde en el auditorio de la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Allí, en un lugar que antes fue todo Expo, fui invitado hace unas semanas para desarrollar una ponencia sobre la televisión que se van a encontrar los alumnos cuando acaben la carrera. La de verdad, vamos. Un encuentro muy interesante porque, entre todos, debatimos y aportamos análisis sobre periodismo, sobre estrategias de programación, sobre nuevos consumos de series, información y programas o sobre sigilosos detalles de la historia de la televisión que siempre serán cruciales en los medios -y que hacen más poderosa la experiencia en las nuevas narrativas audiovisuales-.

Sin olvidar, la importancia de definir bien los formatos catódicos que, ahora, son más versátiles que nunca. Los formatos ya no sólo pueden basarse en géneros estancos y cuadriculados. Cada género puede crecer aprendiendo de otro género. En este sentido, fue muy interesante la charla de Alberto del Pozo, con el que compartí jornada. Un profesional inspirador que, en la actualidad, está desarrollando un atractivo trabajo como director de Gente Maravillosa en Canal Sur. Nos puso ejemplos prácticos sobre la trastienda y resultado de este espacio de Toñi Moreno y con el que la autonómica andaluza ha logrado una visibilidad fuera de la comunidad que no acostumbra. Lo ha logrado gracias a la viralidad de unas cámaras ocultas de calado y compromiso social, que viene logrando este formato.

Con Alberto, profundizamos en el desarrollo de una idea contundente para crear un buen programa: pensando en tu público, en tu cadena pero, además, pensando en que esa cadena también pueda crecer a nuevos seguidores. Un encuentro muy enriquecedor porque se abrió a la tertulia sin red. De hecho, creo que conté algún que otro ejemplo real del trabajo detrás de cámaras que no debería. Pero, al final, de esas situaciones reales, que no se ven por la tele, es de las que mejor se aprende.También en la Universidad.

Lo que transmite la parte trasera de esta secuencia de ‘La ciudad no es para mí’ de Martínez Soria

73 millones de pesetas recaudó La ciudad no es para mí, la película más taquillera de la historia del cine español en 1966. Paco Martínez Soria sabía que triunfaría, pues era la versión en celuloide de su gran éxito teatral. De hecho, en su papel de Agustín Valverde es como se quedó el mítico actor grabado en el imaginario colectivo: el cateto de pueblo que llega a la gran urbe. Perdido, paleto, pero más avispado de lo que parece.

El público español de la época conectó con Martínez Soria porque esta historia de Fernando Ángel Lozano, seudónimo en el que se escondía Fernando Lázaro Carreter, palpaba la emoción de la España de mediados de siglo XX. Una España en blanco y negro. Perdida, paleta, pero más avispada de lo que parece.

Pedro Lazaga dirigió esta cinta, producida por Pedro Masó, que en su arranque plasma con fruición el estrés de las entrañas de una gigantesca Madrid. Y es en la Glorieta de Atocha donde se rueda el primer gran choque entre el personaje de Agustín Valverde y el bullicio de la capital. Un cruce de tráfico perfecto, justo delante de la rotonda con la luminosa fuente giratoria -sí, los chorros giraban-. Una espectacular fuente ornamental, demolida en los ochenta, que con tanto movimiento de surtidores móviles de agua, junto con el ir y venir de tráfico, era ideal para generar más angustia de jaleo de gran metrópoli en el fondo de la secuencia.

Una secuencia que esconde un detalle más. Si no nos quedamos sólo en el diálogo del personaje de Martínez Soria y un guardia de tráfico, y nos fijamos en lo que pasa en la parte trasera de la acción, veremos a esa cándida España de la época que mira, cautivada, a un famoso actor trabajando en plena calle.

La figuración de la película en esa rotonda era real. Eran coches y motos que pasaban por ahí. Copilotos y conductores, motoristas sin casco. Porque entonces no se llevaba casco. Todos, en el fondo de plano, desviando sus ojos a cámara. ¡Ahí estaba Paco Martínez Soria!

Madrid ya era una gran ciudad pero, todavía, no estaba inmune a esa inocencia de pararse a ver un rodaje. Y hacerlo sin ningún disimulo. Con menos disimulo aún si el protagonista era el mismísimo Paco Martínez Soria. Había que verlo bien, aunque fuera sólo un segundo. Porque España estaba en blanco y negro, perdida, paleta, pero más avispada de lo que parecía.

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