Las mentiras que nos creímos de los programas infantiles (y lo que significan)

Dicen que en televisión todo es mentira. Y tal vez no se equivocan. Lo cierto es que incluso los programas infantiles con los que crecimos estaban llenos de mentiras. Mentiras piadosas, pero mentiras.

Espinete no era un entrañable erizo al que le gustaba tomar el Sol, sólo era un hermético disfraz rosa que asfixiaba a la actriz Chelo Vivares.

Los helados de Los Mundos de Yupi, en realidad, estaban hechos de un cartón-piedra coloreado para la ocasión. Imposible de digerir.

El presentador de Art AttackJordi Cruz, no era tan manitas como nos hacía creer. Sus manos no eran suyas. La manualidades las hacía otro que vestía un idéntico jersey de largas mangas. Para disimular…

El loro de Leticia Sabater nunca habló. Pero lo parecía, ya que la entrañable musa infantil aporreaba la jaula para que el pájaro se moviera mucho y diera la sensación de que tenía toneladas de verborrea. Sus aspavientos sólo eran terror a la intérprete del leti-rap.

El monstruo de las galletas jamás se tragó ni una sola galleta. Cuando masticaba, todas caían al suelo de la calle de Barrio Sésamo. Su boca siempre fue un callejón sin salida. Pero nos daba igual, envidiábamos sus dulces atracones.

Mentiras, pequeñas mentiras. Mentiras piadosas desde aquella televisión que apostaba por la imaginación. Por la de sus programas, pero también por la de su audiencia. Unos programas en los que el limitado presupuesto no ponía freno a las ideas, que eran el brillante atajo para lograr el más difícil todavía a la hora de transmitir al espectador masivo cualquier tipo de historia, de entretenimiento o ficción.

Los tiempos han cambiado, ahora incluso los programas infantiles están en peligro de extinción. Es dificil diferenciar programas de niños o de mayores, programas  familiares o adultos. A pesar de la pluralidad de canales, la televisión se ha ido homogeneizando con el paso de los años.

La dura competencia y las insaciables audiencias han propiciado que, salvo gratas excepciones, la mayor parte de los programas de entretenimiento estén cortados por el mismo patrón de lo que se ha interiorizado como fórmula del éxito seguro: que si un cebo para vender el momento de tensión, que si una historia de superación para emocionar, que si un enfado en directo…

La estructura se repite una y otra vez en los shows. Hasta los decorados parecen iguales, con la misma luz con la misma gran pantalla de LED. Tal vez ha llegado el momento de que los creadores de entretenimiento, y su propia audiencia, vuelvan a esa ingenuidad con la que crecimos, que aceptaba las mentiras piadosas porque atesorábamos la capacidad de soñar. Tal vez la verdadera revolución de la televisión del futuro estará en volver a creer en la imaginación.

Contraguía turística en ‘Julia en la Onda’: el otro Madrid

La Cibeles, Neptuno, La Puerta de Alcalá ¿os habéis fijado que los grandes iconos turísticos de Madrid son una ROTONDA? Mi sueño es hacer una guía mundial de turismo que hacemos los RAROS. Y, aprovechando que hoy en ‘Julia en la Onda’ se ha dado la vuelta al programa por el día de la radio, me he escapado de mis quehaceres habituales para realizar un ranking de lugares que pasan desapercibidos cuando se habla de Madrid y, en cambio, llaman la atención de mis paseos…

1. La farola republicana dentro del Palacio Real

¿En qué se puede diferenciar del resto de farolas del paseo? Esta farola, en vez de estar rematada en lo alto por una corona monárquica está por una corona cívica o almenada. Data de la Segunda República (1931-1939) y ha sobrevivido a la dictadura, que se encargó de retirar todos los signos republicanos, pero se les quedó está junto al balcón que saludaba Franco a los fieles. Nadie se percató, por suerte, pues ojalá se preserve como icono curioso y fotografiable junto al Palacio Real que en la Segunda República pasó a llamarse Palacio Nacional. De hecho, fue residencia oficial de Manuel Azaña. Búscala en el noroeste del Palacio, muy visible a la altura del paseo peatonal de la calle Bailén.

2. Una pequeña Fontana de Trevi

En 1858, el escultor de la villa Sabino de Medina realizó la Fuente de Lozoya, en Bravo Murillo, 49. Se trata de una alegoría del río, adosada a los muros del Primer Depósito del Canal de Isabel II. Su clara inspiración a la fontana de Trevi es evidente. Pero que nadie intente emular a  Anita Ekberg bañándose en La Dolce Vita de Federico Fellini. La fuente está enrejada con vallas dignas de colegio y se tiene que ver de lejos. Tampoco cuenta con agua, pues cuando la encienden el archivo del Canal sufre filtraciones. Y parece que nadie encuentra dónde está la fuga.

La Fontana de Trevi se acabó en 1762 por Giovanni Pannini, que cogió el testigo de Nícola Salvi a quien se encargó este proyecto en unos tiempos del barroco en los que se primaban los concursos públicos y Salvi se lo ganó a Bernini.  Para que luego digan de los proyectos participativos de Manuela Carmena.

3. El patio donde vivió Lola Flores

En Castellana con María de Molina existe un patio que pudiera haber sido plató de ‘La ventana indiscreta’ de Hitchcock, rodada en 1953 con James Stewart, Grace Kelly, Wendell Corey, Raymond Burr y Thelma Ritter. Aunque ellos optaron por un plató hecho a medida para facilitar el rodaje. Aunque este silencioso oasis pegado a la Castellana respira toda la intriga de una pelí.  Esta manzana, contó con vecinos ilustres como Lola Flores o Pepa Flores, en sus años de Marisol. Los grandes ventanales de las viviendas miran a un jardín en el que este miércoles el portero pintaba en silencio algunos adoquines. De blanco, impoluto. El césped está perfecto, no se ve ni un rastro de niños jugando, pero estas colmenas arquitectónicas contagian el suspense de las vidas tras la ventana.

4. La firma de Sáenz de Oíza

El reputado arquitecto que diseñó las viviendas de la M30, las Torres Blancas o la reputada Torre del Banco Bilbao en Castellana 81, junto a El Corte Inglés. En esta última, Oíza dejó su firma escondida en la base del edificio, donde dejan el pipi los perros, decía. Es un buen juego buscar la rúbrica por cada esquina del rascacielos. Una pista: sobrevive escondida en la base de una puerta giratoria del edificio.

5. La estatua de la libertad de andar por casa.

Madrid tiene una estatua muy similar a la de la Libertad de Nueva York. Es más pequeña, pero su figura remite sin titubeos a la Dama de Hierro. El escultor Ponciano Ponzano la esculpió en 1853, veinte años antes que la neoyorquina. Se encuentra en el Pabellón de los Hombres Ilustres, en Atocha, coronando un mausoleo en el que están los restos de varios políticos como Mendizábal o Argüelles. De su cabeza, salen rayos de luz como la americana. Eso sí, en vez de antorcha tiene un cetro y no está sola: cuenta con un (lindo) gatito como compañero de viaje. Un desconocido parecido más que razonable.

Todas las fotos de este artículo las he tomado con mi móvil estos días paseando por Madrid.

Entrevista con Santiago Tabernero, el estímulo de la modernidad creativa

‘La Cabina’ nos está permitiendo el lujo de compartir tiempo, tan importante el tiempo, para charlar sin guion con referentes del universo audiovisual. El último: Santiago Tabernero, uno de los grandes autores de la televisión española que, ahora, ha regresado a La 2 de TVE con Sánchez y Carbonell‘. Se trata de un creativo show, realizado en directo desde el nuevo estudio 6 de Prado del Rey, que se atreve con la transgresión cultural de una sociedad en ebullición que no siempre se ve por la tele. Aprendemos de su obra con espacios tan estimulantes como ‘Carta Blanca’, ‘Versión Española’ o la antología de ‘La edad de oro’. Espacios que son patrimonio audiovisual. No sólo han entretenido, también atesoran valor documental sobre nuestro tiempo, sus creadores y sus referentes. Edición especial de ‘La Cabina’ en la que la conversación con Santiago Tabernero sufre la irrupción ‘inesperada’ de Lluis Mosquera. Qué guay este rato con profesionales tan estimulantes que incluso permiten que reinventemos el podcast:

 

La extraña sensación de regresar a tu facultad

Lo primero que hice antes de dormir fue dejar el portátil enchufado para que su batería se cargara bien. Al día siguiente, un madrugador tren me esperaba para ir a Salamanca y quería ir adelantando trabajo en el trayecto. Allí, por la tarde, iba a presentar mi libro y a dar una charla sobre la catarsis de los nuevos consumos audiovisuales en la misma facultad de Comunicación en la que justo hace veinte años empezaba a estudiar Periodismo. El shock emocional prometía.

A las 6 de la mañana sonó el despertador. Me levanté ansioso. Quería corregir un artículo antes de coger ese Alvia que me regresaría a una ciudad que me marcó. Pero abrí el ordenador y ya nunca más encendió. Lo metí en la mochila, pensé que tal vez resucitara por el camino. De hecho, fui todo el viaje apretando el botón de reinicio. Sin éxito. La presentación de clase, con mis greatest videohits, que acababa de actualizar unas horas antes, se había volatilizado para siempre.

“Mejor, improvisaré y me adaptaré a lo que intuya que necesite el alumnado”, retumbó en mi cabeza. Pero antes, con el ordenador inservible a la espalda, necesitaba reencontrarme con la ciudad en la que viví los cruciales años de universitario. Me apeé del tren y me puse a caminar eligiendo calles con el máximo desorden posible. Bien de rodeos. Como esos abuelos que buscan descubrir la evolución de las obras. De aquella plaza que me recordaba a los sábados por la tarde hasta esa croissantería de olor a chocolate blanco. Así, hasta llegar al campus. Así, hasta hacer el camino que tantas veces repetí para ir o para escaparme de clase.

La facultad estaba aparentemente como la dejé. La ciudad también. Todo parecía que seguía igual, pero en realidad no se parecía a entonces. Porque ninguna de las personas que fueron mi familia en Salamanca seguían allí. Y la sensación, claro, era rara. Como en la ficción, un decorado puede sentirse completamente diferente según los actores que lo habitan.

Pero hice un cameo, de nuevo, en ese decorado. Y la clase fue muy interesante. Intercambiamos conocimientos, experiencias, análisis y hasta nos implicamos con pronósticos de futuro. Me sentí arropado, especialmente por los profesores que acudieron a ver qué contaba. Esta vez, sin sentirme examinado. También me vi retratado en los alumnos y sus expectativas. En Óscar, en Esmeralda, en Lorena, en Javi, en Paula… En eso quizá no he cambiado tanto, sigo sintiéndome uno de ellos. A pesar de los desencantos, sigo aprendiendo casi con la misma ingenua curiosidad de los años de la facultad. Casi.

12 deseos para hacer mejor la televisión

1. Que se produzcan series que nos representen, que reflejen la sociedad de hoy. Las épocas pasadas y los mundos imaginarios están muy bien, pero ¿no sería interesantísimo retratar nuestro tiempo? Los ochenta fueron una edad de oro para la ficción española con producciones que hicieron un brillante retrato de la década. Ahora parece que nadie o pocos se atreven a afrontar y radiografiar el presente, a hablar de nuestro país y nuestra sociedad de hoy. Será por premisas a nuestro alrededor…

2. Que se apueste por formatos 100 por 100 españoles. Las cadenas españolas suelen esperar a comprar formatos de éxito testado internacionalmente, cerrando las puertas a ideas patrias. No son buenos tiempos para probar nuevas fórmulas, y eso que la historia de nuestra televisión evidencia que los grandes fenómenos son hechos a medida de nuestra audiencia. El Un, dos, tres u Operación Triunfo son claros ejemplos. O Tu cara me suena, en la imagen de arriba.

3. Que nos podamos acostar más pronto. El estirado prime time español es muy rentable, pero, al mismo tiempo, es contraproducente para los programas que tiene que rellenarse con contenidos menos relevantes para llegar hasta casi la madrugada, lo que propicia un desgaste más rápido de determinados formatos.

4. Que se encienda el late night. Para aquellos que no se quieran ir a dormir, el late night supone una oportunidad de abrir hueco a programas más atrevidos, más golfos, que despierten en el espectador esa sensación de que aún queda un aliciente entretenido para despedir el día. Desde hace años, nuestras cadenas han renunciado a lo específico de esta franja horaria repleta de posibilidades. Además, desde la televisión pública, este tipo de show noctámbulo puede ser una ventana a la cultura a través del entretenimiento.

5. Que nos sintamos orgullosos de la televisión pública. TVE debe dejar de reproducir el modelo que usaba cuando tenía publicidad para así convertirse en una alternativa de contenidos que movilice el sector audiovisual. Debe ser más innovadora y plural, lanzándose a la libertad creativa sin demasiadas cortapisas.

6. Que la música suene más allá del playback con pie de micro. Los programas musicales volverán a funcionar si se realizan como un acontecimiento en el que los artistas brillan con ayuda de la realización y puesta en escena, con actuaciones que narren una historia. La actuación de promoción al uso ha matado los espacios musicales en tiempos a los que se puede acceder a estos contenidos con sólo un clic en la red. Pero la tele puede volver a hacer interesante este género e impulsar la carrera de artistas que pasan desapercibidos para las audiencias mayoritarias.

7. Que los niños tengan programas hechos para niños y que no sólo aprendan de series de animación importadas. Pueden aprender más y mejor con contenidos que nazcan y vivan en la idiosincrasia que nos envuelve.

8. Que regrese la entrevista sin prisa. El poder de la conversación está infravalorado en televisión, la fuerza del primer plano, el tiempo para contestar pausadamente, sin recurrir a experimentos, bailes o músicas de asombro de por medio. El valor de la palabra, en definitiva, porque en nuestra cultura hay muchas personas con apasionantes e increíbles historias que contar en televisión. Y si se hace bien, la audiencia se quedará pegada frente al aparato.

9. Que se apueste por rostros nuevos. La televisión se hace sólo con cabezas de cartel que, supuestamente, facilitan el camino para el éxito. También es importante que el público descubra nuevos talentos, nuevos presentadores, nuevos colaboradores. Con talento, carisma, autenticidad y transgresión. No necesariamente políticamente correctos, que de insulsa corrección ya está nuestra tele llena. Hace falta, en resumen, un mayor y más constante recambio generacional, pues siempre parece que una minoría de nombres lo presentan todo.

10. Que los nuevos canales de TDT y nuevos operadores (Netflix, HBO…) empujen la diversidad de la industria audiovisual. Que no se queden en producciones clónicas a las habituales e internacionales y arriesguen para, de paso, poner las pilas a los dos grandes grupos (Mediaset y Atresmedia) e impedir que se acomoden. Busquemos lo local, lo que solo se podría producir y contar en España, lo intrínseco a nuestra forma de ser…

11. Que la tele deje de querer parecerse a Internet. La red y la televisión tienen códigos, lenguajes y ritmos diferentes, y por eso suele fracasar cualquier intento de aunar ambos medios. Internet va tan rápido que cuando sus trending topics llegan a la tele, ya suenan viejos, desfasados, fuera de lugar. De ahí el fracaso de la fórmula inicial de programas como Quiero ser o Hazte un selfi. La televisión no debe querer competir con Internet, sino ofrecer al espectador contenidos que precisamente no puede encontrar en la red.

12. Y, sobre todo, que la televisión recupere la esencia de la imaginación, de la creatividad, de la sorpresa. Que resucite su capacidad para dejarnos boquiabiertos y que podamos sentarnos en el sofá sin tener la certeza de que vamos a ver más de lo mismo. Que nos regale programas y series que irradien entusiasmo, ganas y pasión por parte de sus artífices. Que esa pasión traspase la pantalla y nos resulte inspiradora y revulsiva. Que nos informe con verdad y honestidad. Que nos haga mejores personas, más lúcidos, más sensibles, más empáticos. Y que, además de todo esto, no olvide que su principal cometido es entretenernos.

Borja Terán.

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